LE QUITARON UN NIÑO Y TEME QUE LE QUITEN CUATRO MÁS
Miriam Saruppo pide a la Justicia que le devuelva a su hijo Facundo, nacido tres meses atrás. Ella es madre de otros cuatro niños, de 3, 6, 9 y 16 años. Vive en una casita del barrio Estanislao López, con 15 pesos diarios que recibe por atender el mostrador de un almacén cercano a su domicilio.
Los chicos de Miriam, como la inmensa mayoría en esta ciudad, toman su comida en el comedor escolar. Con sus magros ingresos, esta madre provee el resto y no tiene, a diferencia de tantos, un plan social que la ayude, es decir: vive de su trabajo.
Antes que dependiente de almacén, Miriam fue vendedora ambulante. Siempre trabajó, asegura. Sus hijos nunca estuvieron internados en hospitales públicos alguna vez. Tampoco anduvo Miriam en nada oscuro. Jamás pisó una comisaría. Ni ella, ni su hijo adolescente cuentan con antecedentes. Pero su bebé no está con ella.
Al parecer, por motivos que tampoco nosotros conocemos, lo retiene la Justicia de Menores. “Me robaron mi bebé”, dice a quien la quiere escuchar mientras muestra el único recuerdo que guarda de él, su DNI y los certificados médicos que acreditan su paso por distintos hospitales y por último, el de su internación -con un cuadro de neumonía-, en el Hospital Iturraspe.
El registro
Miriam, sacudida por el llanto, pide que le devuelvan a su niño mientras otro de sus chiquitos juega entre sus brazos. A simple vista se puede observar que los hijos de Miriam están limpios, bien vestidos y alimentados. La mujer -tiene 38 años-, habla con solvencia y apoya sus dichos con un ayuda memoria. Un cuadernito guarda el registro de lo ocurrido con su chiquito desde el mismo momento en que el viernes 8 de octubre lo hizo examinar -porque tenía fiebre-, en la posta del Hospital Siquiátrico.
A partir de allí comenzaron a hacerle nebulizaciones, pero como el niño no mejoraba lo volvió a la llevar el 14 de octubre. Entonces le hicieron una placa radiográfica y le dijeron que no encontraban nada preocupante. No obstante, el nene pasó toda la noche con fiebre, así que Miriam se decidió por llevar el niño al Hospital Iturraspe.
Al cuidado de sus otros niños habría de quedar su hermana. Le dijeron en el nosocomio que recién empezaban a anotar para la atención médica a las 7.30. Esperó. Más tarde -el nene volaba de fiebre-, alguien le sugirió que subiera al 2do. piso, pero allí le dijeron que los turnos se empezarían a dar recién alrededor de las 11. Ella sólo quería que alguien le bajara la fiebre.
A las 13.30 el niño no había recibido atención alguna y entonces se trabó en un áspero dialogo con una enfermera, hubo gritos y llantos. Entonces recién hizo su aparición un médico joven. Facundo fue examinado.
Mala noticia
El médico no dijo nada y llamó a dos colegas, también jóvenes como él. Entonces le pidieron que esperara afuera. A las 15.45 le dijeron que su bebé tenía neumonía y debía quedar internado. Miriam dice haber sentido que no podía dividirse por dos. O dejaba solo a su bebé entre desconocidos o dejaba a sus otros chicos solos en su casa, en medio del barrio y sus conflictos.
Decidió que no lo dejaría allí, lo tomó entre sus brazos y con él salió con intención de llegar al hospital de Niños. Esperaba que allí alguien le diera los remedios y las recomendaciones del caso para poder asistirlo ella misma en su propia casa.
Miriam hizo la escuela primaria y con eso y su experiencia de madre multípara se sentía capaz de hacer frente a la situación. Pero cuando bajaba las escaleras para llegar a la calle sostuvo un incidente con una mujer, personal hospitalario, que intentó cerrarle el paso. Miriam forcejeó y gritó, desesperada. Se liberó de esa mujer, pero cuando llegó a la parada del colectivo, apareció la policía.
También llegaron los médicos a los que había visto un momento antes. Hubo diálogo y de ese diálogo resultó que -le prometieron-, su bebé sería cuidado por una madre sustituta. Y recién allí entendió lo que le decían con insistencia: debía quedar internado, sí o sí, porque Facundo estaba grave.
En otras manos
A partir de ese día Miriam iba y venía de la casa al hospital y del hospital a la casa. Cada vez que se asomaba en la habitación encontraba que Facundo estaba con una sustituta diferente. Tampoco eran los mismos los médicos y las enfermeras.
Un día advirtió que en la cuna ya “no estaban los papeles” que decían que ese era su hijo, cuál era su problema y cuál el tratamiento que estaba recibiendo. “¿Por qué no están los papeles?”, preguntó. “Porque Facundo ya es como de la familia”, le contestaron. Entonces su hermana le sugirió una vez más que tomara nota detallada de todas las novedades.
Un día volvió a la habitación y advirtió con espanto que ya no sólo faltaban los papeles, tampoco estaba el niño. Alguien del personal la tranquilizó. “Lo está paseando uno de los médicos, está allá donde toman café”, le dijo, y efectivamente era así.
