La resistencia del silencio
Eldorado es la tercera ciudad de Misiones. Tiene la particularidad de extenderse sólo a lo largo. La flacura le ha hecho extender el cuerpo tanto que la Avenida Principal tiene unos 20 kilometros, pero a los costados no hay demasiado. Y 50 más al este, sobre la ruta provincial 17, está “Teco Arandú”, la comunidad de la sabiduría, un grupo de guaraníes puros que quiere preservar sus raíces.
Entre los 6 mil guaraníes que aún sobreviven en Misiones están los que lismonean el asistencialismo, los que fueron definitivamente corrompidos en sus costumbres y los que, como en “Teco Arandú”, buscan un término medio para conservar la identidad ancestral aceptando las reglas que desde hace tiempo dejaron de trazar ellos.
“Teco Arandú” realiza intercambios con ‘los hombres blancos’, a diferencia de otros grupos más cerrados. Por ejemplo, la Facultad de Ciencias Forestales de Eldorado acerca su mano amiga y los turistas pueden visitar los puestos de artesanía que hay sobre la ruta.
Hace un tiempo “Teco Arandú” querelló al estado provincial que le había vendido la tierra a la Compañía La Victoria. Los guaraníes no tienen como tradición el empleo de armas de fuego pero alguna necesitan para defenderse. Y utilizaron la de la justicia, que a veces funciona. Asesorados por la Pastoral Aborígen dijeron en los Tribunales que la tierra era de ellos, aunque no tuvieran títulos de propiedad, nomás porque siempre habían estado ahí. Y el fallo les favoreció, tanto que ahora se sabe que nunca más los podrán quitar de sus raíces. Sólo que hay un pequeño detalle: los guaraníes siempre vivieron de la caza y de la pesca y ya no hay qué cazar ni qué pescar. Por eso, como una necesidad que sabe a contradicción, ellos están empezando a descubrir la industria del turismo.
Gabriel, encargado de las relaciones públicas de la comunidad, junto a su suegro y un par más de voluntarios, abrió un sendero en medio de selva que ahora les pertenece. El “Tapé Arandú” es el “camino de la sabiduría”. Allí conduce Gabriel a los turistas, que pagan unos pocos pesos para que les muestren las costumbres de los guaraníes y las plantas con las que vivieron durante años. Gabriel y el resto enseñan la cultura a los de afuera pero sólo pueblan y trabajan 30 de las 5 mil hectáreas que les legitimaron. “El resto del monte es para que esté como estuvo siempre”, dice.
Todas las plantas del monte tienen alguna propiedad. Ya está la que da el perfume, ya la que corta el cordón umbilical. Ya la que cura el corazón, ya la que da vitaminas.
Pero el juicio ganado no les ha dado todo lo necesario a los dueños primitivos de la tierra. No sale agua de las canillas y ni llega la luz eléctrica al sitio donde los perros son más flacos que Eldorado y los 110 chicos que van a la escuela de la comunidad no tienen calzado.
Los ranchos de los guaraníes, de paja y madera, guardan el dolor milenario y la comida escasa. La comunidad vive en clanes familiares que no superan las 200 personas y es común que se cacen entre parientes. Los caciques, chamanes (guías espirituales y curadores) y los descubierteros (conocedores del monte) tienen un rol preponderante en las decisiones pero cada año hay comicios para renovar el cacicazgo. La caza ya no es de jabalíes y sí de coatíes o algunos pajaritos para parar la olla. Todo lo cuenta Gabriel, parsimonioso, simpático, pero de palabras austeras.
Ellos no lo dicen pero lo saben: a esos cuerpitos bajitos y esas voces apagadas en la ciudad las discriminan. Si no hicieran lo que hacen se desintegrarían.
Antes de concluir el ‘tapé arandú’, desde una vertiente natural magra -comparada con tantas otras de Misiones- Gabriel se acuclilla, coloca un sorbo en una hoja gigante cerrada y bebe.
Como una bufonada, se llama Acuífero Guaraní la reserva mundial de agua dulce más grande de la tierra. Pasa por ahí, debajo de los pies del Gabriel, donde los guaraníes no tienen agua corriente.
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