LAS DEFICIENCIAS DE LAS PRIMERAS DILIGENCIAS POLICIALES Y JUDICIALES
Cuando Claudio Capdevilla fue encontrado muerto de un disparo en la cabeza en la madrugada del 6 de agosto de este año, en un camino cercano a la localidad de Villa Trinidad, en el departamento San Cristóbal. El vehículo policial que manejaba apareció patas arriba a un costado del camino y el cuerpo del agente recostado del lado del conductor, sobre el suelo. Tenía un disparo en la cabeza.
Doce horas antes, Aldo Ferrero, era excarcelado por el conjuez del Juzgado Federal de San Cristóbal, Hugo Rebecchi. Ferrero había sido detenido por Capdevilla el 17 de marzo de este año cuando, por un camino rural, intentaba cruzar por el norte santafesino 153,700 kilogramos de marihuana compactada en la parte trasera de una camioneta. Capdevilla y otros dos agentes se sintieron orgullosos por aquél operativo al punto que el agente muerto declaró tres veces ante el Juez Federal de Reconquista por el mismo caso.
Cuando el cuerpo de Capdevilla apareció muerto al costado de un camino en la geografía norteña santafesina, uno de los primeros en divisar el escenario de la tragedia fue un camionero, identificado como Herminio Malano, un transportista de la Cooperativa de Tamberos de Villa Ana, una localidad cercana del lugar del vuelco.
Malano bajó “vió el auto patas arriba” y se limitó a escuchar el silencio de la noche. Esperando un quejido, un atisbo de auxilio o una voz. Pero no quiso comprometer más el cuadro. Llegó hasta el destacamento de la policía, ubicado a 700 metros del lugar, y avisó a los guardias sobre el hecho que acababa de presenciar. Los dos agentes fueron hasta el lugar, dialogaron entre ellos y fue allí cuando uno le pidió a Malano el teléfono celular para llamar hasta el destacamento, “necesito una campera y una linterna”, justificó el pedido uno de los policías. Así pasó, pero con un detalle: los policías declararon que se enteraron del hecho por un llamado anónimo al destacamento, pero en realidad, varios minutos antes, el camionero había informado personalmente lo sucedido. “No entiendo bien por qué se dijo eso, yo al juez le conté lo mismo que hoy le digo a usted, lo que no me acuerdo son los nombres de esos policías (…) yo declaré dos veces ante el juez, la segunda fue una ampliación de la primera. Yo ví el auto volcado y no ví el cuerpo del muchacho”, confió el transportista a Notife.
Increíblemente la familia Capdevilla se entera de lo ocurrido por un comerciante de Vera. “Mirá, me parece que tu hermano se mató en un accidente – le dijo un vecino a Yanina Fernández, pareja de Claudio – me lo acaban de decir un viajante que pasó por Villa Trinidad”. La familia no recibió ninguna comunicación oficial por parte de la Policía en las primeras horas. Cuando lo hicieron, le dijeron a los familiares que se trataba de un suicidio, con explicaciones poco convincentes. Algunas ensayadas fueron: “tomó esa decisión porque volcó el móvil de la repartición”, le dijo un jefe al padre de Claudio. “No podía moverse porque tenía dificultades en las piernas y en la columna –descartado en la autopsia donde se tomaron placas radiográficas – por eso efectúa el disparo con la mano izquierda”, expresó otro agente de “los azules”. Otro comisario fue más allá: “se suicidó por problemas pasionales y por estar alcoholizado”. Esta versión fue relativizada en el expediente ya que los testigos reconocieron el buen ánimo de Claudio y además todos dijeron que no estaba alcoholizado.
Pero el que superó todas las expectativas sobre el hecho fue el Jefe de la Unidad Regional XIII, Miguel Angel Piacenza, que se despachó con la sórdida especie: “primero se produjo el vuelco y después de disparó (…) cometiendo una falta administrativa se fue con el patrullero, estaba borracho y pasaba un mal momento sentimental, llevó a un compañero hasta Arrufó y al regresar se produce el hecho”, dijo sin empacho el Comisario, en diálogo con el periodista de Reconquista, Gustavo Raffin.
