LAS LENGUAS QUE SE PIERDEN
“No es demasiado importante, porque yo no he cambiado de parecer. Sigo pensando lo mismo”, disparó tajante Ernesto Cardenal, intentando no distraer el deleite de su primer asado. Reacio a la polémica, al menos por cuestiones “meramente discursivas”, lejos de los micrófonos el ex ministro de cultura de la Revolución Sandinista prefirió minimizar las declaraciones del vicepresidente de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, que en el cierre del panel sobre “Identidad y lengua en la creación literaria”, quiso discrepar con los dichos del autor de Hora Cero aseverando que “afortunadamente”, algunas lenguas habían muerto.
Evitando generar controversia fuera del ámbito académico, el escritor nicaragüense se limitó a asegurar que continúa pensando como piensa, en contraposición a la poco feliz expresión de Salvador, quien argumentando tardanzas en el desarrollo del programa se apuró a levantar la mesa, luego de asegurar con enjundia que “si se hubieran seguido reproduciendo sistemáticamente –en alusión a la multiplicación de las lenguas–, ahora, los más que podríamos reunir aquí para hablar la lengua más extensa del mundo, sería bastante menos gente de la que está en la sala. Afortunadamente, hay lenguas como ésta que hablamos, con las que nos podemos entender muchísimas gentes y podemos coincidir en tener una visión del mundo respaldada por las individualidades de las personas que la hablan”.
El potencial entredicho –que habría tenido lugar, si el moderador del panel hubiera permitido que los dos conferencistas aludidos en su comentario, contestaran–, hubiera contrapuesto la reflexión universalista y etnocéntrica del representante de la RAE con, al menos dos, exposiciones del panel.
Después de comenzar su alocución diciendo que “las lenguas están hechas de extranjerismos” y que “mientras más pequeña es una población, más defiende su lengua, porque es el único medio que tienen de defender su identidad”, Cardenal contó la experiencia que lo llevó a elaborar esta teoría. “Cuando yo era ministro de Cultura en la Revolución de Nicaragua, Paulo Freire me dijo que a los indios no había que tratar de quitarles su lengua, porque para ellos la cultura era cosa de vida o muerte. ‘Por siglos han querido quitársela junto con su lengua –me dijo–, y es lo único que ellos tienen. Saben que si pierden su cultura y su lengua, han perdido todo, y ellos preferirían que los maten, como ha pasado en el Brasil’. Nosotros pensábamos igual, y la alfabetización en Nicaragua se hizo en cuatro lenguas. Tenemos una etnia indígena, de la que quedan muy pocos representantes, y entre ellos solo había cuatro ancianos que hablaban su lengua. Yo me reuní con ellos en una islita del Caribe donde habita la mayoría, y les pregunté si querían volver a hablar su lengua, y candorosamente me dijeron que sí. Hicimos un plan para volver a enseñárselas. Pero antes se frustró la Revolución y esas cuatro personas murieron. Y la lengua se perdió para siempre. Cuando se pierde una lengua, es una visión del mundo la que se pierde”.
Luego de poner un puñado de ejemplos que hablaron de la riqueza infinita del castellano, (“los indios campas de la selva amazónica tienen 27 palabras para nombrar el verde, los indígenas de nuestra costa caribe tienen 25 palabras para llamar al viento, los esquimales distinguen veintitantos colores de nieve”, aseguró el sacerdote), Cardenal se munió de un representante local de sus conceptos: “Y qué bien suena en el español en Cortázar: ‘tomá, mirá lo que me prestó la Chola’, ‘Y vos que me leés creerás que invento’ o ‘sabés que lo hice por Lilian y no por vos’. Su hazaña que debe ser la de todos nosotros fue la de mantener la unidad de la lengua en su diversidad. Esto es mantener su identidad. El escritor debe escribir como habla su pueblo y usar la jerga aunque sea efímera. Y en nuestro tiempo la jerga cambia”.
En este mismo sentido, la participación del único otro académico de la mesa (los otros dos participantes fueron los escritores José María Merino y Juan José Sebreli), el mexicano Gonzalo Celorio, se inició con duros conceptos contra el avasallamiento cultural que comenzó en 1492.
Con una alocución que se abrió con una cita del humanista, filólogo y latinista español Antonio de Nebrija, autor de la primer gramática y el primer diccionario español: “Compañera del imperio, la lengua de Castilla, tras la conquista espiritual por la que la Corona Española trató de legitimar su conquista política allende el mar océano, se impuso sobre las lenguas aborígenes en todos los dominios españoles del Nuevo Mundo”.
Entre otras cosas, para el autor de libros como México, ciudad de papel y Ensayo de contraconquista, las lenguas aborígenes “si bien desempeñaron un papel preponderante en la descomunal empresa evangelizadora, la castellanización, cuando no las extinguió, acabó por confinarlas al uso doméstico regional, donde sobreviven subordinadas a las lenguas de dominio y ajenas al desarrollo general de las literaturas nacionales, surgidas a raíz de las independencia de los países hispanoamericanos”.
Aunque Celorio tampoco pudo retrucar la afirmación del moderador de su panel, ya en su discurso parecía adelantarse al asegurar que el respeto por las identidades lingüísticas en la creación literaria, históricamente sólo han quedado en el discurso, “porque en la realidad las comunidades indígenas siguieron siendo discriminadas y reducidas a la marginalidad al tiempo que las antiguas culturas prehispánicas entraban gloriosamente a la retórica nacionalista, los museos arqueológicos y los libros de historia patria”.
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