lA INHALACIÓN DE NAFTA, UNA ADICCIÓN QUE CRECE
Adriana Silva cuenta la escena como si la hubiera visto, pero en realidad la presenció su marido, Eugenio. Vio cómo le daban un manguerazo de nafta en un vaso de plástico a su hijo de 19 años, en una estación de servicio, como premio a un improvisado espectáculo. Para entonces, M. (19 años) tenía un avanzado cuadro de adicción a la inhalación del combustible, y su aliento no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, ya tenía un circuito de estaciones donde los playeros, por compasión o comodidad, le proveían de nafta, como lo hacen a diario con muchos otros chicos de la ciudad. Es por eso que Adriana ‑con su hijo ya encaminado en un tratamiento de recuperación‑ exige al gobierno que se reglamente la prohibición de vender nafta en envases menores a los bidones de 5 litros, así como la venta de pegamento y solución de bicicleta en los kioscos.
La iniciativa de esta mujer que durante más de un año trajinó por la ciudad para rescatar a su hijo llegó hasta la Defensoría del Pueblo, donde prometieron analizar el tema. Mientras tanto, la inhalación de nafta es una de las adicciones que crece a pasos agigantados, impulsada por la accesibilidad: por 30 centavos los consumidores pueden obtener un vasito en cualquier estación, y por sumas apenas mayores una botellita de medio litro.
“Sé que no es la única medida para evitar el consumo de este producto químico, pero al menos pido que no se les facilite su adicción. Tengo entendido que en una época estaba reglamentada la venta de combustible sólo en bidones de cinco litros. No sé por qué razón hoy por hoy las estaciones despachan este líquido en cualquier recipiente. Por ello, pido y exijo como ciudadana y por el bien de muchos menores y adolescentes, que lamentablemente con unas pocas monedas y con cualquier envase se sumergen en esa terrible adicción, que como otras los lleva irremediablemente a la muerte”, dice una carta que Adriana envió a los medios.
El peregrinar de la mujer comenzó el 16 de diciembre de 2003, cuando le avisaron que su hijo había sufrido un accidente. Lo había atropellado un camión y cuando ella llegó a verlo observó que tenía aliento a pegamento, y vio su nariz manchada. Desde entonces, comenzó a pelear para que comience una rehabilitación, que hoy realiza en el Centro de Recuperación Nazareth, que antes se llamaba Viaje de Vuelta. Durante un año, debió ir a buscarlo a M. a diferentes lugares, y siempre lo encontraba en muy mal estado, hasta que a fines del año pasado lo internaron en una clínica psiquiátrica, ya que una profesional evaluó que estaba al borde de un brote psicótico. Además, sufría de presión alta, neumonía química y afección hepática. Una vez realizado el primer proceso de desintoxicación, fue derivado a un centro de recuperación.
M. llegó a una etapa avanzada en la inhalación, que lo obligaba a consumir en forma continúa ya que cada alucinación dura unos pocos segundos. Entró en una etapa que en la jerga se conoce como “mambo negro”. Alucinaba con seres monstruosos. “Me parece verlo, todo sucio, con ese aliento, aspirando la nafta directamente de la botella de medio litro, y con un palo para pelear contra seres imaginarios. Cuando llegaba a casa todo lastimado decía que había peleado con un amigo”, relata Adriana, con la certeza de que su relato servirá para alertar a muchas otras personas.
“Muchas veces me pregunté por qué a mí, si tenemos una familia bien conformada. Esta es una droga asociada a la marginalidad. No es novedosa, pero ha crecido mucho en los últimos tiempos, debido a la crisis social, por las facilidades para obtenerla”, enfatiza.
Está enojada con los playeros que proveen la nafta aún sabiendo cuáles son sus fines, al punto que en algún momento pensó en fotocopiar la foto de su hijo y pegarla en las estaciones de servicio que frecuentaba con una inscripción para que no le vendan. Pero también entiende que la actitud de los playeros se debe a la “ignorancia sobre el daño que hacen”. Por eso, Adriana considera que sus gestiones ‑con las que piensa continuar, golpeando todas las puertas que haga falta‑ están dirigidas a “poder transitar sobre un proceso de acciones, decisiones y conciencia social, de compromiso colectivo de educación para el entendimiento de quienes padecen, conocen e ignoran los riesgos de una de las drogas de mas fácil acceso económico, ubicadas bajo el rubro de inhalables”.
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