LAS INVASIONES BÁRBARAS: RIENDO EN EL PATIO DEL IMPERIO
Cánada definitivamente parece ser un país extraño. Oficiando de sombrero del nuevo imperio que los Estados Unidos buscan consolidar, este bilingüe país en lugar de decorar desentona. Ni obsecuente ni rebelde, la tierra de la hojita otoñal en su bandera no es para nada igual a sus vecinos sureños. Las invasiones bárbaras, continuación, segunda parte o cierre de La decadencia del imperio americano desde su título mismo hacer referencia a esas características particulares que diferencian a los vecinos del norte.
Hace veinte años La decadencia… exploraba las contradicciones, las pequeñas traiciones y las dificultades de un grupo de amigos y colegas (por entonces cercana a los cuarenta) por mantenerse fieles a ciertos principios ideológicos que habían marcado su formación como intelectuales. Ese mismo grupo de amigos, universitarios y bon vivants vuelve a reunirse tras veinte años, convocados por Sébastien, hijo de Rémy quien agoniza en un superpoblado hospital público. Centrada en en la conflictiva relación entre el padre intelectual e idealista y el hijo, exitoso empresario y pragmático que todo lo consigue desenvolviendo un grueso fajo de billetes, los mejores momentos de Las invasiones bárbaras aparecen cuando Arcand vuelve a reunir a su grupo de intelectuales y los enfrenta con sus propias vidas. Allí están los mejores momentos de la película, los más inteligentes y graciosos al mismo tiempo que los más emotivos. El repaso de todos los “ismos” por los que ésta generación ha atravesado, la dificultad de sostener un discurso crítico y las propias frustraciones son recorridas con humor y sagacidad.
Quizás los momentos más flojos de la trama de Las invasiones… residan en la relación de Sébastien con su padre, en la aparición de Nathalie, la hija de otra de las amigas de Rémy, una jonkie que conseguirá la heroína para que el cáncer terminal no haga sufrir al protagonista o en las diferencias generacionales que están analizadas desde un único punto de vista. Esta comedia canadiense demuestra que muy cerca de “la meca del cine” se puede contar una pequeña historia sin recurrir a personajes maniqueos y estereotipados. En esta película la cercanía de la muerte es vivida –valga la paradoja- de la mejor manera posible, lejos de los retorcijones de dolor y las escenas de sufrimiento con las que Hollywood lanzaría al protagonista como un meteoro en la carrera por el Oscar. Imaginen a Sean Penn haciendo, otra vez, de enfermo terminal.
Las invasiones bárbaras es la tercera película que se ve en la Argentina de Denys Arcand, de quien se estrenó hace casi veinte años la La decandencia del imperio americano y unos años más tarde Jesús de Montreal, dos películas definitivamente diferentes entre sí aunque ambas importantes en su momento. Lejos de los chistes intelectuales con los que Woody Allen nos ha agobiado definitivamente, y mucho más lejos del humor zumbón de cualquier comedia norteamericana, la última de Arcand se arrima al Oscar como mejor película extranjera con una mirada crítica sobre el mismo once de septiembre que todavía justifica a sus vecinos para “invadir” todo aquello que parecen no comprender y que se asemeja a los “barbaros” que asediaban a la antigua Roma.
Ezra Pound, el poeta norteamericano autoexiliado de su país, decía que cada uno es responsable de su rostro. Los personajes de Arcand son responsables de sus propios rostros, de sus realidades y aceptan con humor e inteligencia su presente. No cualquier película, no cualquier obra de arte puede ser verdaderamente responsable de su rostro.
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