LAS ELECCIONES GENERALES ENFRENTAN A BLAIR CON SUS VECINOS
Los londinenses no aseguran su jubilación trabajando sino especulando con el mercado inmobiliario, donde los precios pueden subir un 250 por ciento en cinco años. El código postal de su casa señala el índice de su prosperidad. Una escala que sirve para medir al primer ministro Tony Blair. Su escalera inmobiliaria desde que llegó al liderazgo del laborismo hasta ahora es una muestra de sus mutaciones sociales, políticas e ideológicas y puede estereotipar el distanciamiento entre él y buena parte de los militantes laboristas, que se resisten hoy a votarlo para un tercer mandato.
Un departamento en Hackney, en el empobrecido este de Londres, una casa en Islington, el paraíso de los “políticamente correctos” intelectuales británicos y una mansión en Connaught Square, coqueta plaza a dos pasos de Hyde Park y de los cuarteles del Partido Conservador, llevarán un día una placa: “Aquí vivió el premier Tony Blair”.
“Si los marcamos como una ruta, podemos decir que es el mapa de las convicciones de Tony Blair”, describe con sarcasmo un profesor de Sharme Rodhes School, a pasos de su ex residencia en Islington.
El 1 Richmond Crescent, una casa estilo georgiana, de cuatro pisos, en una sinuosa callecita de Islington, al norte de Londres. La puerta bordó es la misma por donde apareció Cherie Blair el día del triunfo de las elecciones en 1997 en camisón para atender a un florista, sin darse cuenta de que se había convertido en la esposa del premier británico.
Todo el barrio los había acompañado en los festejos: sus amigos intelectuales, abogados, arquitectos, escritores, hasta los inmigrantes de los edificios municipales de su cuadra. La casa de los Blair en Islington se convirtió en un ícono. Allí se había planeado la renovación del partido, entre juguetes de los chicos y desayunos preparados por Tony antes de llevarlos al colegio. Los vecinos los saludaban, los querían y estaban integrados al barrio. Hasta que vendieron la casa por 645.000 libras después de que se mudaron a Downing Street 10.
Ocho años después de su mudanza, todo ha cambiado en Islington. Pero especialmente los sentimientos hacia Tony Blair. Los pósters que en cada elección llamaban a “Vote Labour” casi han desaparecido de las ventanas y los jardines. En los tarros de basura se apilan las copias del Financial Times y del Daily Mail, una demostración de que banqueros de la City se han mudado al gueto intelectual londinense.
“A mí no me gusta Tony Blair. Yo espero que no gane y que no vuelva al barrio. Ha liquidado este país: sólo es para los más ricos. ¡Mire los precios de las casas! ¡Mire el estado lamentable de los hospitales! Mire la violencia en el barrio, donde no se puede salir de noche. Todos están armados con navajas”, se queja Sharon, una ama de casa y esposa de un arquitecto que vive en Richmond Avenue, a la vuelta de la ex casa del primer ministro. Ella ha decidido no votar, pero admite que en el 97 eligió a Blair.
Patricia, con un Mercedes Benz negro en la puerta en Highbury Park, no es menos escéptica. “La abstención será la respuesta de una buena parte de Islington. Yo conozco a Tony y a Cherie. Su gestión es una decepción.”
Steven Roberts, analista del Royal Bank of Scotland, pasea por la vereda de la ex casa de los Blair con su hija. “En casa ya hemos decidido nuestro voto: los liberales demócratas”, admite sin complejos. La guerra en Irak no es un tema que él considere. Le importa más la política doméstica.
La última operación inmobiliaria de los Blair es la antítesis de la “Cool Britannia”, que el nuevo laborismo impuso como marketing cuando ganó. A dos pasos del Hyde Park, la nueva mansión de Blair no es espectacular sino elegante y costó seis veces más que la casa que él vendió en Islington: 6 millones de dólares.
Los dos llamadores con cabeza de león en 29 Connaugt Square, sobre una herméticamente cerrada doble puerta negra, sintetizan las contradicciones entre Blair y su electorado. La casa de ladrillos de cuatro pisos, con inmensas recepciones y su plaza de uso exclusivo, se parece a las de todos sus vecinos: banqueros tories, millonarios árabes y expatriados norteamericanos de la City, que no interactúan entre ellos y ni siquiera se conocen.
“La plaza no es exactamente intelectual-bohemia, es maravillosamente neutral”, describe John Outram, un arquitecto que vive allí hace 30 años. “Las casas son a prueba de sonidos, nadie sabe qué le pasa al vecino de al lado. Es perfecto. Uno se siente solo.”
Mister Salama, un banquero británico que vive en el número 1, piensa dar la bienvenida a Blair pero ni sueña con votarlo. “Yo quiero ley y orden. Esto es territorio tory. Pero no sabemos cuándo vendrá”, cuenta.
Edgware Road es el dolor de cabeza de los paquetes vecinos de la plaza. Los restaurantes libaneses, los autos con la música a todo vapor y su perpetuo tráfico irritan a los tranquilos habitantes de Connaught Square. Pero es allí donde el nuevo laborismo aún encuentra apoyo, entre los empresarios libaneses con nacionalidad británica que se niegan a votar a los conservadores.
Sabri Parwich, un egipcio nacionalizado británico y propietario de una casa de aparatos electrónicos a 100 metros de la casa del premier, dice que votará al laborismo este jueves. “Yo estoy votando a Gordon Brown. Después de tres meses, él será el nuevo líder del gobierno y será bueno para todos”, reflexiona.
En la pretenciosa Connaught Square, el primer ministro tiene a un incondicional blairista: Emanuel Tope, el nigeriano guardián de tránsito de la plaza. Vota por primera vez desde que se nacionalizó británico y está contento con que Saddam Hussein haya sido derrocado porque “Irak es un problema.”
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