LA NOCHE EN QUE LA LUNA FUE PARA MILLONES UNA VERDADERA ESTRELLA
Según los cielos, la vieron impregnarse de azafrán, teñirse de granate o volverse amarronada. Algunos la compararon con una naranja suspendida en el telón ennegrecido de la noche. Otros la imaginaron empapada de sangre. Imposible no buscar semejanzas ante la maravilla secular que ayer volvió a conceder el cosmos: un eclipse total de Luna.
El cielo despejado en la mayor parte del territorio argentino y un horario que no implicaba trasnochadas ni madrugones ayudaron a disfrutar del espectáculo en muchas ciudades. También fue posible observarlo en el resto de América del Sur y en toda América Central, en parte de América del Norte, en Europa y en Africa occidental.
Después de la cena, los vecinos se congregaron en las plazas, prismáticos en mano, o compartieron las impresiones en la vereda. En Buenos Aires, el Planetario de la Ciudad organizó una verdadera función celeste, que contó con mucho público.
A las 21.05, la Luna comenzó a perder luminosidad. A las 22.14, la Tierra empezó a proyectar su mordisco de sombra, cada vez más grande. Cerca de las 23, ya había esfumado la mitad del disco. Quienes desafiaron la tortícolis durante 23 minutos más, pudieron contemplar y aprovechar lo mejor de la fiesta.
Los científicos del Planetario explicaron que esos colores indescriptibles se producen porque la atmósfera terrestre desvía hacia la Luna parte de la luz solar que recibe nuestro planeta, y la dirige hacia adentro del cono de sombra. Y, sobre todo, porque las únicas longitudes de onda que logran cruzar nuestra atmósfera, son las cercanas al rojo.
Así permaneció durante una hora y 21 minutos. Ya eran las 0.44 de hoy cuando los bordes de la Luna empezaron a festonearse de luz. A la 1.53, la gala espacial ya había concluido. Para consuelo de los que se habían quedado en vela, allí seguía, límpida, la Luna llena.
Quienes se perdieron la magnífica ceremonia astral, van a tener que esperar dos años y medio para el nuevo eclipse total de Luna. Será el 3 de marzo de 2007. Vale la pena agendarlo. Y, desde ahora, empezar a rezar para que no fastidien las nubes.
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