LA OPINIÓN DE PENSADORES Y PERIODISTAS
Las siguientes son algunas de las opiniones que expresaron pensadores y periodistas que trabajan en el ámbito del rock o que analizan la realidad con un punto de vista más profundo.
MARTÍN PÉREZ, PERIODISTA, REVISTA LA MANO:
En Argentina los que escriben de rock son casi siempre los mismos: no ha surgido una generación nueva que viva de esto. Vimos lo que estaba sucediendo, pero ninguno lo sentía propio. La música de Callejeros y demás es la música que los grandes no pueden escuchar. Es de los pendejos. No era de la radio ni de los medios: es de los chicos. Y por eso es respetable. Ahí hay confrontación. Esa apropiación es parte del rock.
“Las bandas convocan a algo que no entienden, que no saben qué es. Es el síndrome Redondos, y es cuestión de acompañar el viaje. Sienten que su público tiene derecho sobre ellos. Yo no entiendo cómo podían cantar algunos en lugares cerrados: dentro de ese público hay un anarquismo a ultranza, no entienden cuando se les habla, no respetan al prójimo de una manera terrible. Aunque al mismo tiempo en los recitales siempre hay una solidaridad muy fuerte. El único elemento que cambió en mi vida viendo rock es la bengala. Es algo suicida que había adoptado una cultura y que inevitablemente llevaba a un problema. Aunque en realidad la bengala fue siempre una excusa para llegar al escenario: uno la enciende, otro lo sube al hombro y cabalga hacia allá”.
FERNANDO D’ADDARIO, PERIODISTA, PÁGINA/12:
“Todas las cosas que ahora vemos como peligrosas hacían a la fiesta del rock. Las veíamos como naturales y Chabán era un chanta simpático. Nadie cuestionó las bengalas. Por miedoso no te acercabas, pero no lo escribías. Y las bandas tampoco lo decían. Era un valor agregado, hacía a la escenografía del show, le daba colorido. Nunca a nadie se le ocurrió que era una barbaridad. No me rasgo las vestiduras ni con los Callejeros ni con Chabán: era parte de un engranaje amateur e irresponsable del que formamos parte todos”.
FERNANDO SÁNCHEZ, PERIODISTA, REVISTA SOY ROCK:
“Las bengalas empezaron con los Redondos, pero no las recuerdo en lugares cerrados con ellos. Yo nunca lo vi mal, excepto cuando fui a ver a Bersuit a Obras y pensé que debía ser medio peligroso. En la revista poníamos en la ficha de técnica cantidad de bengalas y lo veíamos como una cosa pintoresca. Estaba naturalizado. Y nadie lo decía en medios tampoco: nadie dijo ‘qué peligro’. Nunca pensé en más allá de un quemado o que te costara respirar. Era parte del show. También es molesto que digan que está mal que el show se traslade de arriba a abajo, como si eso fuera malo en sí mismo. El rock es una ilusión y esto es una parte más de la ilusión del pibe que cree que el rock es mejor porque tiene esa luz. Y las mismas bandas lo promovían. No sé exactamente cómo es el mecanismo, pero las bandas repartían bengalas así como colgaban escenografía. ¿Está mal? Ahora sí, por lo que pasó. Pero es algo que no sé si podés manejar. Pedirle límites a un pibe de 16 años me parece una locura en este país: no tienen conciencia del riesgo ni del límite. No se le puede decir a un chico adolescente que tenga cuidado. No le importa si el humo de una bengala le va a hacer mal dentro de diez años”.
SERGIO MARCHI, PERIODISTA, AUTOR DEL LIBRO “EL ROCK PERDIDO”:
“Si el rock se queda con la idea de que un recital tiene que ser ‘una fiesta’, no habrá aprendido nada de lo que sucedió en Cromañón. Una fiesta puede ser una sucesión de ritos mecánicos en torno de una reunión de gente sin la menor alegría. La alegría, la verdadera, surge de pozos mucho más profundos que tienen que ver con el alma y no se puede plantear de antemano. Simplemente sucede y no siempre. Para que la fiesta en serio acontezca tendrá que haber un rock capaz de desgarrar la tela de la oscuridad de Cromañón para que entre la luz; una clase de luz que no puede conseguirse ni aunque se prendan un millón de bengalas, se desplieguen las banderas más vistosas o se baile el pogo más grande del mundo. Para esto hacen falta artistas lúcidos, pero también un público dispuesto a escuchar esa lucidez y reconocerla como propia.
