Límite Vertical
Ha amanecido nublado –demasiado nublado- a los pies del cerro San Lorenzo. Igualmente, a la 10 de la mañana, Oscar, el guía de una expedición de aficionados que no saben demasiado cómo será eso de escalar una montaña, llega puntual. En un rato irá a buscar a Picazo, el caballo que tendrá que caminar a nuestra par para llevar los víveres.
Unos perros remolones tratan de desperezarse ladrándole a las nubes bajas y el frío obliga a requisar la muda de ropa para no olvidarse de ninguna manta. Picazo viene desde donde ha tenido un suculento desayuno de hiervas al pie de la montaña. Si estuviera despejado el cielo podríamos ver la cima que en un rato iremos a buscar. Pero el viento no llega para llevarse las nubes y será cuestión de trepar a ciegas.
Oscar da las últimas recomendaciones y acomoda las alforjas cargadas sobre el lomo de Picazo que, incapaz de proferir una queja, acepta sin encorvarse ni siquiera un milímetro. El pingo es noble y tiene la tranquilidad de los que han vivido muchos años en la montaña. Se deja acariciar por los forasteros impacientes sin inmutarse, mientras Oscar cuelga una botella con una infusión de coca y vino que dará ánimo cuando la cuesta sea demasiado arriba.
Es tiempo de partir. El río San Lorenzo chilla ruidos de agua helada y acompaña en los primeros 20 minutos de un paseo que no ofrece dificultades. Pero no será cuestión de ilusionarse. Ya ha dicho Oscar que las primeras tres horas serán verdaderamente intensas. “Es hasta llegar hasta la cruz”, dice. Después, para preocupaciones ajenas, explica que la cruz es un recuerdo a dos jóvenes que murieron congelados en la cima. Será cuestión de no darle importancia mayor. ¿No?
Un metro hacia cualquiera de los costados no se ve absolutamente nada. O sí, se ve una nube densa y, hacia el suelo, un camino húmedo y pedregoso que apenas superada la media hora empieza a pesar. Hay que cruzar el río, ordena Oscar. Picazo no necesita que se lo recuerden. Lo ha hecho otras veces, de modo que se hace el distraído para sorber agua fresca y cruza. Comienza entonces la escalada más dura, según el guía.
Y el guía sabe porque se ha criado en las montañas. No ha exagerado en nada. Subimos tanto y tan a ciegas que parece que nunca más dejaremos de subir. Late el corazón y amenaza con salirse de su cauce y tiemblan las piernas como si las hubiera venido a visitar el Parkinson. Oscar y Picazo no sufren de nada. Suben y suben. Oscar dice que apenas ha pasado la media hora para desalentar a los que creíamos que hacía días que estábamos subiendo.
Nos decimos que arriba mejorará el tiempo, más como un modo de insuflarnos ánimo que por causa de la convicción. La cruz donde murieron los frustrados montanistas está tan lejos como el sol que se ha ido a alumbrar por otros cerros. Oscar convida su bebida y para cuantas veces sea necesario. Somos los visitantes los que marcamos el paso, pero lo marcamos tan lento que –de proseguir a este ritmo- la noche llegará antes a nosotros que nosotros a nuestro destino.
Dice Oscar que para llegar al rancho donde pasaremos la noche hay que caminar unas tres horas más después de llegar a la cruz. Decimos nosotros que ese trance no será tan duro porque ya habremos hecho cima en la cruz. Dice Oscar que esas horas son menos trabajosas pero que hay que hacer cima en otros picos que forman el mismo cerro. Decimos nosotros que si se viera aunque sea un par de metros hacia arriba o algún costado podríamos saber donde cornos estamos. Dice Oscar que pronto estaremos en un sitio de “descansadero” y que podremos parar un rato.
Igualmente ya habíamos parado tantas veces como fuera posible. El esfuerzo por subir y el tedio por no ven van de la mano, como Oscar lleva a Picazo o como nosotros nuestra frustración por tener tan lejos lo que suponíamos menos hostil. Por la noche habrá que hacer radio. Hace un rato estábamos preocupados por saber si allí arriba habría señal de teléfonos celulares. Ahora estamos preocupados por saber cuánto aguantarán nuestras rodillas.
