La verdad que el Indec…
Estaba por comenzar a escribir esta nota y dudé entre dos frases: “En el ámbito local, la noticia política relevante de esta última semana ha sido …” y “En el ámbito local, una noticia política relevante de esta última semana ha sido…”. ¿Diferencia insignificante? De ninguna manera. Con “la”, esta columna tendría de entrada un tono antikirchnerista y con “una” el inicio sería un poco más neutro. Porque la noticia en cuestión es el voto del día miércoles en el Senado, a propósito del Indec, que el diario La Nación calificó de “victoria opositora” y Clarín, de “fuerte derrota del kirchnerismo”. Bueno, la importancia de los artículos (“la” o “una”, definidos o indefinidos) en el discurso sobre la política es una cuestión interesante, pero no será el tema de esta columna.
Mañana, lunes, hará exactamente un año que publiqué un comentario, en este mismo diario, sobre la cuestión del Indec. En él recordaba una obra clásica de Alain Desrosières, La política de los grandes números, donde el autor advertía que “el lenguaje (…) no es un puro sistema de signos que refleja las cosas que existen fuera de él”. Justamente, a propósito del Indec, ha estado flotando a lo largo del tiempo una idea implícita que las partes en conflicto parecen compartir: que hay estadísticas administrativas “verdaderas”, que reflejan “la” realidad social, y otras que son “falsas” o que la “deforman” intencionalmente (éste sería, para la oposición, el caso del Indec).
Las estadísticas que miden el PBI, los índices de riqueza y de pobreza, la evolución de los salarios, de los precios, de las tasas de interés y muchas otras cosas, existen en la mayoría de los países. Se supone que estos “datos” sirven de base para la reflexión de economistas y políticos. Estas estadísticas son importantes por ser oficiales, no por ser “verdaderas”. Que son oficiales significa que son normas y una norma no es ni verdadera ni falsa: se aplica o no se aplica. En el caso de los índices económicos, su construcción obedece a criterios conceptuales y metodológicos para la obtención de los datos, más o menos consensuados (hay muchas discusiones al respecto) por diversos organismos a nivel internacional. Que las estadísticas oficiales de un país se construyan respetando o no esas convenciones acordadas por especialistas (economistas, demógrafos, estadísticos, sociólogos) es una alternativa política. A los datos les pasa lo mismo que a las normas cuya aplicación permite obtenerlos: no son ni verdaderos ni falsos. Lo importante (no lo “verdadero”) es la interpretación que se haga de ellos y las decisiones que un gobierno tome en consecuencia. Sé que la idea de que un dato estadístico no es verdadero ni falso, sino resultado de un procedimiento metodológico, puede chocar a muchos lectores. Valga un ejemplo: si el organismo oficial de estadísticas, por una u otra razón, decide modificar el nivel de ingreso que define la línea de pobreza, esa decisión hará que, de un día para otro, aumenten o disminuyan los “pobres” en un país: está claro que no estamos hablando de “la” realidad.
Cómo se articulan el conocimiento y la política es un tema que viene del fondo de la historia, pasando por Platón. La modernidad inventó lo que hoy llamamos la ciencia (coloco en el mismo paquete a las ciencias duras, blandas y al dente, como suele decir un amigo mío) que es un complejo de instituciones históricas que consiguió estabilizar los consensos acerca de las convenciones utilizadas para describir esa “realidad” que parece corresponder mejor al equipamiento biológico de la especie. ¿En qué sentido “mejor”? Asegurando más eficazmente la transformación tecnológica del planeta, que es su nicho, y liberándola de la anterior fuente de consenso social, que fue por mucho tiempo la religión.
Mal que les pese a los economistas, la política es una lucha de intereses y valores, no de verdades o falsedades. La “manipulación” del Indec por el oficialismo es condenable en nombre de un proyecto político, no en nombre de la “verdad”. El país en el que vivirán nuestros hijos será mejor o peor, más justo o más injusto, pero no más verdadero o más falso que el que tenemos hoy.
*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.
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