LA VIOLENCIA CRECE EN FRANCIA Y SE EXTIENDE EN EUROPA
Un primer muerto, toque de queda en manos de los prefectos de cada ciudad, tres policías heridos de bala y un efecto de mimetización, que ha hecho extender el estallido social francés a más de 300 ciudades del país, es el panorama del duodécimo día de violencia.
El contagio se amplía a otras ciudades europeas como Bremen, Bruselas y Berlín, donde aparecieron los primeros vehículos quemados.
El premier Dominique de Villepin anunció anoche que está en manos de los prefectos de cada ciudad “administrar un toque de queda” para enfrentar una “violencia inaceptable e inexcusable”.
“Toque de queda en todos lados si es necesario. Los prefectos podrán, bajo la autoridad del ministro del Interior, aplicar el toque de queda”, advirtió el primer ministro en una entrevista con la televisión TF1. “En este contexto particularmente grave, el presidente de la república ha decidido convocar mañana a la mañana (por hoy) al Consejo de Ministros y poner en obra las disposiciones de la ley 1955”, dijo.
Se estima que tras esa reunión se declararía el estado de emergencia, una medida excepcional basada en la ley 1955, derivada de la crisis de Argelia.
De Villepin precisó que la medida puede regir en todo el territorio francés “para un retorno a la calma y asegurar la protección de los habitantes”. Pero descartó que el Ejército salga a la calle a reprimir la crisis.
“En cada etapa, nosotros adoptaremos las medidas necesarias para que el orden sea restablecido muy rápidamente en el conjunto del territorio nacional”, aseguró, en su entrevista televisada.
Mil quinientos reservistas de la Policía y la Gendarmería serán enviados a todo el país. Así serán 8.000 las fuerzas del orden desplegadas para conseguir la paz en la convulsionada república. Pero los franceses se preguntan “cuándo terminará” la crisis.
Sin querer polemizar con su adversario, el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, en nombre de un “gobierno unido en estas circunstancias”, De Villepin se negó a condenar el uso de la palabra “basura social o canalla”. Había sido usada por Sarkozy para calificar a los jóvenes de los suburbios y desencadenó la furia popular, junto a la muerte de dos jóvenes electrocutados, que se creían perseguidos por la Policía 12 días atrás.
El premier francés advirtió a su propia sociedad que, detrás del estallido social, estaba “la discriminación” de los jóvenes franceses pero de origen africano o magrebí. Llamó a un “cambio de actitud”, que es “responsabilidad de cada uno”.
Después de rendir un homenaje a las fuerzas de seguridad, convocó “a la responsabilidad de los padres”, tras aclarar que muchos de los rebeldes “son menores y muy menores”, “en ruptura familiar, escolar y social”.
Prometió ayuda a los jóvenes de los suburbios en su integración con triplicación de las becas, restauración de las contribuciones del Estado a las asociaciones en los barrios que habían sido cortadas y más educación, para que cada uno de esos jóvenes pueda recibir sin demora un contrato de tres meses, una formación, una pasantía.
Jean Jacques Le Chenadec, un jubilado de 60 años y ex empleado de la empresa Renault, se convirtió en la primera víctima mortal de la crisis. Murió después de que un joven encapuchado le golpeó la cabeza cuando custodiaba, junto a otra persona del consorcio de su edificio, los tachos de basura para que no fueran incendiados en Stains, departamento de St. Denis, el viernes pasado. Entró en coma en la misma vereda y falleció ayer en el hospital. Sus vecinos se reunieron en el lugar de la agresión para homenajearlo y su esposa, Nicole, fue recibida por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.
Con 1.408 vehículos incendiados en la madrugada de ayer, 1.295 en la noche del sábado al domingo, la rebelión extendida a las provincias y 1.000 jóvenes en los tribunales esperando ser juzgados por los disturbios, el alcalde de Raincy, Eric Raoul, decidió anticiparse a De Villepin. Aplicó un toque de queda para todos los menores, que está vigente desde ayer mismo. Ninguno podrá salir de su casa desde la una de la mañana al alba en esta localidad de Seine St Denis.
Los procuradores de justicia, que están llevando a cabo los procesos judiciales “inmediatos” contra los rebelados, reconocen que han interrogado a menores de 10 y 12 años, que la mayoría de los sospechosos carecen de antecedentes judiciales y creen que están en medio de un juego.
El ministro de la Cohesión Social, Jean Louis Borloo, pidió a los padres de los suburbios que “cuiden a sus chicos y a sus muy chicos para evitar que lo irreversible se produzca. Es un llamado muy fuerte el que hago”.
El presidente Jacques Chirac no ha vuelto a hablar. Pero esta vez la presidente de Letonia, Vike Freiberga, fue su vocera extraoficial, tras almorzar con él en el palacio del Eliseo. “El presidente francés deplora que en esos barrios haya una verdadera ‘guetización’ de jóvenes de origen africano o norafricano, así como la incapacidad de la sociedad francesa de aceptarlos plenamente”, dijo a la salida del Eliseo.
El mandatario francés se lo dijo a su colega letona pero no a los franceses. Ellos siguen escuchando “Firmeza, Firmeza” como consigna del ministro del Interior, cuya renuncia continúan exigiendo los rebelados como única demanda en las paredes o sus weblogs de Internet.
No piden por los jóvenes detenidos ni tienen otra reivindicación política, que no sea la cólera y la destrucción de las instituciones del Estado. El gobierno se desespera ante la falta de un líder porque no se puede iniciar ninguna clase de negociación.
“Nosotros no tenemos el sentimiento de que las cosas están organizadas de manera estructural o global pero a nivel de las Cites hay evidentemente una organización”, dijo Michel Gaudin, el director general de la Policía nacional para explicar el estallido.
La presión sobre el gobierno para frenar la violencia social es monumental y parecen no encontrar un tono comunicacional ante la crisis. Más que una solución policial, se necesita una solución global. No sólo habrá que frenar la violencia sino desarticular sus causas. Generar empleos, invertir en los suburbios. Reinsertar socialmente a los jóvenes, hacerlos sentir franceses en casas decentes y ofrecerles contención emocional en el caso de las familias poligámicas, donde el padre ha desaparecido entre demasiadas concubinas y no existe en sus casas la menor autoridad.
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