La venganza
Como en el viejo Imperio Romano, parece que en la Estancia Pulmarí no se pone el sol. Claro que eso no es tan fácil de comprobar. A menos que uno quiera arriesgar el pellejo y sortear el alambrado olímpico de tres metros que la circunda o burlar la vigilancia de centinelas privados que bien podrían abrir fuego contra los forasteros que deberían ser locales pero aquí son visitantes.
Pulmarí es una porción abundante de tierra y agua ubicada en un lugar inmejorable, cerca de Aluminé, en el camino a Moquehue, todos lugares en los que el Edén bíblico se parece más terrenal que en la sagrada escritura. Pero es tan grande la porción que incluye lagos, cerros, cascadas, como si en vez de una estancia se tratara de un pequeño país cerrado, dentro de otro, más abierto y generoso, llamado Argentina.
Hace muchos años, tantos que pocos recuerdan la anécdota en la zona, Pulmarí era patrimonio –como casi todo lo que hiciera funcionar la economía nacional- de unos gauchos británicos que, de caballeros ingleses no tenían nada. Sobre todo para expulsar a los que osaran invadir la propiedad privada, que todavía no tenía el alambrado actual, pero ya se insinuaba como de difícil acceso.
Así lo comprobó, cierto día, un grupo de jóvenes amantes de la aventura. Los muchachos habían llegado desde Buenos Aires e, intrépidos, nadaron primero en las aguas heladas del lago Aluminé y quisieron despuntar el vició de la caza luego, en Pulmarí, o sea, en territorio inglés, donde por poco pierden la vida porque unos guardas pendencieros les indicaron el camino de regreso de pésimo modo.
Unos años después, los patrones ingleses –guardianes incluidos- tuvieron que juntar las maletas y salir de apuro de la zona. Una orden de expropiación les había caído con la misma furia con la que ellos expulsaban a los lugareños. Llegó con la firma de… uno de los jóvenes amantes de la aventura que había crecido y se había convertido en presidente de la nación. Se llamaba Juan Domingo Perón.
Pero los años volvieron a pasar y Pulmarí volvió a cambiar de dueño. Otro criollo, casualmente otra vez de parte de Perón, propició que esas tierras pasaran nuevamente a manos privadas y que fueran compradas por un tano de apellido Panziotto, el mismo que alambró como si fuera la última vez. Así las cosas volvieron a su lugar: para pasar por territorio argentino, hay que pedirle permiso a un italiano.
Sólo fue una lástima que los gringos que echaron al pibe que nadaba sin permiso, los mismos que fueron expulsados por el Perón adulto que se hizo presidente, no se enteraron que un buen día fueron vengados por un servidor criollo llamado Carlos Saúl Menem. Seguramente les hubiera encantado conocerlo y estrecharle un fuerte abrazo.
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