LA PELEA SILENCIOSA DETRÁS DEL AUMENTO DE PRECIOS
El rancio axioma monetarista enunciado décadas atrás por el economista Milton Friedman sostiene que las subas de precios responden linealmente a los aumentos en la cantidad de dinero circulante. Su reciclaje teórico actual culpa al Banco Central de emitir pesos indiscriminadamente para comprar dólares, y así sostener el tipo de cambio “competitivo” que piden los industriales más cercanos al Ministerio de Economía.
Pero lo cierto es que el salto de la inflación de los dos primeros meses del año se dio en paralelo a una brusca contracción monetaria por parte de la entidad que preside Martín Redrado. La emisión de pesos se vio más que contrarrestada por las cancelaciones de pases, redescuentos y adelantos del Tesoro, y por las colocaciones de Lebac, que aspiraron de la base monetaria unos 4 mil millones de pesos en menos de un bimestre.
Redrado, así, está combatiendo la inflación con las mismas armas ortodoxas que le reprochan a Lula en Brasil los industriales paulistas, furiosos con la suba de la tasa de interés. Esa contracción monetaria no entusiasma en cambio a Economía, donde reina una declamada heterodoxia desde Roberto Lavagna hacia abajo.
Cuellos de botella
Los heterodoxos sostienen que si aún hay capacidad ociosa en ciertos sectores de la economía y persiste la desocupación, no hay margen para que la mayor demanda desemboque en presiones sobre los precios, por lo que la emisión para sostener el dólar no es en absoluto riesgosa.
La culpa de la inflación -argumentan- no es del aluvión de pesos sino de los “cuellos de botella” generados en los sectores de la economía real que quedaron rezagados en la inversión, y de factores estacionales de incremento de la demanda de ciertos productos.
De todas maneras, la heterodoxia de Economía comienza perder fuerza al aparecer el “fiscalismo”, ya que el superávit primario de las cuentas públicas se ve desde la Casa Rosada como un factor de independencia que costó lograr y que vino para quedarse.
Hay otro argumento que enarbolan interesados algunos sectores ligados al poder económico: que la inflación responde a los aumentos salariales dispuestos por decreto en los últimos meses.
Lo que omiten mencionar es que el salario real promedio se mantiene entre un 15 y un 20 por ciento por debajo de los niveles previos a la devaluación, según distintos estudios privados, y que aunque hubo fuertes recomposiciones salariales en la industria, todas fueron por debajo del aumento de la productividad.
Entonces si no es sólo la emisión, el gasto, ni los aumentos de salarios por decreto… ¿Qué es?.
La puja distributiva que se desató con el fin de la Convertibilidad no llegó a su fin y promete mantenerse viva por un buen tiempo más. En esa pelea entre los sueldos de los trabajadores y las ganancias de los empresarios un arma son los salarios nominales, pero otra mejor es la inflación, sobre todo para los dueños del capital. Y sobre todo si se negocia en estas horas un mecanismo para actualizar las deprimidas remuneraciones de la mayoría.
Limitar los abusos de las empresas que fijan los precios de la canasta básica es por eso una tarea fundamental del gobierno si pretende cambiar la matriz de desarrollo del país. Esos límites pueden tomar distinta forma, pero de seguro deberán desoír varios de los argumentos resumidos en estas líneas
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