Lo que viene
Generalmente uno llega un lugar a pasear, a trabajar, a visitar a un familiar o como consecuencia de algún contratiempo que pudiere haberle hecho desviar la marcha. En cambio, a Perito Moreno no se arriba por ninguno de esos motivos. Y la sensación que a uno le queda es que a Perito Moreno se le nota que nadie viene por el pueblo en sí, sino para utilizarlo como base para una empresa superior: recorrer Santa Cruz por la Ruta 40, camino de la Cueva de las Manos.
Nosotros no somos la excepción. Estamos en Perito Moreno a penas de paso, como la mayoría. Los únicos que vinieron a quedarse fueron los pioneros, inmigrantes italianos algunos, árabes otros, que no pudieron convencer a tantos más de que valía la pena quedarse aquí, ya que el pueblo cuenta hoy con apenas tres mil habitantes. De modo que venir apenas de paso a un lugar, perjudica a uno, que se pierde de conocerlo a fondo, pero perjudica también al lugar, que de tanto que nadie lo mire, ya ni se arregla.
Claro que eso no hace que Perito Moreno no sea un pueblo hospitalario. Todo lo contrario. Asume su condición de “lugar de paso” y aconseja desde los folletos turísticos como una madre que ve partir a su hijo por primera vez hacia el centro. Se sabe que ir Ruta 40 hacia abajo será duro. Y se sabe y se siente más cuando recomiendan una nómina de productos y recaudos a tomar que obligan a estar verdaderamente convencidos de lo que va a venir, para no desistir de intentarlo.
Dicen que hay que llevar “viandas, agua, caramelos, vestimenta cómoda”. Esto no sería nada. Ven como imprescindible el “botiquín”, como presagiando que algo pudiera suceder y no solamente eso, sino que si nos sucede no habrá sanidad por la zona. Y peor aún, “no acercarse tanto al sol por los rayos ultravioletas”. A lo que me digo: si me pongo al sol moriré de cáncer y lejos de él sufriré en los huesos el frío y el viento patagónico y también moriré. Sigamos.
“Cuente con cubiertas de auxilio”, piden ahora. O sea, no una, porque está en plural, sino el menos dos. Y un cronista que en ocho meses no volvió a su base, ¿cómo hace para llevar dos cubiertas de auxilio entre tanto equipaje acumulado? Confiemos en la providencia, o en Kirchner, ya que estamos en Santa Cruz. Sobre todo porque no acaba aquí la nómina. No. Ahora reclaman atención ante “el paso de los caminos por establecimientos ganaderos con animales sueltos”.
Me digo para mí que al menos “el monstruo del lago” está lejos y que aquí solamente hay maras y ovejas, ambas simpáticas; y también guanacos, escupidores pero solo si uno se pone a tiro. Pero por fortuna, pronto el pensamiento se centra en el resto de los consejos que son meramente ecológicos: no dejar colillas encendidas, llevar bolsas de residuos, no recoger ramas, ni flores ni fósiles, ni siquiera el de uno mismo y, por último, algo que es una injusticia por donde se lo mire.
“Queda terminantemente prohibido estampar graffittis en las rocas”. A lo que preguntamos: si vamos a la Cueva de las Manos, donde se muestran grabados de 9 mil años y queremos dejar nuestro sello para que dentro de 9 mil años otros pasen y los vean ¿por qué nos lo niegan? En fin, caprichos de los protectores de la naturaleza. Salgo corriendo a comprar todo lo que me falta, paso por misa y marcho ya, sin siquiera echarle un vistazo a Perito Moreno.
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