LAS MIL Y UNA NOCHES DEL TANGO
El Polaco Goyeneche está en silencio. Y a Cacho Castaña, que viaja a su lado en dirección a Mar del Plata, eso le parece raro.
-Polaco, ¿en qué estás pensando?
-En que tenés que salvar al tango, Cacho. Tenés que ponerte a escribir.
Y su discípulo le hizo caso. Pero antes, Castaña se iba a perder en más de mil y una noches llenas de malos hábitos (“Por esa p… costumbre/ de hacerme el galán de moda, /tomando whisky sin hielo/ saber, saber que es mala la droga”, escribió a modo de autobiografía).
Sin embargo, la escritura estaba ahí, esperándolo. Y cuando lo hizo, dejó de ser Cacho, a secas, para pasar a ser Cacho de Buenos Aires.
Hoy, lejos de esos años turbulentos, Castaña se siente descubierto por los niños que cantan sus temas en cuanto concurso televisivo hay. Y sabe que, con 19 discos de platino y 46 editados, al éxito, en cualquier momento, se lo pueden sacar. “Es que al éxito te lo prestan”, dice a LA NACION.
Mientras tanto, se dedica a sacarle provecho. Por eso, este mes comenzará a grabar escenas para la telecomedia “Sos mi vida”, que protagonizan Natalia Oreiro y Facundo Arana por Canal 13. En la tira será el novio varios años mayor del personaje que interpreta Mónica Ayos, “La Turca”.
Esa situación parece calcada de su vida. Cacho, de 63 años, está conviviendo con una joven de 25 años. Es ella la que le dice que se arregle el pelo cuando el fotógrafo está por retratarlo para esta nota.
Por las noches -el horario que mejor le queda-, Cacho escribe un libro de anécdotas que titulará “El arte de fumar debajo del agua”. Porque para él la vida es eso. “Parece imposible fumar debajo del agua, tanto como lograr la felicidad en la vida. Pero si lo intentas, se puede”, cuenta.
Santos y poetas
Cacho se sienta en un sillón amplio de la casa que alquiló para pasar el verano, en Martínez. Está descalzo, vestido con una camisa a rayas desabotonada hasta la altura del abdomen, que deja ver una gran cruz de oro.
Mientras habla, fuma cigarrillos rubios. Entre cada frase se cuela un leve silbido que dejaron los años de nicotina. “Este es el único vicio que me queda”, confiesa.
Detrás de sus historias de mujeres que lo transformaron en un ícono del bon vivant argentino, se esconde un Cacho con melancolía que supo traducir en letras de tangos. “Si los poetas no sufren no escriben”, señala.
Con ese dejo de nostalgia recuerda su infancia en la casa de sus padres (“una casona típica de tanos”), donde aprendió los valores que “hoy están perdidos”. Y en el Café La Humedad, en el que pasó su niñez y adolescencia, entre “chorros y asesinos”, conoció la filosofía de la calle. Tanta, que en su casa de Belgrano tiene enmarcado un diploma que lo nombra doctor honoris causa emitido por una ficticia Universidad de la Calle.
Al igual que esa casa en Flores, su padre ya no está. Tampoco su madre ni sus dos hermanos. Sólo quedaron representados en forma de cuatro estrellas que se tatuó en su mano derecha. “De esta manera, están conmigo”, señala.
-¿Te siguen los niños y los adolescentes?
-Eso me vuela la cabeza un poco, porque no escribí para chicos. Igual no me hago tantas preguntas porque me da un poco de miedo la respuesta. Al final voy a terminar conduciendo un programa para chicos con Panam [Se ríe]. De todas maneras, lo disfruto y chau. Total al éxito te lo prestan y no sabés quién. Y te lo sacan y tampoco sabés quién.
-Les escribiste un tango a Goyeneche (“Garganta con arena”), a Tita Merello (“Tita de Buenos Aires”) y a Adriana Varela (“La gata Varela”). ¿Sobre qué personaje te gustaría escribir?
-El hecho de que haya escrito sobre ellos fue una casualidad. Al Polaco le escribí un tema para su cumpleaños y a Tita porque ella me lo pidió. Tardé dos años en componerlo. Igual que el de “La gata…”: quería escribir un tema que hablara de una mina que bailaba en la playa y al final terminé hablando de una mujer que cantaba en un boliche. Y ahí me vino la imagen de Adriana. No pienso en una figura para dedicarle una canción porque el proceso de componer es medio loco.
-¿Escribirías un tema sobre la situación del país?
-Ya lo hice con “Septiembre del 88”. Pero esa canción más que sobre el país es sobre cómo nos comportamos los argentinos. Nosotros siempre estamos montados en la porquería. Tenemos malos hábitos y encima somos caretas. Deberíamos recuperar los valores de antes: el honor y la hombría.
-Para componer un tema como “Café La Humedad” hay que tener un cierto espíritu triste….
-Si no tenés nostalgia, no podés escribir. Si los poetas no sufren, no escriben. Y ellos son todos unos cornudos. Por eso soy un gran poeta (ríe).
-¿No pensás que ese personaje de bon vivant se comió a la persona?
-No. Yo no me desdoblé, no tengo doble personalidad. No tengo nombre artístico. Soy Cacho desde chiquito.
-En un momento fuiste pai umbanda. ¿Cómo andás ahora con la religión?
-Bien. Le pido a Dios, a Cristo y a todos los santos que puedo. Total, vos pedís y no te dan. De vez en cuando te mandan un cable. Por eso, les mango a todos… a los africanos, a los umbandistas, a los budistas…
-¿Qué quedó de ese chico que ayudaba a su padre en la zapatería?
-Quedaron los recuerdos. Con mi viejo estuve trabajando hasta los 20 años, hasta que murió. Después, me quedé con mis hermanos hasta que ellos murieron y después murió mi vieja.
A medida que enumera a sus muertos, Cacho se va quebrando. Ese es el dolor que le permite documentar la época con sus canciones. “Con un idioma que duela, pero que no lastime”, dice. Ese mismo sufrimiento es el que está acorralado en su garganta que, con el transcurso de los años, se va llenando de arena.
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