LAS RUINAS DE LA VANIDAD
Después de una etapa oscura en serio —no las oscuridades exhibicionistas y bukowskianas del personaje que encarna— que incluyó en 2001 un accidente cerebrovascular y recientemente una lesión en las cuerdas vocales, Joaquín Sabina revolvió los cajones buscando canciones perdidas, dibujos y viñetas para relanzar el disco Dímelo en la calle y dar forma al álbum doble Diario de un peatón. La edición es lujosa, cuesta alrededor de 50 pesos y está matizada por una serie de dibujos y un poema final firmados por Sabina.
Así, la novedad es el CD 2, el de las rarezas. Para quien no haya comprado Dímelo en la calle esta caja resulta una buena oportunidad para abaratar costos. El disco 2 abre con Ratones colorados, una picante rumba flamenca dedicada al periodista Jesús Quintero. Algunos géneros y fórmulas letrísticas ya no tienen secretos para el astuto español que se desliza a gusto por los ritmos andaluces, el blues, el rock and roll. Y por las dedicatorias: además de la del “perro verde botella”, recuerda a Mezzo Bigarrena —el mítico cantautor vasco que se suicidó en Buenos Aires a comienzos de los 90— con una joyita que Sabina tenía guardada desde 1993. El tema se titula Flores en la tumba de un vasquito y dice: “Excepto las de la imaginación / había perdido todas la batallas / Un domingo sin fútbol nos contó, / vencido, que tiraba la toalla / y nadie le creyó”.
Sorprende con Ay, Calixto, un merengue hecho y derecho con una letra kilométrica que Sabina expresó le gustaría cantar junto con Juan Luis Guerra. Y no sorprende con Canción de cuna de la noche y los tejados o A vuelta de correo (y su hastiante picaresca sexual, del tipo “Anímense monjitas de clausura / absténgase fanáticas y abstemias / la pasión con controles de alcoholemia / no me la pone dura”.
Como en todo descarte, estas grabaciones encontradas sirven para señalar la minuciosidad con la que Sabina trata sus canciones, aspecto poco reconocido en la obra del español. Sin embargo, las maquetas de Incluso en estos tiempos (1993/1994) y de Retrato de familia con perrito (1992) se escuchan pulidas: por su tratamiento sonoro —tratamiento, que convengamos, no ofrece mayores novedades a lo largo del tiempo— podrían haber figurado en cualquier CD de su discografía oficial.
En el soneto que figura como cierre de la caja y que se llama justamente Diario de un peatón, Joaquín Sabina define el flamante álbum como una búsqueda “en las ruinas de la vanidad”. Y sigue: “Versiones primerizas, /descartados. / Romances que quisieron ser canciones / fósiles amarillos del desván”.
Mientras se recupera, Joaquín Sabina continúa echando leña al fuego de su propio mito, ése que a fuerza de tanta canción en primera persona, tanta picaresca andaluza combinada con esa izquierda medio anarquista, logró diluir las fronteras entre realidad y ficción. Criatura depurada, el personaje sigue intacto.
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