LLEVAR LA VIDA COMO BANDERA
Una causa y un amor condensan el último año de vida de Soledad Rosas, vivido en plenitud y cercado por un complot policial. Amor y anarquía, del narrador y periodista Martín Caparrós, cuenta la historia de una joven argentina disconforme y en búsqueda de libertad; la encuentra en Italia, donde también conoce la tragedia. María Soledad Rosas era una joven de 23 años que paseaba perros por Barrio Norte, había estudiado turismo para complacer a sus padres, y por esa misma razón viajó a Europa buscando qué hacer. Llegó a Turín en agosto de 1997, y poco después, casi por casualidad, entró al Asilo, una casa ocupada. Allí conoció la vida de los “okupas” y, en diciembre, a Edoardo Massari, de quien se enamoró y con quien fue a vivir. En marzo de 1998, ellos dos y Silvano Pelissero fueron arrestados por la policía, acusados sin fundamento de pertenecer a un supuesto grupo “ecoterrorista”. Les prometían de siete a quince años de prisión. Los “okupas” se movilizaron, pero no pudieron evitar que todo terminara mal: el 27 de marzo, Edoardo se suicidó en su celda. En abril, Soledad apareció ahorcada en el baño de la casa donde estaba en prisión domiciliaria.
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) publicó novelas, libros de viaje y una historia de vidas militantes, La voluntad. También ejerce, hace años, la crónica periodística, donde revela ser un estilista imaginativo y un duro observador de los acontecimientos. El relato de la vida de Soledad Rosas, suerte de rompecabezas que une pasión y política, expone tanto una condena del estado policial como un acompañamiento amoroso de su via crucis.
—Tu libro no sólo cuenta la vida de una joven radicalizada. También es la historia de una adolescencia desorientada de los años 90 que descubre su lugar en el mundo en el exterior.
—Buena parte de la historia de Soledad es la del esfuerzo por salir de la banalidad, ese espacio en que nada termina de ser lo suficientemente atractivo como para merecer un esfuerzo. Quiero decir, más acá de la indignación y más allá del disfrute menor de ciertas prebendas, fue una década en que no se hacía prácticamente nada.
—Sólo la posibilidad de integración cínica. ¿Qué es lo que hizo Soledad, entonces?
—Hizo lo que pudo: estudió turismo en la universidad de Belgrano, en parte por la familia y en parte para tener un oficio que le permitiera viajar. Pero es una idea muy individualista de la vida, ¿no? Algo central del menemismo es haber terminado de destruir la idea de futuro que la Argentina disfrutó por cien años. El futuro dejó de ser una variable del tiempo para empezar a ser una variable del espacio: el tiempo próximo argentino iba a estar en el espacio lejano, europeo o norteamericano. En vez de intentar hacer algo para dentro de veinte años, había que tratar de irse a Madrid o Miami. Ella buscó en la Argentina gente con quien sentirse unida por una idea, para que su vida tuviera un sentido, pero no lo encontró. Y lo encontró en Turín.
—Soledad estudió turismo, pero su viaje terminó en un salto al abismo. ¿Cuánto hay de singularidad y cuánto de condensación de fuerzas históricas en esta vida?
—Es difícil de ponderar. La gran metamorfosis de Soledad sucedió en menos de un año. Si vos ves la foto de la contratapa del libro, una chica de veinte años bien arregladita, y luego mirás la tapa, sólo pasaron diez meses: es la encarnación de la rabia militante. Pero todo fue muy breve. A priori, tendía a creer que había sido llevada por el viento de la historia, que había caído por azar en esa casa ocupada y que se la habían llevado puesta sin ninguna intervención de ella. Pero esa descripción, que es la que hizo la prensa acá, no me satisface. Me tranquilizó encontrar un momento en que se ve claramente cómo ella tomó su futuro en sus manos. Es cuando Soledad ya está presa, junto con su novio y el otro compañero, y la familia le pone un abogado, tipo Cúneo Libarona, que le propone separar las causas: por un lado los dos anarcos, que tienen juicios previos, y por el otro ella, que ni siquiera estaba en Italia cuando se hacían los atentados de los que los acusaban. El abogado diría que ella había sido engañada. Pero ella se negó rotundamente diciendo: “No, mi causa es la causa de los compañeros”. Ese sería un momento de corte, donde ella decide más allá de los vientos de la historia.
—Ella parece haber encontrado la costilla existencial del anarquismo, un ideal que siempre ha “llamado” a las almas desajustadas con el orden social.
