“LA POLICÍA LO HABÍA DEJADO COMPLETAMENTE SOLO”
La mujer del integrante de la Guardia Rural Los Pumas -quien apareciera muerto de un balazo en la cabeza el 6 de agosto‑, Claudio Capdevila, reveló a Rosario/12 que el agente “estaba amenazado” -al parecer por sectores del narcotráfico de la región, después de desbaratar un cargamento de 154 kilos de marihuana en proximidades de San Cristóbal‑ y que la última vez que fue a declarar al Juzgado Federal de Reconquista se dio cuenta que “estaba solo” y que nadie de la fuerza policial lo apoyaba. Yanina Fernández dijo además que el abogado de Aldo Ferrero ‑el reconquistense Ricardo Degoumois‑ intentó persuadirlo tras su última declaración y que en enero de este año había tenido un episodio violento con el narco cordobés. “Fue el mismo que le hizo un disparo, que le pasó al lado de la cabeza, en un operativo llevado a cabo en una villa, en la zona límite con Córdoba”, indicó. Remarcó que Claudio nunca se podría haber suicidado porque “amaba la vida”, exigió justicia y cuestionó a sus ex compañeros porque “todos miraron para otro lado” y lo abandonaron.
Yanina Fernández tiene 28 años, es asistente social y es madre de Santiago, de poco más de un año y medio. Es la mujer de Claudio Capdevila, el policía de la Guardia Rural Los Pumas del Destacamento San Guillermo, que apareció muerto el 6 de agosto, con un balazo en la cabeza. “Nos conocíamos de toda la vida; desde que éramos muy chicos. Trabajamos juntos en la Municipalidad de Vera y hacía más de 5 años y medio que nos estábamos en pareja; un tiempo antes de que él se incorporara a la policía”, indica la joven, quien actualmente cumple funciones en el hospital verense.
‑¿Cómo era Claudio?
‑Era un hombre feliz. Creo que nunca en mi vida conocí a alguien tan feliz. Era una persona alegre; que cada vez que venía a Vera se iba a jugar como un chico con sus sobrinos. No había días malos para él. Eso sí: siempre fue un hombre justo; tenía un gran concepto de la justicia. Por eso a veces era de meterse en lo que no le parecía justo; en alguna discusión, en alguna pelea; para tratar de poner las cosas en su lugar. Pero siempre bien; quizás era por eso que tanta gente lo quería. Nosotros éramos una pareja hermosa; nunca nos faltó nada. A veces nos juntábamos los domingos a la mañana, en la cama, con el bebé y Claudio decía: “Qué hermosa familia que somos nosotros”. A mi me asombraba cómo se hacía querer; eso de tener muchas mamás por todos lados, porque todas las madres de sus amigos de Vera eran también las de él.
Yanina recuerda que el día en que Capdevila interceptó al narco cordobés Aldo Ferrero -cuando le secuestraron 154 kilos de marihuana, en el Departamento San Cristóbal‑ fue uno de las veces que más contento lo notó. “Me llamó esa tarde de marzo y estaba eufórico. `No sabés el Positivo que hicimos’, me repetía todo el tiempo.
‑¿Y te contó algunos detalles de ese momento?
‑Me dijo que después de perseguirlo con el coche policial, lo pasaron, lo interceptaron y Ferrero les ofreció 100 mil pesos para los tres, a cambio de que se olvidaran del episodio.
Pero a Yanina no solamente le sorprendió la oferta de coima que le hizo el narco detenido, sino lo que le recordó Capdevila, en cuanto a que ya lo conocía al tipo, de un episodio delictivo anterior. “No sabés la calentura que me agarró cuando me dijo que era Ferrero y lo reconocí como la persona que me tiroteó en el mes de enero, en un operativo policial que habíamos hecho en la zona límite entre Córdoba y Santa Fe, en que nos metimos en una villa a perseguir a unos malandras. El fue quien me hizo un disparo que me pasó al lado de la cabeza”, le recordó Claudio. Yanina recordó que esa vez su pareja estaba preocupado. “Estuvieron a punto de matarme”, le dijo. Al día siguiente Capdevila volvió a llamarla a su mujer, al ver que aparecía nombrado en los medios periodísticos. “Soy famoso, mami, salí en todos los medios e incluso vino la jefa de la Policía hasta acá”, le indicó.
‑¿Y cuando estuvo personalmente con vos, en Vera, te aportó algo más?
‑Llegó a los pocos días a Vera y trajo los diarios de la zona, que los repartió a cada uno de su familia, de lo contento que estaba. Una vecina, cuando vio el diario, me dijo: “Decile a Claudia que tenga cuidado, que se cuide. No sabe dónde se está metiendo; esta es gente muy peligrosa”. Claudio siempre respondía lo mismo: “A mi no me va a pasar nada, quédense tranquilos”. Me contó de nuevo todo el episodio, me dijo que lo habían felicitado, pero no me agregó otras cosas. Me reiteró que Ferrero les ofreció 100 mil pesos, pero me pidió que no dijera nada, porque él no tenía nada que arreglar con ese tipo.
