Las otras caras del villano
Terminó la entrevista, terminó la sesión de fotos, pero antes de irse, Gonzalo Valenzuela quiere ver cómo quedaron sus fotos. Insiste, incluso. Nada raro para un actor. Sin embargo, puede que en este caso la vanidad tenga un papel menor frente a la cautela. Acostumbrado a que "fotógrafo" sea sinónimo de paparazzi desde que se mudó de Chile a la Argentina, y en simultáneo con su debut en la TV se enamoró de una de sus compañeras de elenco de Doble vida , Juana Viale, princesa rebelde de la monarquía mediática Tinayre-Legrand con la que tiene un hijo, Gonzalo mantiene una cordial distancia con la prensa. Tal vez porque el inclemente brazo chismoso del periodismo de espectáculos intentó alcanzarlo más de una vez y tal vez porque en su país natal el interés que despierta tiene mucho más que ver con su trabajo como actor y productor que con su condición de famoso. Aquí, por asociación amorosa, estuvo transitando el camino inverso.
Algo que comenzó a cambiar hace unos meses cuando Nino Paredes, su personaje en Botineras, pasó de despreocupado secuaz del villano de Damián De Santo a malvado asesino capaz de cometer cualquier atrocidad en nombre de sus perversiones. Siempre vistiendo una risita algo maníaca y un "me encanta" que hizo furor entre los ninomaníacos.
"Llevamos casi once meses de grabaciones. Al principio, el programa iba para un lado; luego cambió. En enero o febrero, comenzamos con los libros nuevos. Y ahora, casi al final, me mataron al personaje que venía haciendo y tuve que construir otro, pero sobre el mismo. Ha sido bien movido para mí; bien raro", dice Valenzuela, que después de cinco años como porteño intermitente mantiene su acento y modismos trasandinos intactos. Y aunque el prejuicio lo suponga parco, está claro que, como sucedió con el público, a él también le gusta hablar de su criatura.
"Primero, las líneas del personaje eran más gruesas y, una vez que ya lo tenía, que había llegado a ese momento que nos pasa a los actores cuando el personaje empieza a caminar solo y uno llega al canal, se viste, se hace el rodete, se pone el maquillaje y listo, justo ahí, cambió. Y luego otra vez. Ahora es rubio. Como para demostrar que no todos los rubios somos tontos", se ríe Valenzuela.
Villano mata galán
Caballero de atractiva estampa, antes de su personaje en Botineras era más fácil pensar en Valenzuela como galán que como el maldito de la historia. Sin embargo, no es la primera vez que el actor explora el lado oscuro.
"Había hecho un personaje bien desagradable en una tira chilena, pero nunca antes había hecho un papel con este nivel de maldad. En cine sí interpreté algo un poquito más oscurillo. De hecho, fue en una película que hice el año pasado acá, que todavía no se estrenó. Era un asesino serial con otra connotación, más por el lado del espiritismo. En teatro también había hecho un par de perversos", repasa el actor.
-¿Decís que cuando aparece un personaje de perverso piensan en vos?
-En realidad, no, porque venía pegando puros galancitos, pero esto es mucho más divertido. El galán es más monótono. Tiene que cumplir con ciertas normas de la tira; es el héroe, el que da el mensaje. Este y el de Montecristo -del que hizo la versión chilena del ciclo de Telefé- son dos personajes que me han gustado mucho. En aquel caso, lo interesante era que el motor del relato era la venganza. Ahora, ese recurso se está repitiendo un montón. Es un poco lo que pasa en Malparida , lo que era Valientes… Es un buen motor. Porque pone al protagonista en conflicto. Nosotros los actores necesitamos del conflicto para laburar. Yo, al menos, trabajo así. Me gusta pensar en los imposibles del personaje.
-¿Mirás Botineras ?
-La verdad es que no mucho. Es como el dicho: en casa de herrero, cuchillo de palo. Es muy difícil verse porque no hay nadie más crítico que nosotros mismos. Al principio, era peor. Ahora me acostumbré, pero en los primeros trabajos, era terrible porque me hacía mierda. Ahora ya pasé esa etapa. Confío un poco más en mí; confío en la gente con la que trabajo. No es necesario estar chequeando todo el tiempo. Además, uno sabe cuándo hizo bien una escena, cuándo la hizo más o menos y cuándo estuvo mal. A mí me queda claro en el momento. No es necesario verificarlo por la tele.
-¿No te interesa la TV, entonces?