—Sí, lo que me llamó la atención de este anarquismo “ocupa-punk” de Italia es su propuesta existencial. Su incidencia real sobre el conjunto de la sociedad es escasa, pero ellos pretenden cambiar sus vidas antes que la de millones. Su premisa es empezar viviendo ellos mismos lo más parecido a esa vida que quieren construir. Así, su radio de acción es restringido, pero su intensidad de cambio es muy fuerte.
—¿Cómo trataron los medios italianos el “caso” de Soledad?
—No tuvieron la menor distancia. Me impresionó mucho su alineamiento con el Estado. En Italia creció mucho la policía secreta en la época de las Brigadas Rojas, y luego quedaron miles de personas vegetando en escritorios, a quienes les faltaban enemigos. Y descubrieron que una buena idea era criminalizar a 800 anarquistas ocupas, para lo cual inventaron una conspiración y los ligaron a un supuesto grupo de ecoterroristas. No existía el grupo, ni el ecoterrorismo. Fue todo un invento de la fiscalía del Estado. Y los medios se alinearon sin dudarlo detrás de eso. Cuando los meten presos a Soledad, Edoardo y Silvano, los diarios no publican: “Están presos tres ciudadanos acusados de ecoterrorismo”. Dicen: “Presos los ecoterroristas que cometieron los atentados tal, tal, tal y tal”.
—Eso es pavoroso en el libro: la contraparte de esta cruza de pasión ideológica y amorosa es una sociedad “desarrollada” cuya retórica es la del fascismo simpático, que oculta una mano dura secreta. El poder no persigue todos los delitos, pero si elige un caso testigo, hunde el hocico hasta el hueso. Aquí se descubrió el engaño, pero le costó la vida a dos personas.
—Cuando entré a ese baño donde Soledad murió quedé muy impresionado. Era una casa en las afueras de Turín, donde estaba ella en reclusión domiciliaria, un lugar muy aislado y precario. Al ver el me di cuenta de que había que hacer un gran esfuerzo para morir allí. Pero lo que más me impresionó es haber vivido un mes en la casa ocupada donde había estado Soledad, sin tener que dar cuenta de mis actos. Es difícil aceptar la idea de que nada rige un espacio. Yo estuve en comunidades, pero siempre había cierta idea de orden. Pero acá no: ellos dicen que, para que haya organización, debe haber un poder que garantice su funcionamiento. Todas las noches comíamos quince, veinte personas en un gran patio, rodeados de cachos de autos y trastos viejos. Siempre había dos o tres que cocinaban. Un día pregunto: “¿Dónde me anoto para cocinar?”. “No, no hay que anotarse.” “¿Cómo? ¿No se anotan?” “¿Vos nos ves desnutridos?”, me responden. Al cabo de veinte días constaté que todas las noches se cocinaba y se comía, y no había ninguna orden para garantizar eso, pero se comía.
—A pesar de tu afición por las ideas libertarias, alguna vez dijeron que la “duda caprichosa” era tu modo de analizar la sociedad argentina. No se podría decir que tus escritos sean “progres”.
—Creo que nada es más siniestro que el Estado en su función estructural y política, y sin embargo, últimamente, me veo obligado a desear que haya más Estado para que defienda a los sectores indefensos. Hace mucho pienso que la idea última en política, claramente, sería libertaria, pero hay momentos en que no puedo darle curso a esta idea, como hoy, que me he convertido en un tonto anarcoestatista.
—Tu libro está escrito amorosamente, destila un perfume fuerte y melancólico…
—…a Rosas. Mmm, sí, hay algo en la historia de esa familia que es significativo. Cuando salió publicado el caso, en los diarios se decía que Soledad era una descendiente del Restaurador de las Leyes. Había mucha información confusa, y yo tenía mis dudas. Mientras investigué les pregunté muchas cosas a la madre, al padre, pero me daba pudor preguntarles sobre su relación con Juan Manuel de Rosas. Al final se lo pregunté a Gabriela, la hermana, y me impresionó lo que me contó. Ellos descienden, en efecto, de Juan Manuel de Rosas, que en la Campaña del Desierto de 1833 tenía una amante mapuche, a la que le hizo una hija y le dio su apellido. Esa hija fue teniendo hijos naturales, y de ahí viene esa rama de la familia Rosas. Es curiosa esta condición, esta unión entre la suma del poder público de la Argentina del siglo XIX y el margen del margen: una india mapuche, a quien el poderoso se cogió algunas noches. Una rama femenina de esos extremos, me parecía, en un punto, una buena síntesis de la Argentina.
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