LA OBRA MÁS PERSONAL DE MARTIN SCORSESE
Se le concede al gran Woody Allen el mérito de haber transformado en poesía la enmarañada trama de los edificios de Manhattan, a través de sus agridulces miradas sobre el snobismo en la “Gran Manzana”. Pero también hubo otro cineasta que a través de una mirada no menos brillante que la de Allen, trazó un bosquejo mucho más áspero pero no por eso menos portentoso de las calles de Nueva York. Un hombre que hoy comenzó a desandar el camino sencillo de las superproducciones más orientadas hacia las taquillas que al ejercicio narrativo, pero que a pesar de ello es el autor de algunas de las grandes películas de los últimos 30 años. Ese hombre es Martin Scorsese, quien a principios de los setenta creó la que tal vez sea su obra más personal: “Malas calles”.
Protagonizada por un treintañero Harvey Keitel y por un deslumbrante y precoz Robert De Niro -quien todavía no había dado el batacazo con su interpretación en “El Padrino II”-, “Malas calles” es una de las obras consideradas como más “viscerales” de Scorsese, en la medida en que el realizador echó mano a su propia vida para contar esta historia, que tiene como escenario a “Little Italy”, su propio barrio.
La historia es simple, pero hipnótica en su crudeza, en su realismo y en la riqueza expresiva de los personajes que componen la trama. Charlie (Harvey Keitel), es un joven de una familia de clase obrera, que se deshace para ascender en la escala de la mafia local. Jonhy Boy (Robert De Niro), es su inmaduro amigo, quien considera a la violencia como un espacio no solo de resistencia, sino de diversión, afectando los intereses de su compañero. Y Teresa (Amy Robinson) es la novia de Charlie, una jovencita a quien la familia de él no acepta por su epilepsia. La trama se completa con una serie de estrafalarios personajes que convergen en las escasas diez manzanas que conforman el barrio.
Sobre la base de la vida cotidiana de estos personajes, y con una capacidad narrativa impresionante, Scorsese reflexiona sobre la violencia, la religión, la amistad, la traición, el amor y las relaciones familiares, todo ello a la luz de su propia experiencia. El propio director declaró alguna vez que hizo esta película como una verdadera necesidad de traducir sus experiencias en imágenes, sin querer establecer un mensaje moral. Lo cierto es que cualquier espectador más o menos sensible encontrará un enorme cúmulo de aspectos para meditar.
Por otra parte, Scorsese brinda aquí toda su enorme capacidad para la descripción de personajes. Esto se percibe sobre todo en el personaje de Robert De Niro, que es a la vez irreflexivo y destructivo, como devoto a sus amigos y a su familia. De hecho, este fue el inicio formal de la grandiosa colaboración entre Scorsese y De Niro, que derivó en títulos grandiosos como “Taxi Driver”, “Toro Salvaje” y “El rey de la comedia”.
Y como si todo esto fuera poco, en esta grandiosa obra de arte –tal vez una de las cumbres de los años setenta- nos muestra a un Scorsese cinéfilo que rinde culto a sus grandes maestros, aquellos que desde la sala de un cine de barrio le hicieron conocer el séptimo arte. Así, se convierte en antológica aquella escena en que Charlie y sus amigos, entre las sombra de una sala, se emocionan con el extraordinario western “Más corazón que odio”, de John Ford. Y aquí, en esos pocos segundos, se advierte lo maravilloso de “Malas calles”: es que estamos ante verdaderos fragmentos de la existencia de Scorsese. Y solo por esto, es una película imperdible.
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