LAVAGNA ASEGURA QUE SE CRECERÁ MÁS DE LO PREVISTO
Ayer a media tarde, el ministro de Economía, Roberto Lavagna, afirmó que este año la economía crecerá entre 5 y 5,5%. “Lo que antes era un techo ahora es el piso”, dijo. Y lo atribuyó a que “todos los indicadores, públicos y privados, nos orientan hacia la suba”.
Por la mañana, Lavagna había hecho
otro pronóstico, ya que aseguró que el PBI podría crecer este año 4,5% y “si las cosas continúan bien, podría llegar hasta el 5%”. Todo lo hizo después de ver al presidente Kirchner. Y así, en pocas horas, Lavagna aumentó por lo menos medio punto las expectativas de crecimiento del año. No es poca diferencia: equivale a producir 2.000 millones de pesos más.
También por la mañana el ministro del Interior, Aníbal Fernández, se refirió a este tema. Pero en otro sentido: afirmó que el Gobierno estaba trabajando para evitar que la Argentina ingrese en una meseta o experimente una recaída.
Según se supo, las palabras de Fernández molestaron a Lavagna, quien no sólo negó que la economía pueda entrar en “un amesetamiento” sino que elevó la apuesta.
Pero si se confirmaran los números de Lavagna, a fin de año la economía argentina se ubicaría 14,3% por debajo de los niveles alcanzados en 1998.
La réplica indirecta de Lavagna a Fernández era aguardada, ya que por primera vez un integrante del Gabinete nacional admitía que la economía se estaba amesetando. Esto contradice el discurso que se sostiene desde el Palacio de Hacienda. Y desde la Casa Rosada.
El tema es central porque los pronósticos, más aún los oficiales, contribuyen a formar las expectativas de los distintos agentes económicos. Y Lavagna no quiere que ningún augurio negativo influya sobre la demanda de los consumidores y ni las decisiones de potenciales inversionistas. Es decir, no quiere que el pronóstico se convierta en una profecía autocumplida.
Pero las palabras del ministro apuntan también contra aquellos empresarios y analistas que sostienen que la economía se enfría por falta de acuerdo con el FMI, con los tenedores de bonos o por no aprobarse las compensaciones a los bancos o el alza de las tarifas públicas.
No obstante, a la hora de efectuar un diagnóstico, los economistas consultados por Clarín coincidieron en que la economía estaría perdiendo impulso, pero lo atribuyeron a distintas causas.
Para Héctor Valle, titular de FIDE, “hay un problema de demanda serio porque el ingreso de los asalariados sigue deprimido, no hay planes de inversión y la caída de las importaciones brasileñas es acentuada”. En estas condiciones, según Valle, haría falta un estímulo del gasto público, por la vía de un plan de obras y una mejor distribución del ingreso, pero las exigencias del FMI de superávit para el pago de la deuda limita las posibilidades de un impulso expansivo.
El ex viceministro de Economía Orlando Ferreres tiene otra opinión: mientras no se despejen las dudas sobre la deuda y el sistema financiero, dice, no habrá nuevas inversiones. A Ferreres, los números le dan que en junio la actividad económica habría crecido apenas 0,1%. Y eso mostraría que “la economía pierde fuerza pues no hay nuevos motores”. Y arriesga que en el segundo semestre la economía crecería un 3% contra el 6,7% que creció en la primera mitad del año
Manuel Sánchez Gómez, de Macroeconómica, sostiene que se observa “una falta de empuje del mercado: el consumo interno avanza muy lentamente y hay una retracción de la demanda externa”. Y a manera de ejemplo, señala que textiles y metalmecánica, los sectores que más crecieron en el primer período, ahora tienen más dificultades en parte por la recesión brasileña y porque se alcanzó un límite de sustitución de importaciones. Para él, en materia de inversión, “nadie está haciendo nada importante, salvo el rubro de maquinaria agrícola”.
Sin embargo, Sánchez Gómez aclara que la actividad económica no está cayendo, sino desalecerándose. Y eso obedecería a que en lugar de crecer por el lado de la industria y la construcción, como en 2002, en los últimos meses los motores vienen por el agro más algunos servicios.
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