La “mexicaneada”
Hemos dicho que Chilecito es la segunda ciudad de La Rioja, pero que apenas araña los 40 mil habitantes. Si hacemos el ejercicio de presumir cuántos pobladores tenía a principios del siglo XX, es factible que todos pensemos en una cifra poco elevada. Y, en efecto, tendremos razón. Sin embargo, cuando el país todavía no había cerrado definitivamente su etapa de construcción, se abrió allí la primera sucursal del Banco de la Nación Argentina.
El gestor fue el presidente Julio Argentino Roca, que cumplía su segundo mandato. El “zorro”, en el sur armaba el país a costa de muertes aborígenes y en el norte a costillas de la explotación minera cuyo rédito marchaba a la Europa que la Generación del ´80 tanto amó. Según el diccionario Espasa Enciclopédico de la Real Academia Española, Roca fue un presidente que “llevó a cabo una fecunda labor de gobierno”.
A juzgar por lo que ha quedado a los pies del Famatina, todo parece indicar lo contrario. Allí, la explotación de la Mina La Mexicana y su vecina, la Mina de Oro, dejó muchos mineros muertos, grandes empréstitos que nuestro país pagó durante años –los que dieron origen a lo que hoy se conoce como deuda externa- y un saqueo que jamás tuvo recompensa.
A cambio, claro, los ingleses construyeron un cable carril que hoy es atractivo para el turismo de todo el mundo. Es el más largo del mundo, con 35 kilómetros en línea recta en sus nueve estaciones. Y es el más alto, porque su última parada, a las puertas de lo que fue la mina, alcanza los 4500 metros sobre el nivel del mar. Pero ya no funciona, como la mina, o como Chilecito.
Los ingleses habían construido una ciudad amurallada por las montañas donde vivían los recolectores de oro. Muchos eran chilenos y terminaron dándole el nombre a Chilecito, aunque jamás bajaban al pueblo, porque en la fortaleza que se había armado no hacía falta nada: podían cobrar el salario de mano de los ingleses y gastarlo allí, en las proveedurías de los ingleses o en los casinos de los ingleses.
Las vagonetas del cable carril eran utilizadas para que todos los días el oro bajara de la mina y se guardara en depósito en la sucursal del Banco Nación. De ahí, en tren, era transportado al puerto de Buenos Aires para marcharse a Europa. Concretada la faena, los ingleses y Roca quedaban satisfechos.
Sin embargo, no fueron ellos los primeros en explotar la mina. Los diaguitas lo hacían con fines mucho más lúdicos, cuando eran los únicos pobladores del lugar. Conquistados por los incas, éstos organizaron mejor la extracción y mucho más acá, Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, mandó sacar oro, con la sola diferencia que lo que se le quitaba a la montaña se quedaba en La Rioja.
En el primer gobierno de Perón, La Mexicana se nacionalizó y los ingleses se fueron. Pero ya no había mucho más. El paisaje comenzó a ser lo que es hoy. Una variedad rocosa que muta del amarillento al verde o el bordó, según los elementos utilizados para limpiar el oro. Una tentación para los ojos si es que elegimos mirar no más que la superficie. Y además, un cementerio de hierro y acero –el cable carril- que dejó de andar porque hace unos años, en un recorrido turístico, volcó y perdieron la vida dos niños.
La recorrida por La Mexicana y su vecina, la mina de Oro, a la que sólo se puede llegar en vehículos 4×4, ambas declaradas “Monumentos Históricos”, vale la pena. Una pena larga que los libros de historia llaman “los tiempos de la organización nacional”. Y puede que sea cierto. Fue justo cuando se organizó el saqueo del país, que precisamente un riojano, como el oro de las minas, Carlos Menem, iba a corregir y aumentar muchos años después.
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