La magia “es-fumada”
Es tanto lo que ofrece como oferta paisajística la Argentina que no se podría aseverar que el valle en el que está enclavada la ciudad de El Bolsón sea el más bonito. No obstante, ha de estar entre los más agraciados, sobre todo cuando la primavera comienza a colorearlo con flores y la nieve del Piltriquitrón patina derretida hacia el suelo con el sol cambiándole los tonos a antojo, mientras los cipreses se mecen ofreciendo su sombra amiga.
Claro que no siempre el marco está a tono con el cuadro. Y el cuadro es hoy el de una ciudad que ha crecido tanto como para cobrar el ritmo de otras que se parecen más a las que fueron abandonadas por los que eligieron vivir aquí, justamente por… el ritmo. Según Horacio Brittos, presidente de la Sociedad Ecológica, la década de 1990 fue clave para el cambio que se palpa por las esquinas.
“Bolsón se llena de pobres en los 90 cuando llega la gente porque la convertibilidad no les dejaba vender lana. Gente del Alto valle en su mayoría. Tenían 1 lanar cada tres hectáreas, o sea, 100 ovejas en trescientas hectáreas. Les pagaban 1 peso el kilo y cada una daba 3 kilos por años, o sea que ganaban 300 pesos por año y vivían como en África”.
Para la llegada de las víctimas de la segunda década infame argentina, el mito de los hippies también había cesado. Algunos lugareños le llamaron a El Bolsón, en el 69, “la cárcel de los cipreses”. ¿Los motivos? Dicen que los hippies –que llegaron a alcanzar un número cercano a los mil- eran subvencionados por sus propios padres de la clase alta porteña para mantenerlos alejados del origen y evitar así “la vergüenza” de una vida echada a perder.
Pero los tiempos han cambiado, incluso para ellos. Los hijos concebidos en el amor libre hoy tienen Internet o miran Direc TV y, algunos, hasta observan azorados a sus padres de barba y melena largas, como si no entendieran aquel tiempo, o que para algunos el tiempo no haya pasado. En medio de tanto parecido en el lugar que siempre fue diferente, igualmente sobreviven artistas, músicos, poetas, que se empeñan en el intento para que Bolsón nunca sea “el dolor de ya no ser”.
Entre ellos sobresale –por ejemplo- la propuesta de Languedoc. Es un grupo que realiza una puesta con música medieval, traje y ambientación de época y, acaso lo inimitable, sus propios instrumentos de la mano de un luthiers de fuste que se aproxima a los sonidos de antaño estudiando y creando, queriendo y pudiendo. Igualmente, Languedoc es una nota en sí mismo y es una injusticia (que trataremos de subsanar), que apenas sea un párrafo.
Así vive la nueva Bolsón. No es la que encontraron un día los conquistadores del desierto y se llenó de inmigrantes de los más recónditos lugares, ni la que quisieron construir los hippies, ni la que buscaron como escape los sin trabajo obligados a emigrar de las cárceles de las ciudades que expulsan. O quizás sea un poco de todo esto, una identidad forjada a intentos como se forja la mayoría, lo cual la convierte –aunque ella no lo quiera- en una más.
Puede que haya resultado así porque ni los hippies soñaron un día un exilio pacífico y dorado en un valle que si no estaba encantado ellos se encargarían de encantar. Ni los primitivos pobladores soñaron un día que ese pueblito que llegó a reunir más de cuarenta colectividades sufriría semejante mutación. Ni los que llegaron después por haber oído tantas referencias soñaron un día que en definitivas terminarían viviendo en una ciudad bastante parecida a todas. Es que, caminando por Bolsón, hoy parece que ya no hay tantos sueños.
Este contenido no está abierto a comentarios

