LA VIOLENCIA ES LA PRINCIPAL CAUSA DE MUERTE DE JÓVENES EN LA ARGENTINA
En la Argentina, la principal causa de muerte de jóvenes de entre 15 y 24 años es la violencia. Este número, que hace más de diez años viene creciendo, llega a 900 casos por año (la enorme mayoría de varones) y apenas supera al número de suicidios adolescentes.
Para ilustrar la situación podemos decir que cada año la cantidad de adolescentes muertos en ocasión de agresiones triplica a los muertos en la Guerra de las Malvinas.
Este cuadro desgarrador contrasta con nuestro sentido común sobre la adolescencia a la que consideramos omnipotente, irresistible, indomable y avasalladora.
Con ellos no sabemos muy bien qué hacer; cómo ponerles límites; cómo decirles que no. Los percibimos atiborrados de celulares, prepotentes en los boliches, provocadores con sus cuerpos; irresponsables con los estudios; irremediablemente consumidores (de computadoras, de alcohol).
La autoridad adulta parece comprometida en una ola de impotencia: los padres dicen que no pueden, los educadores no sabemos cómo y menos sin los padres, la policía ejerce su poder a la criolla, la política no consigue una ley adecuada que dé a los menores de edad capacidad de defenderse en un juicio justo. La relación con los jóvenes se tiñe del principal logro que parece haber conseguido la dictadura militar: todo ejercicio de autoridad es sospechado de terrorismo y toda forma de asimetría entre adultos y adolescentes implica una forma de dominio o sumisión.
Sin embargo, tras este artificio de desresponsabilización adulta se esconde un mecanismo perverso por medio del cual la sociedad de los adultos se escuda en la admiración caprichosa de la libertad adolescente o en la sobreactuada impotencia adulta para así liberarse de los adolescentes y de la responsabilidad social sobre ellos.
Es fácil criticar a los pibes, lo que es difícil es construir respuestas constructivas, que construyan futuro, que cuiden con cariño y que sancionen con severidad y con sensatez, que permitan reparar.
Muchos adolescentes parecen representar muy bien su papel de chivos expiatorios: en una sociedad renuente al cumplimiento de la ley y despegada de normas e instituciones básicas todo el foco está puesto en ellos.
La sociedad adulta en lugar de asistirlos los destina a la cultura del aguante: la forma dionisíaca que en estos tiempos asume la trasgresión a la ley, una trasgresión que se agota en sí misma, sin proyección política o cultural más allá de la descarga de energía que suele terminar con la vida de muchos jóvenes.
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