Las penas son de nosotros
La siesta se parece bastante al atardecer en El Mollar. El cielo se ha puesto triste y gris sobre el dique La Angostura, cuyas aguas guardan aún el hielo de la nevada de la semana anterior. No se ve gente en las callecitas con volteretas del pueblo que es el pie del cerro Ñuñorco. Por suerte, una paisana sabe cómo indicarnos cuál es la casa de Carmen.
Carmen es Carmen Chaile, la coplera de El Mollar. Tiene más que sesenta años y menos que muchos dueños de la tierra que antes, cuando vivía en las montañas, era de sus padres y abuelos. Es que, desde que los diaguitas no mandan allí, a sus descendientes, a los que les cambiaron hasta los apellidos, sólo les permiten quejarse a coplas.
Y vaya que Carmen sabe hacerlo. Tenía 6 años cuando paseaba las cabras y le decía sus cosas en la cara a las montañas. Trae una caja para tocar y unos mates dulces para convidar y ya despunta una copla que eriza la piel de los testigos. Está orgullosa de haber cantado en varios festivales de la zona pero el orgullo se le sale más de su carrocería gastada cuando aparecen sus nietos en la mesa.
Igualmente, a ellos no les da por heredar la pasión de la abuela como sí lo hizo ella. Es que su madre, que se murió a los 94 años, ya cantaba a los vientos de los valles. “Ahora los chicos prefieren otra cosa. Por esos a veces nos chiflan en los recitales”, dice Carmen. Pero dice sin rencor porque “igual, nosotros vamos a defender nuestra cultura y a cantar lo que sentimos, que es un poco lo que siente la gente que vivía aquí. Nosotros tuvimos que irnos de la montaña, venir al pueblo, porque nos sacaron todo los que compraron la tierra. Nosotros no teníamos títulos de propiedad. Que íbamos a tener si siempre estuvimos allí”.
Carmen apura otro mate. Ya entona “Todos me mandan que cante/ sabiendo que no se nada/ habiendo tantos cantores/ de diferente tonada” o “y los años se van/ ay si los tiempos volvieran/ como no vua´a llorar yo como no vua´a tener pena/ que cuando ven un árbol caído/ todos quieren hacer leña”. Comparte con los forasteros la pena y la copla. Ni se pregunta si por venir las dos desde adentro, por ser quejosas y festivas, por hacer nudos en las gargantas y llegar hasta lo más profundo, no son la misma cosa.
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