LAS ZONAS MÁS POBRES DE NUEVA ORLEANS AÚN ESTÁN INUNDADAS
A un mes y medio del huracán Katrina y la inundación de Nueva Orleans, miles de habitantes vuelven sólo para mirar desolados el estado de sus casas, o lo que de ellas quedó. De una ciudad con casi medio millón de personas, se cree que unas 100 mil casas, una cuarta parte del área metropolitana, no se recuperarán, dijeron a Clarín miembros de United Way, una organización nacional de caridad y socorristas, además de 320 mil autos y 300 mil botes que quedaron de chatarra.
El sábado, mientras trepaban a 1.003 los muertos oficiales (se cree que serán más cuando hallen nuevos cuerpos y agreguen desaparecidos), el coordinador de la Pastoral Católica Luis Campuzano contó a este enviado: “Muchos feligreses, ahora que se habilitó el retorno, se quebraron emocionalmente al ver sus casas. Cerraron sus ojos y dijeron que venderán sus restos o el terreno por lo que les den.”
Nueva Orleans sigue estupefacta en la hora posterior a la catástrofe, pese a las tareas de solidaridad y reparación que no paran para que el lugar florezca.
Hay áreas bastante poco afectadas como el Barrio Francés o las de las lujosas avenidas Carrollton o Saint Charles, con sus mansiones de famosos. En ellas, si bien no hay aquella atmósfera casi eterna de piano blues que ya describía Tennesse Williams en “Un tranvía llamado Deseo”, reflorecen cada día los negocios y bares típicos. Pero distritos más humildes como el 9, el más pobre y devastado, están aún con partes bajo el agua. En Lake View o los municipios de Slidell o St. Bernard, una recorrida de Clarín para comparar con lo que habíamos visto el mes pasado permitió apreciar el extendido daño material que dejó atónitos a muchos estadounidenses que jamás pensaron que les tocaría sufrir semejante desastre.
Jorge Gershanik, un neonatólogo argentino que rescató a bebés en helicópteros durante la tragedia, o su esposa, Ana Esther, que colabora con el diario local The Times Picayune, confían en que Orleans, donde viven desde los años 70, reverdecerá. Y Wilfredo Harrington, un sanjuanino también con larga estadía aquí y a cargo de la Casa Argentina, pese al estado “lastimoso y deprimente” con que encontró a su barrio, coincide.
Con camisas rojas, los ingenieros del Ejército patrullan calles y los canales que rompieron los diques del lago Pontchartrain para evaluar cómo y qué reconstruir, y en cuánto estimar los costos, que llegarían a US$ 200.000 millones, todo lo que el país ya gastó para invadir Irak y Afganistán.
Cada grupo de tarea lleva su color de identificación, como los Cascos Blancos argentinos que colaboran aquí (ver La ayuda…). Afortunadamente, en el Consulado de Houston y enviados de la Cancillería dijeron a este diario que los 17 argentinos cuyo paradero se desconocía tras el golpe de Katrina, el 29 de agosto, ya se ubicaron.
Los camisa naranja son del servicio federal de Salud. Iladia Massa, puertorriqueña, es una de ellas y nos señala cómo en muchísimas casas de aquí aún queda la marca del agua en las paredes. En algunas, centímetros; en otras, metros, y en otras se pierde en el mismo techo. Las de las zonas más afectadas tienen en el frente señales del examen de revisión, y el número tétrico que cuantificó si se habían hallado cadáveres adentro.
Aún persiste el olor nauseabundo de la basura sin recoger por semanas. No hay taxis, tranvías, trenes ni micros, pero ya hace varios días reabrió el aeropuerto. El jueves volvió el agua potable y hubo alegría, pero no hay TV por cable y faltan los teléfonos y electricidad en algunas áreas, aunque las principales ya los recuperaron. Hay heladeras y electrodomésticos arruinados abandonados por doquier. Hay poca actividad portuaria en el Mississippi, y en cruceros de lujo pernoctan policías y bomberos.
Algunos negocios abrieron y buscan personal. Habrá cambios demográficos fuertes aquí, entre miles que se fueron para no volver y otros que llegan para participar de la “refundación” y hacer negocios o emplearse en un momento donde se demanda mano de obra. El hotel Hilton no abrirá hasta el 2006, igual que las escuelas, y el Sheraton ya puso a secar los colchones en la vereda, a cuyos lados hay autos de lujo aplastados por árboles o ladrillos, que nadie remueve para diversión de los fotógrafos. A otros hoteles los tomaron “okupas” bastante pesados, en una ciudad que lidera el ranking criminal del país con casi 300 muertes al año, rasgo que se sintió en el grado de violencia que rodeó al éxodo de agosto y setiembre. Pero ahora la situación en ese sentido amainó y emergen, en dosis similares, el dolor del regreso y el temple esperanzador de los nuevaorleaneses.
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