LAS AGUAS NO BAJARON PARA TODOS
El agua del desborde del Salado bajó, pero la vida en esta ciudad no volvió, ni volverá por mucho tiempo, a su curso. A dos meses de la gran inundación, todavía hay carpas en los techos y gente viviendo en las terrazas. O en casas húmedas, frías, inhabitables. Hay toneladas de basura acumulada en las esquinas y un penetrante hedor que prenuncia a kilómetros la llegada a la ciudad.
Las pérdidas económicas se estiman en unos 3000 millones de pesos. Más del 30 por ciento de los 700 negocios que quedaron destruidos por el agua todavía no pudo abrir las puertas. El Ministerio de Educación provincial informó que entre el 10 y el 15 por ciento de los chicos no volvió a clases. Y a la cuenta de las pérdidas materiales se suma la depresión, la soledad, el hastío de no hallar respuestas habiendo transcurrido tanto tiempo.
Las imágenes se mezclan en cuestión de segundos. No puede ser de otra forma. Santa Fe está dolida. Llena de estigmas.
Hay 3666 personas que viven en 62 centros de evacuados y otros miles de autoevacuados que el gobierno no tiene contabilizados. Aún no han podido volver a sus casas. Y no saben si alguna vez podrán. Llegaron a ser unos 130.000.
Cerca de 5000 personas ya cobraron el subsidio de 1200 pesos. El secretario general y técnico de la gobernación, Ricardo Spinozzi, dijo que aún resta censar un 20% de los afectados.
Santa Fe tiene el sello de la inundación. Las marcas de verdín en las casas dan fe de hasta dónde llegó el agua, para quien no crea -porque resulta difícil creerlo- que fue más allá de los tres metros de altura. Y muestran dónde se estancó. Por días y días.
Hay basura por donde se mire. La que la correntada arrastró y no se llevó. Tampoco la municipalidad de esta ciudad. Son importantes focos de infección que siguen minando la salud de los habitantes.
Y el subsecretario de Salud de la provincia, Daniel Tardivo, dice que sí, que es un peligro, pero que a quien le corresponde levantarla es al intendente Marcelo Alvarez.
La municipalidad informó que ya lleva recolectadas 24.500 toneladas de basura originada por la inundación y que el jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, envió 11 equipos de personas para ayudar con la recolección.
Demasiado sucia
Pero lo cierto es que hoy, a dos meses de la tragedia, esta ciudad está demasiado sucia como para garantizar la no propagación de enfermedades. Por ello, Tardivo reconoce que continúa el alerta sanitario.
Algunas calles de los barrios Fonavi y Chalet, situados a cada lado de la autopista que lleva al puente carretero que une esta ciudad con Santo Tomé, muestran la fuerza con que el río socavó la tierra. Ni qué hablar de la cancha del Club Atlético Colón, donde hoy se trabaja para reconstruir la explanada de ingreso, que hace dos meses cedió ante la presión del Salado y se abrió de forma tal que una camioneta reventó el portón, entró y quedó incrustada en el suelo.
Y ahí está el barrio Centenario, construido sobre terreno ganado al río, donde hoy trabajan ingenieros y arquitectos para evaluar si es posible que la gente vuelva a sus casas.
En Santa Rosa de Lima el panorama es desolador, en especial en la zona más humilde, donde los chicos caminan descalzos por charcos de agua estancada y residuos de todo tipo. No se puede respirar.
La avenida Gobernador Freyre volvió a ser un boulevard. Por unos días fue un canal atestado de embarcaciones donde apenas asomaban los faroles de los postes de luz, donde un cartel que decía Quini 6 daba la pauta de que bajo el agua se hallaba sumergida una casa de lotería, donde resistían el avance del río sólo aquellos que tuvieran casas de más de dos pisos.
Las paredes de la ciudad hablan de la bronca de muchísimos santafecinos que, a dos meses de la catástrofe, siguen reclamando que alguien se haga responsable.
Sólo menos paralizada
Las encuestas dicen que el PJ puede perder las próximas elecciones. “Alvarez y el Lole sí lo sabían”, es sólo uno de los graffiti escritos contra el intendente de esta ciudad y contra el gobernador provincial. Uno de los más suaves, no está de más aclararlo.
Santa Fe no ha vuelto a la normalidad. Está menos paralizada, podría decirse. Hay comerciantes que esperan un subsidio o crédito para seguir adelante, gente que se quedó sin trabajo y otra que está deprimida y que no ve una salida.
En algunos barrios, como San Roque y Candiotti Norte, aún no se restableció el servicio de transporte público.
La pérdida en viviendas afectadas ronda, según el estudio de la Cepal, los 256 millones de pesos.
Por Marta García Terán
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