La reforma migratoria vuelve a poner a Obama en el ojo de la tormenta
Mientras se demoran los prometidos cambios en la legislación, crecen los cuestionamientos desde varios sectores por el fuerte aumento de las deportaciones.
Los recurrentes fracasos en sus promesas de reforma migratoria se convirtieron en un poderoso bumerán para Barack Obama, apretado entre dos frentes: quienes le piden que detenga ya las deportaciones récord de inmigrantes irregulares y quienes, del otro lado, bloquean su tantas veces anunciada reforma destinada a favorecer a esos mismos inmigrantes.
La cuestión de la reforma empieza a inquietar a las bases del Partido Demócrata, crecientemente preocupadas porque se convierta en una carga de cara a las próximas elecciones legislativas. La sorpresa, sin embargo, vino ahora por el lado de las deportaciones masivas que el gobierno demócrata realiza de inmigrantes irregulares, a un ritmo de cerca de 1000 por día, de acuerdo con información oficial.
“Esto es inmoral, hay que frenarlo”, dijo, días atrás, el representante demócrata por Illinois Luis Gutiérrez. El legislador se indignó, sobre todo, por el hecho de que el presidente no hiciera mención del asunto al presentar su programa anual de gobierno la semana pasada, durante el discurso anual sobre el Estado de la Unión. “Que no se hablara de las deportaciones en esa ocasión fue un grave error”, subrayó.
En esta ciudad se entiende que lo que hizo Gutiérrez fue poner voz a un sentimiento bastante más extendido y que alcanza a los sectores más progresistas de la base que apoya a Obama. Entre ellas, poderosas entidades sindicales.
“Las deportaciones están generando terror”, sostuvo Damon Silvers, director de política de la poderosa Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), una de las más importantes agrupaciones gremiales del país y tradicionalmente cercana al Partido Demócrata.
“Las deportaciones son algo monstruoso, como un Frankenstein. Se las quiso usar como un arma política para mostrar que la administración tomaba en serio su responsabilidad de hacer cumplir la ley. Pero se convirtieron en una carrera fuera de control”, añadió.
La grieta
En medios locales se asegura que ese tipo de medidas está abriendo una grieta de difícil cicatrización entre el presidente y los sectores sindicales. Un giro que, de confirmarse, privaría a los demócratas de un aliado tradicional.
Hasta ahora, los cinco años en el poder de Obama han significado cifras de deportación superiores, incluso, a las de su predecesor en el cargo, el ex presidente republicano George W. Bush.
Entre 2009 y 2012 se llegó a un promedio anual de cerca de 400.000 deportados. El año pasado, la línea se mantuvo, con 370.000 casos, buena parte de ellos sin ningún antecedente legal. La situación, hasta ahora mantenida en segunda línea, empieza a cobrarle factura a Obama.
Difícilmente pase una semana sin que haya manifestaciones frente al Congreso o la Casa Blanca de inmigrantes que piden parar la sangría. “El presidente promete, pero luego no nos cumple”, suele ser la queja.
Poco antes de lograr la reelección, en noviembre de 2012, Obama sacó de la galera un proyecto para demorar las deportaciones de los llamados dreamers (soñadores), los jóvenes que fueron traídos de muy pequeños por padres inmigrantes irregulares y que fueron criados como norteamericanos. Aunque no tengan los papeles.
“Acción diferida”, se llamó el programa. Pero muchos lo ven como un parche que no termina de cubrir el espectro de un problema que empieza a ganar las primeras páginas de los diarios de mayor influencia.
“La suerte de toda una vida echada en cuestión de minutos”, fue el titular con el que el domingo pasado el influyente The Washington Post recogió la angustia de familias enteras que escuchan el veredicto sobre el que se basará la permanencia o no en el país de uno de sus miembros.
Hay casos desgarradores. Hijos que son separados de sus padres, matrimonios que son quebrados o pequeños que quedan en manos de padres adoptivos porque sus padres biológicos son echados del país.
“Por favor, Obama, devuélvame a mi mamá”, dicen algunos carteles que empiezan a verse en manifestaciones públicas. La legislación norteamericana establece la nacionalidad por nacimiento en el territorio. Pero no la hace extensiva en forma automática a los padres de un chico nacido aquí.
En forma paralela, el panorama se complica con la demora de la anunciada reforma migratoria, que Obama viene prometiendo, pero que no prende en el Congreso.
“Creo que el presidente ha subestimado las dificultades que existen para abordar ese tema”, afirmó el líder de la oposición en la Cámara de Representantes, John Boehner, una semana después de que el Partido Republicano anunciara su intención de aprobar una ley que legalice a los once millones de indocumentados que viven en el país.
El presidente de la Cámara baja, último escollo de una reforma migratoria luego de que el Senado aprobara una extensa ley en junio pasado, precisó que la “desconfianza” hacia el presidente Obama es “uno de los principales obstáculos” en el camino de la aprobación.
“Hay una duda generalizada sobre si se puede confiar en este gobierno para hacer cumplir nuestras leyes, y será difícil avanzar en cualquier legislación sobre inmigración hasta que eso cambie”, dijo Boehner.
Fuente: La Nación
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