“El rock no puede quedarse en la lógica facilista de ampararse en lo podrido de la sociedad para justificar el mal interno. Pensar que la bengala o la mentalidad paleolítica que en nombre del ‘rocanrol’ suele acompañarla es inocente de la tragedia de Cromañón es no hacerse cargo de lo sucedido y una invitación a repetirlo. Los artistas parecen haber tomado conciencia, pero cierto sector del público todavía no quiere comprender. Esperan días difíciles. Porque la competencia contra un idealismo lumpen y mediocre sólo será victoria si se cuenta con el atrevimiento de poder soñar un rock que valga la pena ser cantado”.
JOSÉ PABLO FEINMANN, FILÓSOFO, PERIODISTA Y ESCRITOR:
“Si uno agarra un libro sobre la prehistoria humana va a encontrar alguna información sobre la ‘República Cromañon’: ‘En la aurora de la humanidad (Paleolítico inferior) vivían seres que ya caminaban erguidos y cuya mano se había librado de la necesidad de contribuir a la locomoción’. ¡Cómo se habrán divertido Chabán y los suyos al encontrar el nombre del boliche! ¡Qué hallazgo, qué imaginación tiene esta gente! Habrán dicho ‘Hagamos un boliche para los pobres. Le sacamos los clientes a la bailanta y los juntamos en una república prehistórica. Los amontonamos como lo que son: monos, tipos de las cavernas, tipos presapiens, simios del paleolítico inferior’. ¿Cuánto vale la vida de un cavernícola? ¿Cómo se iban a preocupar (los ingeniosos dueños de República Cromañón) de la seguridad de sus ‘clientes’? ¿Para qué gastar energías y dinero en cuidar la vida de unos cuantos simios prehistóricos?
“En un gesto de gran cinismo (y ahora se revela: de gran crueldad) Los chicos de la clase media del rock (empobrecidos durante el menemismo) fueron a engrosar los números de los marginados, de los desclasados. ¿Cómo perder esa clientela? Aquí, Chabán y los suyos deciden bajar el nivel y llegar hasta donde el ‘público’ ha llegado: a las cavernas. De la elite que fue Cemento en los ’80 a la ‘grasada multitudinaria’ de comienzos de siglo que se agolpa en República Cromañón. Que es una forma algo oculta de decir: ‘El planeta de los simios’.
“Ahora la Justicia deberá poner las cosas en su lugar. Se debe pedir justicia. Pedirla consiste en afirmar hasta la obsesión que en esa República no murieron monos sino seres humanos. Personas históricas y no prehistóricas. Notable y cruel paradoja: un lugar que se asumía como ‘espacio de la prehistoria’ ha generado un ‘acontecimiento histórico’ desmedido, sin precedentes. Gigantesco en su dimensión de horror. No estamos frente a un tsunami. No estamos frente a una catástrofe natural. Esta es una catástrofe humana. Y la diferencia entre los hombres y un tsunami es que los hombres son responsables de sus actos. Y si sus actos son crueles (y si a esa crueldad se añade el cinismo) deberán responder por ellos”.
EVA GIBERTI, PSICÓLOGA, AUTORA DEL LIBRO “LOS HIJOS DEL ROCK”:
“Hace tiempo que estamos inmersos en una ciénaga de argumentos inadecuados e insuficientes, algunos domésticos y otros técnicos, que buscan justificar por qué vivimos en permanente estado de resignación ante desidias y abusos del orden de lo privado y de lo público. La masacre (como es la palabra que los chicos eligieron para hablar del tema) adquirió dimensión desordenante en tanto y en cuanto la circunstancia política tuvo que reconocerla como inquietante, capaz de conmover las garantías de la gobernabilidad.
“En el rock inaugural el espectáculo se focalizaba en el escenario, donde luces, humo y estallidos estaban regidos por la producción del show; hoy el espectáculo se comparte con el público que, enamorado de si mismo se ensalza y se consagra en el amontonamiento, en el cuerpo a cuerpo que mantiene su eficacia y que es necesario recrear para cantar acompañando a la banda. Mientras los jóvenes se mantuvieran en ese nivel, el maltrato empresarial estaba garantizado, ya que los rockeros están acostumbrados a soportar todo”.
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