“Facundo ya es como de la familia -dijo ese médico-, es un santo”. Por esos días todos le prometían que pronto el niño sería dado de alta, pero Miriam empezó a pensar que eso no ocurriría jamás. En otra oportunidad, una enfermera le mostró al niño -tal era su insistencia-, y entonces lo amamantó. Mientras esa enfermera le hacía reproches: “Tantos hijos”, decía mientras le recomendaba que no le tocara le venda que cubría la aguja por donde supuestamente le estaban pasando la medicación. Entonces el nene movió el brazo y la venda se despegó. Miriam observó que allí no había aguja alguna. Pidió nuevamente que le permitieran retirar a su hijo y se lo negaron nuevamente. “Todavía le escuchaban un ruidito en el pecho”.
Cruel revelación
Y eso fue así hasta el 17 de octubre, fecha en la que según le habían prometido, Facundo recibiría el alta médica. “Fui a buscar el nene y cuando entré todos me miraban como a un bicho raro”. Entonces parecía que nadie la conocía, que nunca había estado antes en ese lugar. “La cuna estaba limpia” y recuerda que preguntó, descompuesta, “¿Adónde lo llevaron?”.
Después de mucho andar, de golpear puertas y entrevistar a decenas de personas dio con alguien que le dijo, sin más: “El bebé está en el Juzgado de Menores, porque vinieron del juzgado y se lo llevaron”. Miriam creyó enloquecer, pero corrió al juzgado en busca de una explicación. Allí también, la espera. El tiempo no pasaba nunca y nadie la atendía. “Llorando esperé tres horas y media y nadie me atendió”, dice y agrega que se quedó muda de tanto preguntar.
“Tenía un nudo en la garganta. ¿Por qué me lo sacaron? -preguntaba- ¿Por qué no me avisaron?” Y al cabo de tan larga espera se iría sin respuesta, porque obnubilada como estaba, fue cargada en un patrullero y llevada con rumbo desconocido. Nadie le decía, por ejemplo dónde la llevaban por la circunvalación oeste a gran velocidad. “Tuve miedo”, confiesa, “pensaba cosas terribles. Me habían quitado a Facundo, qué iban a hacer conmigo, ahora”.
Y llegaron a destino. Las puertas del hospital Siquiátrico se abrieron a su paso. Allí los policías se despidieron, pero antes le dijeron que al día siguiente debía presentarse en el Juzgado en compañía de sus otros chicos. “Me los va a quitar a todos?”, preguntó. No, no…, le dijeron los uniformados, usted mira mucha televisión… En el siquiátrico la atendió una doctora. Por vecindad ella conocía ese hospital porque allí fue asistida durante su embarazo.
Extraña propuesta
Allí mismo una partera -recuerda- le había sugerido que diera ese niño y llegó a proponer que una persona le pasaría dinero mientras durara el embarazo “para ayudarla un poco” hasta cuando naciera el niño por el que recibiría otra suma de dinero.
Miriam escuchó aquello como si le hablaran a otra persona y lo olvidó, hasta el momento mismo en que los policías la dejaron nuevamente en la sala de espera. La atendió una sicóloga y ésta le dio turno para una siquiatra. Regresó ese día a su casa dolida, confundida y sin el niño. Así que a partir de aquel momento Miriam empezó a temer que la Justicia se quedara definitivamente con sus otros niños y por eso fue que faltó a la cita.
Y no sólo faltó a la cita, también cerró filas junto a sus otros hijos y se aferró fuertemente a la documentación que acredita la identidad de su bebé, así como los cuidados médicos que le fueron dispensados desde su nacimiento. Puso los papeles a buen recaudo y los reservó, aun cuando una asistente de la justicia de menores la visitó en su domicilio.
Buscando una respuesta
Con Miriam atrincherada en su casa y dispuesta a resistir cualquier maniobra para separarla de sus hijos -eso cree ella-, su madre y también su hermana fueron al Juzgado de Menores.
“Las trataron mal -recuerda Miriam-. `¿Qué tenían que hacer ellas ahí?’, les dijeron. Y cuando ellas preguntaron dónde estaba el niño -sostiene-, la única respuesta fue: `No lo podemos decir”‘.
No obstante, antes de que dejaran los pasillos del Juzgado alguien dijo a las mujeres: “Díganle que venga con los chicos. Que lo puede ver. Pero sólo un ratito porque después lo van a devolver”.
Miriam corrió a la Defensoría del Pueblo, pero ahí, dice, “o no me creyeron o no me entendieron. Me dijeron que todo estaba bien y que jamás nadie me va a robar un hijo, pero a Facundo yo no lo veo más, no está, nadie lo tiene, está desaparecido”.
Ese mismo día Miriam fue a la Seccional 4a., “pero ahí no me tomaron la denuncia” y volvieron a decirme que fuera al Juzgado de Menores. Hoy, Miriam pasó por este diario con su confusión a cuestas y de aquí salió en dirección a la Secretaría de Derechos Humanos con la esperanza de obtener alguna respuesta.
José Luis Pagés
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