LAS LEONAS AFILAN SUS GARRAS
Su última huella local la dejaron ayer al mediodía en el aeropuerto de Ezeiza. Desde allí partieron para consumar en Atenas un sueño enorme, ese que viene gestándose desde hace dos años y que involucra a las jugadoras, al cuerpo técnico y a muchísimas personas relacionadas con los clubes locales.
En el ambiente del hockey y también fuera de él, la sensación generalizada es que las Leonas son serias candidatas a lograr la medalla dorada en los próximos Juegos Olímpicos. Si la consagración toma cuerpo el 26 de agosto, el día de la gran final, se le pondrá el broche a un ciclo brillante que comenzó en febrero de 1997 con la conducción de Sergio Vigil. Y todo es posible, tratándose de ellas.
La serie exitosa dio sus primeros pasos firmes con el fulgurante arribo a la final de Sydney 2000 –allí nació el apodo de las Leonas– en la que la Argentina cayó por 3 a 1 frente a las australianas. A partir de aquel hito, con la experiencia olímpica asimilada y acompañado por un increíble estallido de popularidad entre la gente hasta entonces poco adepta al hockey, el crecimiento del equipo no tuvo interrupciones y los resultados continuaron haciendo un guiño: festejó su primer título en el Champions Trophy 2001, en Amstelveen (Holanda), y arañó otra conquista al año siguiente en Macao, luego de perder por penales frente a China en el partido decisivo.
Faltaba el gran golpe para ratificar su condición de potencia mundial, que llegó con la obtención en forma invicta de la 10ª Copa del Mundo de Perth 2002. El triunfo por penales en la electrizante final ante Holanda, el rival histórico, quedó en las retinas y cubrió de gloria a un grupo de chicas cuyos rostros ya pasaban a convertirse en símbolo del éxito.
Desde aquella inolvidable página escrita en diciembre de 2002 en la costa oeste australiana, el seleccionado femenino argentino trepó al primer lugar del ranking mundial y se subió al pedestal de los grandes, junto con Australia, Holanda y China. Y no bien el equipo campeón volvió al país con las medallas doradas de Perth, en medio de una euforia inusitada de la gente, el entrenador Vigil afirmó: “Se hizo realidad un sueño; el del esfuerzo, la convicción, la perseverancia, la humildad y la tenacidad. Ahora no se puede pedir nada más, pero cuando todo este festejo se termine, vamos por la medalla dorada olímpica. Para ser los mejores en Atenas 2004 hay que conservar la esencia y los valores que nos llevaron a esto. El crecimiento no se detiene”.
Hasta aquí se cumplió tal cual el juramento de Cachito. Se aproxima ahora el desenlace de esta historia: en la ciudad helénica, el equipo compartirá el Grupo A con España, Japón, Nueva Zelanda y China, del que surgirán dos clasificados para las semifinales. Y el examen definitivo vendrá con los enfrentamientos ante Holanda y Australia, posibles rivales en los tramos decisivos, si es que se da la lógica.
No habrá fórmulas infalibles ni éxito garantizado, porque el hockey femenino también tiene sus imponderables y una gran paridad entre holandesas, australianas, chinas y argentinas. Pero el peso del seleccionado nacional en el mundo es incuestionable y se sustenta en diversos factores.
Principalmente, crecieron las aptitudes de varias jugadoras que ya desde hace rato desequilibran en distintos puestos: los reflejos de Mariela Antoniska en el arco, la sincronización de Cecilia Rognoni y Magdalena Aicega en su función de zagueras, la magia de Luciana Aymar –considerada para muchos la mejor jugadora del mundo de la actualidad– y los goles de Soledad García y Vanina Oneto. Las otras diez que conforman la lista olímpica ya fueron probadas y rindieron en torneos de máxima exigencia.
A estos puntos fuertes en el aspecto individual se les adosa una granítica mentalidad colectiva, que les permite transformar la presión en un nuevo desafío. La forma de juego se fortaleció con los años y las chicas la conocen de memoria; sólo que ahora se les agregaron muchas más variantes en las salidas, en la ejecución y defensa de los córneres cortos y en los sistemas de pases y bloqueos.
Si se conjugan el promedio de edad del plantel y la trayectoria de sus integrantes, Atenas asoma como la ocasión justa para dar el gran zarpazo.
La capitana Magdalena Aicega, que irá por sus terceros Juegos Olímpicos tras su participación en Atlanta 96 y Sydney 2000, dio una señal de las sensaciones del equipo: “Para mí será como mi primera experiencia olímpica, ya que esta vez siento, al igual que mis compañeras, una confianza enorme de que podemos ganarlo. Antes, esto no nos pasaba”.
Detrás de esos abrazos y buenos augurios que se intercambiaron ayer en Ezeiza con familiares y allegados, hubo una serie larguísima de entrenamientos en el Cenard durante los últimos años. Las prácticas incluyeron tests físicos, partidos frente a varones juveniles y muchas charlas grupales con la psicóloga, Nelly Giscafré, otra arista para sostener la motivación y el incentivo frente a tanta demanda de resultados.
No hay miedo al fracaso; sí, una búsqueda por entregar todo en esta oportunidad única. Sólo por esa vía, las Leonas y Sergio Vigil considerarán que la misión estará cumplida.
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