LA PRIMERA DAMA NO ES CANDIDATA, PERO SUMA PROTAGONISMO
En estos días de agitación en el Congreso, oficialistas y opositores coinciden en una sola cosa: aunque Cristina Fernández de Kirchner no haya lanzado formalmente su candidatura, trabaja intensamente para catapultar su imagen, levantar sus índices de conocimiento en la gente y mostrarse como una “luchadora en todos los frentes”.
El cambio de actitud de la Primera Dama en estos días fue evidente. Convirtió sus apariciones esporádicas en protagonismo, y excluyente, en las cuestiones más sensibles para el Gobierno. Habla, gesticula, escucha, contesta, chicanea. Y extendió sus discursos a más de dos horas —ahora que las sesiones son transmitidas en directo por Canal 7— como sucedió en las últimas dos semanas con el tratamiento de los “superpoderes” y la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia (DNU) en el Senado.
Al cambio de actitud y la búsqueda de un perfil más elevado algunos le ponen fecha de inicio: lo sitúan en España el 23 de junio, durante el viaje presidencial, cuando Néstor Kirchner le pidió “hablá vos, Cristina” y ella apareció por primera vez en un largo reportaje televisivo. Como antecedente citan el recordado discurso del Presidente en el que avisó que el próximo candidato será “pingüino o pingüina”.
Otros creen ver el cambio desde el primer día que asumió como senadora por la provincia de Buenos Aires. Su primer proyecto en el nuevo rol fue la reforma al Consejo de la Magistratura, que le valió un par de meses en la primera línea de fuego.
Sin embargo, en ese momento era un tema puntual, “su” tema. Ahora Cristina busca aparecer como la espada parlamentaria más filosa del Gobierno en defensa de las políticas oficiales, cuando por ejemplo en 2004 estuvo ausente y ni siquiera votó los “superpoderes” que pedía para ese año el jefe de Gabinete.
Ahora bien, la discrepancia entre oficialistas y opositores pasa por la “calidad” de la exposición de la primera dama.
Los opositores se entusiasman con que será una especie de gol en contra: dicen que la gente no soportará su carácter de mujer irascible. Por eso intentaron “dejarla en evidencia” en la última sesión del Senado, no sólo con su abrupto abandono de las bancas sino con palabras directas. El jefe del bloque radical, Ernesto Sanz, no las ahorró: “Las personas son soberbias, intolerantes, descalificadoras”, dijo, mirándola fijamente.
En cambio, los oficialistas creen que el nuevo perfil de Cristina la ayuda. “La gente no escucha todo el discurso, sólo mira que está en todas las pantallas, protagoniza la política y les pega a los que debe pegarles”, recitan. La estrategia incluye críticas a la prensa.
Lo que sí es un dato objetivo es que el tándem con el Presidente funciona a la perfección. El la apoya y le agradece “la pelea que está dando”, ella lo defiende en el Congreso, él retoma las ideas de ella y las lleva a la tribuna política. Una estrategia bien afinada.
En tanto, son los compañeros de ruta del oficialismo los que se desdibujan y pierden protagonismo. También pierden los opositores, cuyas quejas se convierten en una letanía.
Pero la que más pierde es la institucionalidad, porque sobre el telón de fondo de la pelea política se deja de lado que el Congreso le concede cada vez más poder al Ejecutivo, que tendrá mayor control sobre el Consejo de la Magistratura, sobre la UIF que investiga operaciones de lavado de dinero, y sobre las partidas del Presupuesto. Todo con el voto de los legisladores.
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