‑Claudio declaró en tres oportunidades, la última vez en un careo con Ferrero. ¿Qué te dijo de estas situaciones?
‑Las dos primeras veces, en que fue al Juzgado Federal de Reconquista con sus otros dos compañeros, no me comentó nada extraño. Fue en la camioneta policial las dos veces. Lo único raro fue cuando me contó que el abogado de Ferrero (Ricardo Degoumois) en la primera declaración hizo de juez y mi cuñado, que trabaja en la justicia le preguntó si era tan así, porque lo consideraba una irregularidad. “Fue así”, reiteró Claudio. Pero los peores momentos los pasó en la última declaración…
‑¿Por qué decís esto?
‑Porque ahí se dio cuenta que sus compañeros, la Guardia Rural Los Pumas, la institución policial, lo habían dejado totalmente solo. Primero, ese día, no le querían dar el permiso correspondiente para que fuera a declarar a Reconquista, pese a que tenía una orden judicial para un careo. Se tuvo que ir a dedo y entiendo que hasta llegó tarde al Juzgado Federal. Fue una vergüenza, porque ni siquiera un viático le dieron para que pudiera cumplir con ese compromiso judicial. Yo estaba indignada con la actitud de los jefes de Los Pumas y se lo dije claramente a Claudio: “Ahí con vos, entre tus jefes, hay gente corrupta, que robó, que se enriqueció de un tiempo a otro, que siguen trabajando como si nada porque nadie los quiere investigar y vos que dejaste todo en este procedimiento, que demostraste honestidad, te dejan tirado”. Claudio hizo dedo desde San Guillermo hasta Vera, trató de conseguir plata para ponerle nafta al auto de mi padre, pero yo me opuse.
‑Y cuando retornó, ¿te dijo algo?
‑Esa noche llegó tarde, como a las 22.30, también “a dedo”. Se había molestado mucho con el doctor Degoumois, a quien Claudio le decía “el abogado de bigotes” y yo lo reconocí luego por las fotos publicadas. Primero, porque en el careo Degoumois le preguntaba “siempre lo mismo” que en sus anteriores declaraciones, como para que se equivocara en algún momento. Incluso me dijo que en un momento del careo se cansó y le dijo: “Doctor, usted me está preguntando siempre las mismas cosas; todas las veces hace lo mismo y eso me molesta”. Pero no fue el único episodio con Degoumois. Claudio me contó además que cuando salió del Juzgado Federal, el abogado se le acercó y le preguntó si andaba “a pata”. Claudio le respondió que no tenía vehículo y Degoumois se ofreció a llevarlo hasta Vera. Claudio se negó y el abogado le entregó una tarjeta personal y le acotó: “Bueno, si te arrepentís, no tenés más que llamarme al número de celular de mi tarjeta”.
‑Capdevila fue encontrado muerto el sábado 6 de agosto a la mañana. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con él?
‑El sábado 30 de julio. Tenía que tomar el colectivo de las 9 de la noche y no quería irse. “Es la primera vez que no tengo ganas de irme a San Guillermo. No sé qué me pasa”, me dijo. Compró una Coca, me invitó a tomarla en la vereda y cuando vio que estaba su padre, que es diabético, pensó: “Papá va a querer tomar” y decidió no estar en la vereda. “Me parece que me voy a enfermar”, comentó. Le manifesté que estaba lindo para salir a caminar con el bebé y se entusiasmó. Llamó a la guardia y quien estaba allí le dijo que a las 2 de la mañana terminaba su turno y se quedaban sin chofer, por lo cual optó por viajar. “Pero no me acompañes a tomar el colectivo, porque el Chancho (por su bebé) cuando ve que me voy, se larga a llorar y me hace mal”, le comentó. Le dije que no, que lo iba a acompañar; me cambié y me fui.
‑¿Y hablaste con él antes de que te enteraras de su fallecimiento?
‑En realidad, nosotros siempre nos hablábamos; todos los días y, a su vez, nos enviábamos mensajes de texto a los celulares en forma permanente. Ese viernes 5 hablamos por teléfono durante el día. A las 23.30 me entró un mensaje de texto de él, donde me decía: “¿Qué hacés, amor? Me estoy yendo al control de Rufó”. No se aguantó y a las 00.04, ya del sábado ‑porque me quedó marcado el llamado‑, me habló por teléfono desde el control. Me dijo que iba a estar en Vera el domingo, si conseguía a alguien de la guardia que lo reemplazara, porque su trabajo terminaba en horas de la noche recién y me preguntó por el bebé. “Se estaba durmiendo, pero como escuchó que sos vos en el celular, ya se despertó”, le conté. Me preguntó si era verdad que el bebé se dormía mejor al sentir el olor de su perfume, le dije que era así y entonces me indicó que ese domingo iba a traer ropa de él, para dejársela a Santiago, así podía dormir tranquilo. “Te dejo, mami, porque está viniendo un camión al Control y debemos pararlo; nos vemos en unas horas”, me dijo finalmente.
