Lanín, estrella exclusiva
Finalmente, llegamos al lugar pretendido por la mayoría de los que vienen a Neuquén. Junín de los Andes es una buena alternativa para el descanso de los que lo necesitan o para la actividad intensa de los que buscan la acción permanente. Aquí, en el caso urbano está la paz del turismo religioso; allí, en Lanín, el arrojo de los que desafían al coloso esbelto y blanco de la cordillera.
Junín es la primera ciudad de la provincia, o el primer fortín constituido cuando los conquistadores del desierto persuadían de malos modos a los pobladores originarios de lo bueno que sería sumarse a la organización nacional. Pero el tiempo no le ha pasado en vano y hoy es un centro urbano que superó largamente los 10 mil habitantes. Claro, para eso se aprovecha de la belleza natural del volcán Lanín y de las truchas generosas de sus ríos de montaña, que convocan a pescadores de todo el mundo.
Entre tantas opciones, elegimos Lanín. El volcán apagado de 3.776 metros ha sido bien favorecido por la naturaleza. Cien kilómetros antes de llegar a su base se lo puede observar como si fuera el único gigante del paisaje nevado e imponente. Pero no está solo. Si uno recorre los 60 kilómetros que separan Junín de los pies del coloso, podrá ver que el Parque Nacional que lo circunda y lo honra con su nombre, también se las trae.
Es una constante en este invierno neuquino que cada paso se cuente entre nieve y ripio, de modo que obviaremos el trámite de contar el camino. Queda claro que todo esfuerzo es siempre bien remunerado en la provincia capicúa, con un paisaje de antología. Como este: el acceso al Parque con sus araucarias milenarias platinadas, y un roce con la naturaleza más pura que hoy sólo es posible en el sur argentino.
Hay una especie de líquen parásito que se deja ver como abrazando las hojas de los árboles más altos y adoptando el verde de quienes dan cobijo, pero en un tono más claro. Los entendidos dicen que únicamente donde el aire es de una pureza absoluta se pueden desarrollar estos géneros. Y bien, aquí dominan el paisaje, así que, a respirar hondo, sobre todo ahora que hemos recorrido los diez kilómetros de acceso a la base de Lanín.
Ahí está. Un colchón de nieve advierte que no será posible intentar la escalada. Pero no hubiera hecho falta. No estaba en los planes del cronista. Desde abajo parece una empresa posible, pero ya hemos experimentado lo que implica una escala para la que el cuerpo no está preparado. Los carteles con los requisitos también intimidad. El frío cala los huesos pese a que el sol manda en el paisaje y satina a Lanín de un brillo muy intenso.
Apenas más adelante hay un paso a Chile. De allí han venido muchos a intentar el ascenso, como tantos otros lo han hecho desde aquí. Varios han pagado con la vida y muchos, tras soportar estoicos las bajas temperaturas y dormir en refugios de altura, podrán contar que le apoyaron las botas en las narices al más codiciado de los volcanes argentinos. No será el caso del periodista ambulante, que volverá a su campamento juninense con modestia.
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