LAS AUTORIDADES EDUCATIVAS AFIRMAN QUE HAY QUE BUSCAR RESPUESTAS CREATIVAS
Olga Strien fue Dios. Durante 34 años, todo su vida activa como maestra, Olga Strien fue Dios. La adoraron en la escuela 237, en el monte correntino, donde la llamaban “la Señorita de las Piernas Blancas”. Ahora, a los 80 años, recuerda: “Los padres creían en la persona que estaba educando a sus hijos; eran incapaces de ir en contra de la maestra. La maestra era el señero de los chicos”.
Bueno, los tiempos cambian y la figura del maestro se destiñó. Perdió encanto y, sobre todo, autoridad. “Se ha debilitado el vínculo con la familia, atravesadas por desigualdades y desengaños. Es el vínculo histórico-social el que fue cambiando”, dicen las licenciadas Graciela Nejamkis y Nancy Mateos, coordinadoras del Programa Familias y Escuelas del Gobierno porteño.
La pedagoga Elvira Romera habla de desvalorización. Pero una desvalorización mutua. Lo dice con claras palabras: “Las maestras hablan pestes de los padres; y los padres hablan pestes de las maestras. Cuando ven que los chicos no avanzan, que no aprenden, se culpan mutuamente. Hay un gran desentendimiento que repercute en los chicos. Porque ellos no respetan a los maestros, pero cuidado, tampoco los padres son muy respetados por los hijos. La escuela y la familia no están fuera del marco social de falta de respeto a la ley”.
Este es el contexto. Pero vale la pena poner el oído en las experiencias de los maestros. Las acciones u omisiones que señalan como perturbadoras de la tarea pedagógica. Pongamos el ejemplo que da Mariana E., de maestra de un jardín de infantes en Lomas de Zamora. Se puede conceptualizar esta historia bajo el ítem crítico “falta de confianza”. Primeros días del año, los chicos de 3, en adaptación. Ella le dice a un padre que puede irse tranquilo, que su hijo está bien. El padre se queda espiando a través del vidrio. Como el chico está demasiado tranquilo, golpea el vidrio. El pibe lo mira y entonces llora. “¿No ves que no está bien?”, le recrimina a “la Seño”.
En este desencuentro está la raíz de otro problema: los padres que no aportan para nada. La pedagoga Romera habla del “abandono en el que están los niños y adolescentes hoy. Rastreando en las causas, podríamos ir desde que las mentes de los padres están ocupadas en otros problemas a lo difícil que es tratar hoy con una generación que está muy distanciada de los padres”.
¿Ejemplos del abandono? No revisar el boletín o el cuaderno de comunicaciones es una observación típica. Una maestra de escuela primaria de Palermo pidió lijas viejas para una tarea. De 27 chicos, sólo tres respondieron. “Como si fuera lo mismo traerla que no traerla. Hay cada vez menos acompañamiento. Y tal como está planteada hoy la Escuela, si no te acompañan no alcanzás a cumplir con lo que te piden”.
Al mismo tiempo, detectan cierta tendencia a la prepotencia. Una maestra de segundo y tercer grado de Boedo siente “una cosa medio agresiva, como de echar la culpa con mucha facilidad; parece que te trasladan toda la responsabilidad a vos”.
En el fondo de las anécdotas se visualiza la dificultad para comprender que la escuela, desde el jardín de infantes mismo, es una instancia pedagógica.
Esto aparece más claro en los jardines. Se queja Daniela M., maestra desde hace 25 años en jardines públicos de la Capital: “Hay padres que piensan que pueden llegar media hora tarde o sacarlos 45 minutos antes. Y no es lo mismo. Porque hay contenidos pedagógicos, hay una planificación”. ¿La escuela no tiene nada que ver con esto? ¿Autocrítica? “Sí: tal vez la escuela no hace lo suficiente para que los padres conozcan nuestros objetivos pedagógicos”.
¿Cómo se sale de esta situación? ¿Cómo apuntalar esta relación tan frágil? Dice Liliana Maltz, asesora técnica de la Dirección General de Escuelas del gobierno porteño: “En lugar de insistir con lo que no funciona, tenemos que repensar estrategias”. Por ejemplo, si los padres no son interlocutores, “buscar otro adulto responsable, como un tío o un hermano mayor”. Si la notita en el cuaderno no es suficiente para que los padres colaboren con la cooperadora, olvidar la notita y buscar alternativas creativas. Y recrear el contrato básico: a la escuela los pibes van a aprender, ni más ni menos.
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