LACAVE DIJO QUE LOS LADRONES NO DISPARARON DESDE EL AUTO
“Silencio y oscuridad”. Así describió Flora lo que vio antes de la masacre.
El testimonio de Flora Lacave, única sobreviviente entre los rehenes masacrados por la policía a la salida del Banco Nación de Villa Ramallo, se extendió ayer durante más de 20 minutos ante el Tribunal Oral Federal que lleva adelante la segunda parte del juicio, que evalúa la responsabilidad de los policías que desencadenaron la matanza. Sin embargo, el relato de la mujer, viuda de Carlos Chaves –gerente de aquella entidad y muerto durante la balacera–, no parece haber aportado datos nuevos a la causa que, de acuerdo a la percepción generalizada de abogados y personas cercanas, se afirma cada día más en la tendencia a condenar a los ocho policías de bajo rango imputados. La mujer volvió a asegurar, como en el primer juicio, que no dispararon desde el interior del auto y que la policía escuchó sus gritos advirtiendo que en el auto estaban los rehenes, porque cuando abrieron el garage sólo había “silencio y oscuridad”.
En tanto, ayer a la tarde anunciaron que los alegatos del juicio podrían comenzar la semana próxima y la sentencia, entonces, sería dictada en dos semanas.
El 17 de setiembre a la madrugada, mientras el trío de ladrones, Chaves y el contador Carlos Santillán estaban aún en la casa de Lacave, contigua al Banco, la mujer obedeció la orden de uno de los asaltantes que la envió a abrir el portón del garage al grito de: “No tiren, soy la esposa del gerente”. Cuando su esposo, al volante del Volkswagen Polo verde, sacó el auto de la cochera, Flora subió al asiento del acompañante y se sentó de costado, sobre las rodillas de Carlos “Negro” Martínez (único sobreviviente de los ladrones), mirando hacia el asiento del conductor y cubriendo con su cuerpo a uno de los ladrones. Entonces su esposo también gritaba: “No tiren, soy el gerente”, relató ayer a la mañana Lacave. Detrás suyo, con la gorra de cuero rodando entre sus dedos y con la misma ropa que usó desde que comenzara el juicio, la misma que tenía puesta aquella brutal madrugada, estaba el suboficial del Comando de Patrullas nicoleño de la Bonaerense Oscar Parodi, imputado de disparar el fusil FAL cuya bala le produjo una herida mortal a Chaves, pero la testigo y el acusado no cruzaron miradas. Antes de ingresar a la sala, Lacave deslizó ante los periodistas de televisión que la acosaron que creía que se sabe quién mató a su marido; “las pericias lo dicen”, afirmó. Aunque, ante la pregunta de uno de los reporteros que rezaba: “¿Cree que los responsables ideológicos (de la masacre) están presentes en este juicio?”, la mujer sólo respondió: “Eso quisiera saber”.
El único de los abogados defensores de los policías imputados que accedió a interrogar a Lacave fue Jorge Lima, que representa a Parodi. “Antes que nada, lamento mucho lo que pasó”, arrancó el letrado su diálogo con la viuda, que había llegado temprano a la mañana acompañada de su hijo y su pequeña nieta. Lima preguntó entonces cómo estaba sentada Lacave dentro del auto, cuando fue usada como escudo humano por los ladrones. Con la voz trémula, la mujer repitió más o menos lo que había narrado en el primer juicio, hasta que se quebró en llanto al revivir el momento en que se dio cuenta de que su marido había muerto.
El tribunal, en tanto, insistió en detalles acerca de si Lacave creyó que los policías que estaban afuera la habían escuchado cuando gritó que no tiraran, que había rehenes en el auto. “Silencio y oscuridad”, según sus palabras, fue todo lo que vio y oyó la testigo, quien insistió: “Un gran silencio”. Sin embargo, los jueces no afilaron sus preguntas para precisar en qué momento su esposo, cuando ya la balacera había hecho añicos el silencio, profirió la frase: “Me diste, hijo de puta”. Es decir, si la bala que lo atravesó por el costado izquierdo y le ocasionó la muerte que le imputan a Parodi, fue disparada cuando el auto retrocedía desde el garaje, antes de levantar velocidad por la calle, cuando el suboficial acusado ya no hubiera podido hacer blanco. Como en agosto de 2002, cuando el Tribunal Federal Oral de Rosario juzgó a los delincuentes por la masacre, Lacave dejó en claro que ella no escuchó que los tres delincuentes que la llevaban como escudo humano dispararan desde el interior del auto contra la policía. Sin embargo, los magistrados inquirieron por una explosión que se escuchó en algún momento debajo del coche, aunque nunca pudo establecerse si se debió a que el auto aplastó un reflector de iluminación que instaló un empleado municipal (citado luego a declarar), o a otra cosa.
Flora Lacave, que resultó herida durante la demoledora balacera de la Policía Bonaerense, que había juntado frente al banco a todos sus grupos de élite, dijo además que la policía debía estar al tanto de que en el auto había rehenes por las advertencias que ella y su esposo habían proferido a gritos antes de salir. Asimismo, la mujer recordó que cuando el auto comenzó su marcha y pasó el portón del garaje, Carlos Martínez le dijo: “Baje la ventanilla señora”, para que la policía pudiera ver que había rehenes. “Cuando salimos comienzan a sentirse los primeros tiros, como si fueran piedras; provenían desde afuera, del lado del acompañante. Siento que me pegan un balazo en un dedo y el auto sigue su marcha”, relató Lacave quien, al llegar al punto del relato en el contó cómo vio morir a su esposo, la mujer se quebró: “Le vi la cara. Cuando cerró sus ojos me di cuenta de que había muerto”, dijo y agregó: “Le toqué la cara, bajé la vista y le vi la mano dada vuelta y ahí me di cuenta de que estaba muerto”.
Asimismo, Lacave añadió que cuando el auto se detuvo y ella quedó adentro herida, se acercaron dos policías y uno dijo: “Rematá a ese hijo de puta”, a lo que su compañero respondió: “No, es la señora”, y el primero respondió: “Bueno, tirala al piso”.
Luego de su exposición, y tras preguntarle si estaba en condiciones de ver el video, el tribunal exhibió la secuencia de 36 segundos y medio en los que el auto salió del banco, recibió 48 impactos y se detuvo.
Los magistrados juzgan en esta instancia al suboficial principal Oscar Parodi, imputado por el homicidio de Chaves, y el sargento Ramón Leyva, acusado de dar muerte al contador Santillán. Los peritajes balísticos de Gendarmería determinaron que de sus armas partieron los disparos mortales. Además, el cabo Carlos Aravena, los cabo primero Sergio Susperreguy y Ramón Sánchez, el sargento Sergio Garea y el sargento ayudante Martín San Miguel están imputados de tentativa de homicidio, porque sus disparos dieron en el auto, pero no en las personas. Un octavo policía, el comisario inspector Omar Isaías, es juzgado por incumplimiento de los deberes de funcionario público.
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