LAS PAREJAS, SANTA FE: UN OASIS DE PLENO EMPLEO
Hace tres meses, Lino Quinteros estaba en su pueblo, Belle Ville, en Córdoba, dispuesto a agarrar la ruta para cualquier lado, con tal de conseguir empleo. Desocupado, con cuatro hijos, algo tenía que intentar. En eso, pasó por casualidad un viajante que le dijo: “Andá a Las Parejas, en Santa Fe, y parate a la hora de la salida de las fábricas en el semáforo de luz intermitente que está a la entrada del pueblo. Preguntá entonces dónde hay trabajo. La gente te va a decir”. El hombre siguió a pie juntillas la recomendación. La noche que llegó a Las Parejas, llenó una planilla de solicitud de empleo en la fábrica de sembradoras Apache. Al día siguiente, ya estaba trabajando como tornero, con un sueldo de 1.600 pesos, y una jornada que a veces se extiende a 13 horas.
Lo que le pasó a Quinteros está lejos de ser un milagro. Desde el fin de la convertibilidad, Las Parejas, un pueblo chato, tradicionalmente industrial, se despertó con gran fuerza de una década de duros embates. El boom fue casi explosivo, porque en él se combinaron varios factores, que tal vez no puedan volver a repetirse: la pesificación y el precio altísimo de la soja. De repente, había mucha, muchísima plata circulan do. Pero, los chacareros le tenían miedo a los bancos, y se largaron a invertir en la maquinaria agrícola que no habían podido comprar en años. “Acá pasó en dos años lo que no había pasado en 10”, dice Arduino Giorgi, un productor agrícola de manos grandes y claridad de pensamiento.
Hoy, Las Parejas es de los pocos rincones de la Argentina que goza de pleno empleo. De repente, el pueblo se convirtió en un imán, atrayendo gente de otras provincias, como Quinteros, el cordobés. “Hay tantas caras desconocidas que uno se siente desorientado”, cuenta su ex intendente, Angel Marconato. Se calcula que ahora hay 13 mil habitantes, cuando durante la crisis hubo 11 mil. En las casas ya no entra un alma. Se alquilan los garajes o patios por 100 pesos o más por mes, para que los trabajadores “foráneos” puedan acampar en ellos. Quinteros durmió dos meses sentado en su auto, y hoy lo hace en una vieja casa rodante —que no tiene ni luz ni agua corriente— a la vera de la ruta, frente a la fábrica.
En el medio de un boulevar lleno de flores, en Las Parejas, hay un monumento blanco, ya un poco desvencijado, al obrero metalúrgico. Es el símbolo de un pueblo que supo ser en los 50 el lugar más industrial del mundo en proporción a sus habitantes. Hoy, la actividad es más intensa que entonces. “Tuvimos la mayor reactivación de la que tengamos memoria”, cuenta Orlando Castellani, dueño de la mayor empresa de la zona, Ombú, y titular del Centro Industrial. Pero, pese a esta efervescencia, hay más miedo en Las Parejas que optimismo, tanto entre industriales como productores agropecuarios. Hay cansancio de que los ciclos económicos sean como una montaña rusa. Todos quieren garantizar que esta explosión económica sea perdurable. “Los empresarios están a la retaguardia”, admite María Borghi, de la Dirección de Asesoramiento y Servicios tecnológicos de la gobernación de Santa Fe.
“El boom de Las Parejas tiene tormentas en el horizonte”. Quien dice esto es uno de los hombres más respetados de este pueblo, donde todos los fines de semana se sientan en la misma mesa obreros e industriales en sus cuatro clubes sociales. Es José Luis Castellarín, el contador del Centro Industrial. El resume lo que plantea todo el mundo, desde el que siembra hasta el que funde el metal, y pide una política coherente de Estado tanto para el agro como para las fábricas. “Tuchi”, como le dicen al contador, se queja que la competencia brasileña puede arruinar la actividad no sólo de Las Parejas, sino de Santa Fe, donde se produce el 63% de la maquinaria agrícola del país, según datos de la fundación CIDETER. “Todo lo que pedimos es igualdad de condiciones”, sostiene. Hoy, los que importan máquinas agrícolas brasileñas tienen beneficios fiscales. En cambio, los productores nacionales tienen que pagar IVA del 26%. Y, además, en Brasil le cobran a los argentinos una tasa de 9,5% por entrar sus máquinas. Y el gobierno brasileño sólo da líneas de financiación para los implementos agrícolas del país.
“Tendríamos que agrandar todas las fábricas. Pero estamos postergando esa decisión por el momento”, agrega Castellarín. Orlando Castellani, el dueño de Ombú, coincide. “Hemos invertido en tecnificación, y tendríamos que hacer grandes inversiones de infraestructura, pero no lo estamos haciendo. Tenemos que tener un panorama de actividad sustentable”, dice el industrial, un hombre flaco, sencillo, de modos directos y amables.
En Las Parejas, todos hablan de “sustentabilidad”: desde el veterinario hasta el obrero metalúrgico. Y el temor a que el boom no dure no es infundado. Castellani dice que hoy venden el 35% menos que en el 2003, que fue un año excepcional. Los productores pagaban por la maquinaria por adelantado, y a veces con cereales. Hasta hubo fábricas que se hicieron construir silos.
En Las Parejas todavía hacen falta trabajadores, sobre todo calificados. Se necesitan soldadores, matriceros, armadores, fresadores, operadores de máquinas de control numérico. Pero el miedo al futuro hace que ya no se esté dando tantos puestos. “Si se me presenta Gardel, Lepera y la Orquesta de Señoritas no sé si los tomaría”, dice Eduardo Saluso, jefe de producción de Apache. “Si se acaba la explosión de la soja, termina el baile. No quiero que la contadora de la fábrica me diga que tengo que echar a 30 personas. ¿Qué hago?”
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