La Siberia argentina
Un sudor gélido te humedece las medias, pasa un instante después por tu estómago y en un instante te cubre el cuerpo, que pasa a lucir la temperatura del ambiente: unos pocos grados. Sólo habrá que trasponer una puerta y empezar a sentirlo. Un pasillo largo y angosto con una salamandra que no funciona en el medio. A uno y otro lado, celdas de pintura descascarada y tristeza infinita.
Al fondo del pasillo una cañería vetusta denota la presencia de duchas. De ese techo viejo que las sostiene caen gotas de chapas transpiradas. Toda tu alma se imagina un baño de agua fría como castigo por un delito cometido muy lejos, una pena hasta el último día que se aparece como paga excesiva por aberrante que hubiera sido el crimen. Al menos, la realidad llega de momento para ponerte en aviso que estás en el Museo del Presidio del Fin del Mundo, todo un alivio.
El lugar está conservado de modo tal que logra meterte la cárcel en la piel. Al menos uno de los pabellones, porque los otros son un museo más “producido”, con celdas que son recuerdos, muñecos de ceras que son presos, o paredes que son estantes de biblioteca y galerías de arte. Desde hace 10 años, cuando se creó este espacio a través de una asociación civil sin fines de lucro que hoy lo sostiene y lo tiene como la vedette de los turistas que desean codearse con la historia.
Cayetano Santos Godino, “alias” el Petiso Orejudo, uno de los hitos de la historia del crimen en la Argentina, vivió y murió aquí, a manos de otros internos que no le perdonaron que quemara los ojos de un gato que era la mascota del penal. El anarquista Radowinsky, tras ajusticiar a Falcón, un precursor de la tortura en la Bonaerense, vivió, fugó, fue recapturado y luego indultado aquí. Mateo Bancks, “El místico”, que asesinó a toda su familia, vivió y rezó el resto de sus días aquí.
El penal de Ushuaia fue el más famoso del país. Empezó a nacer en enero de 1896 cuando 14 penados llegaron a bordo de un buque a formar parte de la “Cárcel de Reincidentes”. El gobierno argentino quería poblar el sur, incluso con presidiarios. Ushuaia era un caserío que empezó a recibir habitantes, unos a trabajar en la cárcel, otros a vivir allí, otros a morir. En 1902 se empezó a edificar el “Presidio Nacional”, cuya mano de obra fue mano de presidiario y recién pudo inaugurarse en el 20.
Por entonces el gobierno había poblado el sur. Las celdas que podían albergar 380 reclusos tenían 600. Algunos célebres, como los mencionados, o como un joven que animaba las veladas cantando y más adelante se iba a hacer famoso, pero no como presidiario, sino como un morocho milonguero que haría el deleite de la afición tanguera, no sólo del país sino de buena parte del mundo. El nombre puede que le resulte conocido: Carlos Gardel.
Hoy el museo es mucho más que un museo. Para Alejandra Rosell, encargada de las relaciones públicas y vice presidenta de la comisión directiva que lo administra, “una escuela de ajedrez, un cine, un bar, muestras permanentes de pintura u otras manifestaciones del arte y el roce con la historia conforman un espacio intercultural apreciado por los extranjeros”. A propósito de ellos, recorriendo las paredes de la cárcel, ahora ya calefaccionadas, la mayoría de los visitantes no hablan el español.
El museo tiene también una biblioteca que vale visitar. Allí se puede conseguir la historia del presidio o la de Ushuaia. Justamente, uno de los que mejor la cuenta es el lic. Carlos Vairo, director de la institución. Además, la recorrida por los pabellones puede incluir una guía, algunos videos, un recorrido por la planta alta y un café bien servido en el patio central, donde hay una cantina con una moza que atiende vestida de… preso.
Es imposible contar la historia de Ushuaia sin contar la historia del penal. De hecho, los presos construyeron el ferrocarril, muchos edificios de la zona y hasta buena parte de la identidad del lugar. Muchos se quedaron a vivir para siempre cuando cumplieron sus condenas, otros se fugaron y nunca fueron hallados o volvieron a los pocos días muertos de frío. Nosotros nos vamos. Antes pasamos otra vez por el Pabellón que no ha sido tocado desde entonces. Realismo nada mágico. Duró hasta 1947, cuando Perón lo cerró por decreto.
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