LAS SENSACIONES DEL PERSONAL DE LA CÁRCEL DE CORONDA
“El 11 de abril el Servicio Penitenciario se fracturó”. La lapidaria frase es de uno de los trabajadores de la cárcel de Coronda. “A nosotros no nos defendió nadie y ustedes, los periodistas, nos pegaron todo el tiempo”, dijo con rencor en la voz. “Lo que pasa es que Bortolozzi es político, que Rosúa es político y nosotros nos quedamos sin altos mandos. Preguntale a Rosúa cuánto hace que no va a la Unidad 1. Hace del 11 de abril que no va”, dijo con furia.
Tras dialogar con los distintos actores que forman parte de la cárcel corondina -2.000 personas entre presos y personal del SP en 6 hectáreas- quedan claras las heridas del cuerpo de empleados. El personal quedó sospechado de haber fallado, en su rol de brindar seguridad a los presos como lo ordena el artículo 18 de la Constitución. Dos meses después de la masacre de 14 internos rosarinos en la prisión, los miembros de la fuerza elevan reclamos hacia “la pata política del Servicio” reservando sus nombres propios.
Coronda es, por definición, cuna de custodios. Y es así, desde que se inauguró la Unidad 1, el 12 de agosto de 1933, y se instaló allí el primer cuerpo de guardiacárceles por orden del gobernador Demócrata Progresista Luciano Molinas. “Acá en Coronda sos policía, maestro o guardiacárcel”, explica una vecina. En la cárcel trabajan 558 empleados del SP. La gran mayoría vive en la ciudad. Tanto el interventor de la prisión, Jorge Bortolozzi, como el jefe correccional del penal, Raúl Monti, residen allí.
De estos 558 empleados, 150 trabajan del cerco de seguridad hacia adentro. Es decir con los 1.270 internos que habitan hoy la cárcel. Otros 100 custodian los 1.100 metros del perímetro exterior, el muro, de la prisión. El resto se divide entre jerárquicos, personal terapéutico, administrativos y demás empleados. Los custodios realizan guardias de 24 horas por 48 de descanso, marcando una diferencia con el sistema utilizado por los Federales que es de 12 horas por 36. Para el ejemplo, el ayudante Eduardo Marchesín, tomado como rehén el 11 de abril, gana un sueldo de 846 pesos teniendo seis años de antigüedad, según comentó en una reciente entrevista Mabel, su mamá.
LA REBELIÓN Y SUS EFECTOS
Tras la muerte de los internos del pabellón 1 y 11, los dos guardias tomados como rehén quedaron bajo sospecha. Marchesín, continúa hoy con carpeta médica, y Oscar Yosviak está con tareas diferenciadas lejos de los pabellones. El ex director Oscar Mansilla, fue trasladado a la Dirección General, y Carlos Monti, quien lo sucedió, está hoy en la prisión de Las Flores. “Mansilla era el mejor mando que teníamos. Además es una buena persona, por eso hubo rebelión cuando los políticos lo dejaron sólo y le cortaron la cabeza”, expresó un empleado.
Al caminar por las calles de Coronda es natural toparse con vecinos que tengan un familiar trabajando en la prisión o que haya sido carcelero. “No me estarás grabando”, fue la muletilla preferida por los trabajadores antes de contar a media lengua lo que sienten. “Estos tipos son políticos y nosotros le importamos un huevo”, explicó una trabajadora. Todo es anónimo, pero la acumulación de datos de distintas personas muestra que el descontento existe. “Yo con vos no hablo, debés trabajar para Rosúa”, se escuchó. Los empleados del SP están como Winston, el personaje central de la novela 1984 de George Orwell, quien teme ser descubierto por la policía del pensamiento rebelándose contra el sistema.
A simple vista, sin haber sufrido una baja, el SP recibió una profunda herida después del 11 de abril. “De esto se sale trabajando. Hace un mes que estoy acá y no viví lo que pasó el 11 de abril, pero le estamos dando al personal seguridad, academia, estamos en constante comunicación. No creo que hayan quedado abiertas heridas”, comentó el jefe correccional Raúl Monti.
EL TRABAJO Y LA ESTIMA
Por su parte, el interventor Bortolozzi fue claro: “Quiero trabajar sobre la autoestima del personal. Ahí creo que está la verdadera herida. Que vuelvan a considerarse parte importante de la sociedad. Lo que sucedió aquí es que los últimos hechos mostraron la realidad de la cárcel tal cual, tanto para internos como para los penitenciarios. Y en la sociedad se empezó a decir: «Ahí trabaja tu papá, tu esposo y tu hijo». Entonces hay que trabajar esa autoestima”.
El interventor también le apuntó a otro aspecto: la formación del empleado penitenciario. “La necesidad de capacitación del personal es un punto clave. Porque ante la demanda de personal, la escuela penitenciaria tal vez no formó debidamente a esos muchachos y esos baches que se han producido, evidentemente es por la falta de capacitación”, explicó Bortolozzi.
Sin dudas, cuando al mes de la masacre la revista Entre Líneas publicó una entrevista con el subayudante Yosviak en la que contaba su versión de los hechos, la novedad “cayó como una bomba sobre la cárcel”, según comentó un empleado. Yosviak narró, según la publicación santafesina, que “de golpe apareció uno de los presos (del pabellón 7) por la escalera. Lo extraño es que no se había sentido ruido de rotura de candado ni nada parecido y además es más raro aún que un interno se anime solo a encarar a dos guardias. Lo cierto es que tenía dos facas y yo, por instinto natural y para sobrevivir agarro una silla y empiezo a pelearlo”.
Pero lo que sorprendió al joven carcelero fue que “cuando el preso apareció, Marchesín no reaccionó y le dijo: «Tranquilo Chino, hacé las cosas bien». Lo recuerdo patente”. Y aseguró no saber cómo su compañero sabía la identidad del preso, de apellido Maza, “porque estaba todo encapuchado, con uno de esos cuellos polares y no se le veía la cara”. Esta noticia sirvió para dividir a muchos dentro del personal. A otros les dio pie para sentenciar: “¿Viste lo que le pasó a Yosviak? ¿Viste que no hay que hablar?”.
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