-No reniego de la televisión. Para nada. Hace años no tenía TV en la casa, de hecho me pasé años así, pero ahora tengo y la miro, me gusta. Veo desde Discovery Kids hasta series que me encantan como 24 . Vi el programa de Tinelli, y me cagué de la risa. Marcelo es un capo de la comedia. Me hace reír de verdad, no irónicamente. Me parece que lo que venden lo venden muy bien. Es como una droga. Una vez escuché a Luis Ortega decir que Tinelli es peor que el paco. Suena duro, pero depende como uno lo mire porque el programa es bastante adictivo. Lo empezás a ver y no sabés muy bien porqué o cómo pero te enganchás. Así me quedé viéndolo hasta el final y era tardísimo. Me acosté pensando en que Luis Ortega tenía razón.
Vivir en la frontera
Desde que en 2005 decidió dejar por un rato su lugar de privilegio en la pantalla chica y el teatro chilenos -que incluye varios protagónicos en TV y la dirección de un exitoso centro cultural junto a su amigo Benjamin Vicuña-, Valenzuela cruzó muchas veces los Andes. Un ida y vuelta que el año pasado empezó a cansarlo.
"Ahora estoy tratando de quedarme más acá. Cualquier persona que viva fuera de su país te va a decir que la nostalgia existe, que es normal. Pero decidí quedarme y no estar en esa doble militancia que al final agota muchísimo. Lo hice así los primeros años, y la verdad es que cansa. Perdés el sentido de propiedad; uno, como animal, necesita sentir el lugar propio, de pertenencia", cuenta el actor. Aunque tener una dirección fija de este lado de la frontera le aportó tranquilidad de espíritu y familiar, en el plano laboral la historia es otra.
"Acá es volver a empezar. En Santiago ya tengo mucho más camino recorrido. Tanto como actor como con el centro cultural, con mis proyectos que allá los puedo generar yo. Ya había pasado a esa segunda etapa, pero en la Argentina se trata de volver a la tira, a trabajar para que me conozcan actoralmente. No es fácil, pero decidí hacerlo cuando acepté Botineras. Me habían ofrecido Valientes el año anterior y no lo pude tomar porque estaba haciendo Humanos en el camino en Chile, pero está bien; todas las cosas pasan por algo", dice el actor, con cierto aire espiritual y sin embargo cuando se trata de su profesión Valenzuela no podría ser más práctico. Hasta pragmático.
"La actuación es un juego. Lloro una escena 40 minutos y después estoy cagado de risa a los dos segundos. No me llevo la mochila a mi casa. Hay quienes dicen que lo hacen, pero no creo que sea así tampoco. Esos que dicen: «No puedo hablar; quedé supermal por la escena». Andá a cagar. Andá al psicólogo. Tal vez, en el teatro pase un poco más genuinamente. Depende de la obra, pero eso de irse afectado para la casa, no? Yo no les creo mucho a los actores que dicen eso", dice entusiasmado Valenzuela, que, pasado un rato de charla, parece haber bajado un poco la guardia y haber abandonado algo de esa cautela a la que lo predispuso el asedio chismógrafo. Apenas un espejismo. Cuando se trata de su vida privada, ese tema, el tema, las medidas de autoprotección de Valenzuela funcionan a toda máquina.
"En la Argentina, hay un mercado del chisme mucho más amplio que en Chile. Allá también existe, pero, por suerte, yo no entro, ni acá ni allá. Hay tanta maldad, tanta crueldad en ese lugar. Hay gente muy mala. Ver problemas personales de uno en el cuerpo de entretención (espectáculos) de los diarios es increíble. Que la gente se entretenga con lo que yo lloro, con mis problemas, mis angustias. Ahí cierro el diario, cierro la revista", dice Valenzuela, con un nivel de discurso tan elaborado que está claro que es un tema en el que piensa mucho o que le molesta mucho. "No quiero que mis cosas personales se conviertan en entretenimiento. Cuando se ríen de la desgracia ajena, es horrible. ¡Y qué feo alimentar a tus hijos gracias a eso! A mí me da un poquito de pena por ellos; yo alimento a mi hijo y no le hago mal a nadie. Pasan de la verdad y abusan de la mentira cuando les conviene. Yo lo he vivido en carne propia. Que hagan lo que quieran", dice, pero antes de cerrar el tema, la nota y el día de trabajo, aclara: "Cuando afecte a mis hijos, ahí los cago a trompadas."
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