‑¿Y en qué momento te enteraste de su muerte?
‑Me enteré ése sábado a la mañana. Estaba estudiando, porque tenía que rendir un post‑grado y me avisaron mis padres; vinieron corriendo a avisarme. Les dije que era mentira lo que me decían; no lo podía creer. Hablé con mi cuñada y ella me confirmó. Pero seguí negando su muerte; era como que no quería saber lo que me decían. De hecho, todavía no puedo creer que Claudio está muerto. Y menos podía creer cuando me informaron de que se había suicidado. Claudio tuvo problemas en su vida, pero nunca se deprimía, porque siempre tiraba para adelante y nos arrastraba a todos. Era quien se molestaba al saber de los chicos que se suicidaban en Vera, donde el índice de suicidios es alto. “No puede ser que no luchen por la vida, que es tan hermosa. Nos faltan horas para hacer cosas y todo puede solucionarse, menos la muerte”, repetía cada vez. Por eso siempre me decía de cuidarme, mimarme y llegar a viejitos. “¿Te imaginás, mami, nosotros de viejitos?”, me preguntaba. Nosotros disfrutábamos de la vida al máximo. Claudio nunca pensaba en la muerte.
-Recién tomaste conciencia cuando lo viste muerto.
‑Algo así. El velatorio fue muy doloroso. A los 15 minutos de llegado el féretro a Vera se apersonó un jefe de la Guardia Los Pumas y le dijo a mi suegro que Claudio “se cagó un tiro al ver el móvil destruido”. Cruelmente le dijo lo que supuestamente sostuvieron desde el principio, en cuanto al suicidio. Mi suegro lo echó del lugar. No podía decirle eso, pero así son algunos. Horas antes, cuando mi cuñado fue a buscar el cuerpo, uno de los oficiales se acercó y le dijo: “Claudio se mató porque tenía otras mujeres”. A mi nadie me llamó de la Policía para decirme algo y todos sabían perfectamente que era su mujer, aunque recién nos íbamos a casar a fin de año. El único fue el funcionario Domingo Pochettino. Cuando lo sepultaron, no le hicieron guardia de honor, ni le pusieron la bandera o la gorra de policía, como siempre sucede. Nadie de sus compañeros quiso decir algunas palabras; si no fuera por el intendente de Vera (Raúl Seco Encina), que en el sepelio destacó la trayectoria de Claudio, hubiese sido enterrado en total olvido. De hecho, después de la misa de la iglesia, se mandaron a mudar todos.
‑¿Pero ninguno de sus compañeros de la fuerza policial trataron de acercarte algún dato?
Todos se escondieron o miraron para otro lado. Ni siquiera los que él decía y creía que eran sus verdaderos amigos. Varios de ellos hasta vivieron en casa, en Vera, cuando vinieron a realizar algunos cursos. A uno de ello lo encaré en San Guillermo, cuando a los pocos días fui a buscar cosas de Claudio e insistió con la hipótesis del suicidio. “No soportó haber destruido el auto”, me dijo. “Vos no podés decir eso; vos eras su mejor amigo, el que más lo conocía”, le dije, pero miró para otro lado. Claudio era un piloto excelente, acostumbrado a andar en el campo, en terrenos difíciles para maniobrar y por eso dudamos de que haya volcado como se dijo. ¿Cómo puede ser que le hayan encontrado 1,8 de alcohol en el cuerpo? Si tenía esa graduación alcohólica no se hubiese podido parar o caminar y menos manejar un vehículo, siendo que antes del hecho llevó a un compañero sin problemas.
‑¿Claudio te contó alguna vez, entre el día del operativo contra el narco Ferrero y la semana previa a su muerte, que había sido amenazado por alguien, en torno a este caso?
‑Claudio nunca me dijo que alguien lo hubiera presionado, pero sí me lo dijeron algunos colectiveros de la zona, que se enteraron, de él mismo, de que estaba amenazado por la gente de Ferrero. Lo único que quiero es que se investigue su muerte. Apenas supimos lo que le pasó, todos pensamos en un homicidio y no se puede creer que sus compañeros policías nunca lo hayan tenido en cuenta de esa manera y siempre únicamente hablaron del suicidio. Nunca hubo indicios de “suicidio”, tal como lo plantean.
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