Pasan más de las tres horas que indicó Oscar. Es lógico. Con expertos ya habría llegado, pero aquí van aprendices que encima no despuntan el hábito de caminar. Y menos hacia arriba. Y menos 30 kilómetros en un día. El guía anuncia que la cruz está cerca. Un esfuerzo más nos decimos. Y va el esfuerzo y no aparece la cruz. Entonces se reclama otro y otro. Hasta que los 2.852 metros han quedado atrás y aparece una llanura de unos pocos metros desde donde se puede dominar todo el paisaje a un golpe de ojo, siempre y cuando no esté nublado, como hoy.
Lo que viene ahora será más fácil. “Vamos a ir a comer un asado y a dormir al rancho de Alejandro”, explica Oscar. Son dos cosas más seductoras que escalar, va de suyo. Pero sólo que faltan otras tres horas de caminata. Ahora decididamente está lloviendo. Ya no son las nubes las que mojan con unas partículas de agua casi imperceptibles. No. Ahora llueve. Por eso Oscar tuvo que sacar capas de sus alforjas y, mientras improvisamos un almuerzo frugal y alto, nos tapamos de la lluvia.
Entonces se hace el tiempo de seguir. El camino es menos empinado, es verdad, pero el San Lorenzo tiene sus caprichos y nos los hará conocer. Muchas veces una cornisa no apta para quienes sufren de vértigo se aparece en un giro. Otras se vuelve a subir como si la cima nuca hubiera sido alcanzada. Es que, vuelve a explicar Oscar, el cerro es como una corona, don una olla de abras y quebradas en el medio pero con varios picos que será menester rodear, si que queremos comer esta noche en lo de Alejandro.
Picazo come y deja su huella de buena digestión en el camino, de modo que hay que esquivar otros obstáculos, además de la piedra y el barro. Arriba hay más nubes y abajo, en la senda de 40 cm de ancho, hay cascotes por doquier. Ya no hay que pensar más, sino seguir. La laguna Brava o la laguna Seca serán nombres a consultar más adelante. Hay otros descansos que se aprovechan como las piernas pidan.
Oscar cree que no habremos de llegar. Silba a las montañas para ver si lo escuchan de un rancho más cercano pero no hay caso. “Quipildor no está –dice- vamos a tener que ir hasta lo de Alejandro”. Vamos. Volvemos a subir y a bajar. Una y otra vez. Se aparecen los primeros síntomas de que alguien puede haber detrás de las nubes. El guía dice que si estuviera despejado se vería ya el rancho de Alejandro. Unas vacas mal entretenidas nos salen al cruce. Un ternero se viene bajando el cerro y hay que pararlo con unos ladrillazos oportunos. Tras haber sobrevivido a los yacarés del Iberá o a un gusano en el cuerpo, sería una ignominia morir a manos de un ternero bravucón.
“Bajamos un kilómetro y estamos”, suelta Oscar, como quien dice “tomamos una cerveza” o “crucemos la calle con cuidado”. Allá vamos. Ya entra la noche. Apuramos el paso con lo que nos queda. No sirve desfallecer como mandan las ganas sino llegar como manda el guía. Ladran los perros de Alejandro y, de pronto, se aparece él como un fantasma de nube, corriendo el ganado y saludando afable.
Ahora estamos en su rancho, secando la ropa y el cuerpo, tomando agua y aclarando las ideas, sentados en rededor de su fuego amigo, aguardando que el reloj marque las 12 de la noche para llamar a la radio, pidiéndole a Oscar que apure el asado, al cuerpo que espere un rato para ir a descansar y a la noche que ofrece las primeras estrellas, que escampe de una vez; charlando con Nélida –su señora- en medio de las nubes, en las cerrazones silenciosas que ni preguntan por unos forasteros atrevidos que dormirán en breve cerca de las cabras y las gallinas, lejos de la partida de una mañana que se sabe lejana, casi lúcidos como para poder contarlo.
Este contenido no está abierto a comentarios

