LAVAGNA CRITICÓ AL "POPULISMO"
Roberto Lavagna cuestionó a quienes impulsan el “populismo setentista” en materia económica. Y defendió la aplicación de una política fiscal ortodoxa, de control estricto del gasto público, en una arremetida que pareció tener como destinataria al ala política del Gobierno. Aunque desde el Ministerio negaron que estos desacuerdos sean el preanuncio de su decisión de dejar el Palacio de Hacienda, reconocieron que existe cierta “incomodidad” por la forma en que la Casa Rosada maneja algunos temas.
El escenario elegido por Lavagna fue el 70º aniversario de la Delegación de Asociaciones Israelitas (DAIA), que ofreció un desayuno para empresarios en el roof garden de Hotel Alvear, en el corazón de la Recoleta.
Allí Lavagna embistió contra las políticas que considera “peligrosas”. Criticó al “populismo setentista, cuyo razonamiento es: ahora viene el momento del crédito ágil, del subsidio, de la expansión del gasto público, del aumento de las retenciones. Ahora viene el momento de dar más y más rápido a todo el mundo”.
Con este discurso, que contiene una desaprobación implícita a las políticas que llevó adelante el justicialismo entre 1973 y 1976, Lavagna tomó distancia de medidas similares a las que el Gobierno adoptó hace poco. Por ejemplo, la suba de salarios públicos y jubilaciones anunciada en diciembre pasado, o la decisión de liberar, a través de diferimientos fiscales, $1.000 millones para el consumo privado.
Según trascendió desde Economía, el ministro quiere aprovechar el éxito que consiguió a partir del canje de la deuda para fortalecer su imagen pública. Fuentes cercanas a Lavagna revelaron que su incomodidad se basa en dos puntos. Por un lado, la sensación de que desde la Casa Rosada se lo elige como chivo expiatorio de los malos pasos que da el Gobierno. Por el otro, su temor a que, de cara a la campaña electoral de octubre, el Ejecutivo abra el grifo ante las demandas sociales y se diluya parte del superávit fiscal que la conducción económica defiende con uñas y dientes.
“A Lavagna le disgusta la estrategia oficial de que, cuando son logros, el triunfo es del Gobierno, y cuando hay pérdidas, la culpa es de Economía. Pero sabe que en política las cosas se manejan así, y no está pensando en irse”, confió uno de sus allegados.
El ministro buscó equiparar los tantos, y criticó también al “conservadurismo financiero de los ‘90. Dicen que después del arreglo de la deuda hay que volver a los negocios financieros fáciles, salir apresuradamente a los mercados internacionales a colocar deuda”. Pero también fue enfático al cargar contra los reclamos de subas salariales generalizadas. “La burbuja de precios y salarios que se produjo a principios de este año por los acuerdos de cúpula requirió que este ministro haya salido a pararlo en forma pública, mientras que el presidente Kirchner lo hizo en forma reservada”, comentó.
Al defender el superávit fiscal, les pegó a quienes dicen que el abultado saldo a favor que logra la Argentina es producto de impuestos distorsivos, como las retenciones a las exportaciones. Sólo reconoció que el impuesto al cheque “es claramente distorsivo; hay que reducirlo, sin olvidar las prioridades sociales”.
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