Cuando Claudio Capdevilla aparece muerto en Villa Trinidad, los primeros que llegan hasta el lugar fueron un policía de bajo rango, un médico llamado Claudio Raviolo y el Sargento Sergio Peralta. Eran las 6.45 de la madrugada del 6 de agosto. Recién una hora después lo vió el médico policial, de apellido Bazán. El doctor llegó, se agachó y vió de cerca el cuerpo y dijo a media voz “este se pegó un tiro”. El agente Volken y el Sargento Peralta asintieron. Peralta, el Sargento Fernández y el ocasional médico Raviolo fueron los únicos tres que le dijeron al juez haber visto un arma al costado del cuerpo de Capdevilla, entre le brazo izquierdo y la cadera del agente. Pero el arma luego se esfuma y aparece unas horass después para una muestra fotográfica ordenada por el juez. “La saqué para preservarla de los curiosos y para que no se la roben”, se justificó el Sargento Peralta ante Precerutti.
El martes 9 de agosto, las dos hermanas de Claudio Capdevilla y un cuñado del muerto se presentaron ante el juez. Le preguntaron por qué no se había constituido en el lugar, Precerutti hubiese sorprendido a un ingresante de Derecho: “no es necesario, confío plenamente en la actuación prevencional de la policía”, dijo. Estupefactos, los familiares preguntaron por qué no ordenó una autopsia sobre el cuerpo a lo que el magistrado argumentó que “no era necesario”, porque “se llegaría a la misma conclusión a la que arribó el médico policial”. Recién 12 días después ordena una autopsia a un médico forense de la ciudad de Reconquista, de apellido Maidana. El doctor expresó: “un juez no puede solicitarme una autopsia de esta forma, sin siquiera enviarme los elementos que son necesarios para realizarla”. Precerutti sólo envió un pliego con tres preguntas básicas, desoyendo el cuestionario de los abogados de la familia que exigían el esclarecimiento sobre nueve incisos. Maidana determinó que el disparo se había realizado de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Capdevilla era diestro.
Aunque el médico no pudo determinar con exactitud la distancia, pudo establecerse que el arma no estaba pegada a la cabeza. Las autoridades preventoras no pudieron encontrar el plomo del proyectil, por ello no se pudo determinar de qué arma provino el disparo. Sin embargo, la Policía rápidamente sostuvo que “se suicidó con su propia arma”(la reglamentaria, 9 milímetros).
La fotógrafa policial no pudo registrar con su lente el arma en un primer momento, sino algunas horas después, cuando la policía la convocó hasta el destacamento para fotografiarla, junto al teléfono celular (marca Nokia, modelo 1.100) que tenía en el visor un número de la agenda del agente muerto: “ABU PIKITO” y el número telefónico. Pikito era un amigo policía de Vera y Claudio intentó telefonear a su abuela antes de encontrar la muerte.
El expediente tiene testimonios contradictorios sobre puntos clave:
-Posición del cadáver.
-Existencia del arma junto al cadáver.
-Ubicación del arma.
-Nadie buscó el proyectil en el momento adecuado, sino un mes después del hecho.
-No existe un acta sobre el levantamiento del cadáver, no precisiones sobre las características que presentaba el mismo en ese momento.
-Nadie reparo si en el camino no había marcas de otros vehículos que pudieran haber participado del hecho. No se cortó el tránsito ni se precintó el lugar.
-No hay informes detallados del vehículo siniestrado, si existían huellas de sangre u otros rastros que pudieran ser de proyectiles en algún lugar del vehículo, incluido los vidrios.
-El primer informe de balística sobre el arma solamente se expide sobre si es apta para disparase normalmente. Recién un mes después se ordena una pericia sobre el casquillo encontrado.
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