"LO ÚNICO HONESTO ES EL CINE"
Si se le comenta que parece más “maduro”, lo primero que hace Alex de la Iglesia es reírse. “Te diría que todo lo contrario, me siento más infantil, estoy en un largo proceso de involución”, dice. Sin embargo, al director español se lo nota más reflexivo, más amargo, más canoso, jugando menos el rol de “cineasta-personaje” que ha traído las otras veces que pasó por aquí, cuando vino a presentar Muertos de risa y La Comunidad. Acaso, simplemente, la reflexividad no sea otra cosa que un acto reflejo del cansancio del viaje…
Vino en plan invasión: estreno de nuevo filme —el western 800 balas—, retrospectiva de su “obra” y seminario para estudiantes, fans y cholulos varios (ver La autorreflexión…). “Sí, me dijeron que se anotó mucha gente —dice— ¿Quiénes son? Así les mando un ramo de flores a cada uno.”
800 balas se centra en un pequeño poblado de Almería en el que aún se vive de los recuerdos de la época en que el lugar sirvió como set de filmación de westerns y grandes producciones de Hollywood. Allí, ex dobles y extras de los clásicos de Sergio Leone, siguen jugando al western en decadentes espectáculos para unos pocos turistas.
¿Por qué un western?
Porque es un género honesto, es el más cinematográfico de todos porque no existe en la realidad. El Oeste es algo inventado por los cineastas: el salón, el forajido, el rancho. Todo es un invento, una serie de símbolos que sirven para contar historias. Por eso me resulta tan atractivo. El western consigue contar cosas profundas sin que se note que lo son.
¿El lugar en Almería es tal como se ve?
Igual. Algunos personajes trabajan allí aún. Esta es una historia que habla de la pasión por el cine, lo que supone hacer y vivir el cine, montarte un mundo ficticio en el que eres feliz, en el que las cosas existen y funcionan, ajeno a la realidad. Suena increíble, pero eso se da en la realidad en Almería, en el sur de España.
¿En qué medida?
Ellos siguen con las vivencias de las películas que se filmaron allí, recuerdan cuando cabalgaban con Eastwood o Yul Brynner. Te hablan de Lawrence de Arabia como si se hubiera rodado ayer.
¿Veías spaghetti-western de chico?
Veía las peores. Iba al cine de barrio a ver Me llamaban Trinidad (sic), con Bud Spencer y Terence Hill, y las disfrutaba como un enano. Las de Sergio Corbucci, todas esas se filmaban allí. Durante 20 años se hicieron cientos de películas y un grupo de gente lo vivió como si Almería fuera Hollywood. Ahí se hacían superproducciones: Patton, Lawrence de Arabia, La caída del Imperio Romano. De golpe, un tío de un pueblo profundo de Almería era amigo de Charlton Heston.
La magia del cine…
Es que había dos o tres bares y te los encontrabas allí a todas las estrellas. Un único hotel, el Gran Hotel de Almería. Conocí a un taxista que era el único que había en toda Almería, el que llevaba a Sergio Leone a buscar locaciones. Su taxi servía de camerino para que Claudia Cardinale se cambiara de ropa. ¡Imagínate qué espectáculo!
¿Por qué desapareció?
Porque ese cine se dejó de hacer. La gente ya no quiere ver películas del Oeste. Pero necesitamos volver a hacerlas, volver a creer en la aventura, sentir una vida que sea superior a la vida, donde las cosas funcionen y si eres bueno puedas ser un héroe.
¿Por qué decidiste hacerlo en forma de parodia o de homenaje?
No me atrevería a hacer un western puro. Tengo que contarlo a través de una vuelta de tuerca, a través de personajes ridículos, obsesionados por el tema. Me gusta esa mezcla de épico y grotesco: si crees en algo épico terminará siendo ridículo, como Don Quijote, convertido en payaso. Creer en la épica ahora es ridículo y tierno. Es como encontrar a alguien bueno. Cuando en la vida encuentras a alguien bueno, dices: “Pobre, es bueno, no sabe lo que le espera”. La película habla de que existe la posibilidad de ser felices, pero la felicidad implica negar la realidad.
En plan multidisciplinario (retrospectiva, seminario, estreno), el cineasta bilbaíno, de 37 años, admite que lo tratan como un “personaje” del mundo del cine. “Pero odio la idea del cineasta-personaje, me parece penosa —dice—. A mí me gustaría ser como Sidney Lumet, alguien que hace su cine, que no le importa a nadie, y que siempre estrena y listo.
Pero se te pega a esas figuras, como Kusturica, Tarantino, Almodóvar. El cineasta como estrella de rock…
Pero me gustaría evitarlo, la verdad. Eso tiene un tiempo, hay un momento en que te agota. Ya no quiero más eso, quiero algo diferente, que la gente vea otra cosa. Yo lo que quiero es trabajar…
Eso es lo que llaman “madurar”
Madurar es otra cosa. Madurar es algo que inventa el que se corrompe. Nos vamos corrompiendo, vamos a peor, vamos a morir, y el contacto con la humanidad nos estropea. No creo que vivir nos beneficie ni creo que por vivir más vayas a saber más. Ganas en maldad, en defectos, pero no creo que ganes en virtudes.
¿Por eso te refugias en el cine?
Es que lo único honesto que hay es el cine, es el trabajo, como decía Hawks, que es el tipo mas lúcido que habló sobre cine: hacer bien tu trabajo, contar bien una historia. Desgraciadamente no sé tomar una historia ajena y contarla bien. No sé contar historias ajenas, siempre debo contar historias que se me ocurren a mí.
¿El cine es mejor que la vida?
Lo maravilloso del cine es que las cosas allí tienen sentido. En la vida, no. En una película no admitirías que el protagonista muera porque sí. En la vida real lo normal es que te caiga una piedra o te mate un policía. No hay una razón. La crueldad de la vida es ésa, que no tiene un guionista.
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