Los algodonales
Donde no hay madera, ni tierras imposibles, ni soja seductora, en el Chaco hay algodón. Camino adentro de Quitilipi, pueblo sobre la ruta 16, la mayoría de los campesinos apuestan al oro blanco como modo de supervivencia. La zona, a diferencia de otras del país, no se caracteriza por tener unos pocos propietarios para unas muchas extensiones, sino todo lo contrario: la mayoría de los chaqueños allí son minifundistas.
Entre ellos surca su campo, don Dante Martínez (o Martina, que era su apellido verdadero si no fuera por un error del empleado del Registro Civil). Dante es algodonero desde hace tantos años como tiempo lleva viviendo allí, donde la luz eléctrica llegó hace muy poquito y la amabilidad moró desde siempre.
Son las 8 de la mañana y hace rato que en el campo de Don Dante, los cosecheros están recogiendo los últimos retoños de las plantas que, de tan perjudicadas por la sequía, es probable que no den de comer a nadie este año. Algunos de los siete hijos de Don Dante todavía andan allí, seducidos por el estudio pero conocedores de la vida del campo. Ariel es uno de ellos. Sabe de algodón, porque allí se nace sabiendo del oro blanco. Muestra los capullos que le permitieron estudiar. Coincide con su padre que este año la cosa no viene bien.
Es que –cuentan- para cosechar el algodón se requiere de un cuidado del suelo y de la semilla que cuesta bastante más de lo que las dos o tres empresas de la zona han colocado como precio final. Algunos campesinos están esperando que el gobierno cumpla con comprar la parte mala de la cosecha para que ellos no vayan a la ruina.
Dante –por austero y sabedor- acaso se salve. Él sabe bien como vivir: tiene un tambo familiar, una señora que hace quesos, unas gallinas que huelen bien y unas pocas vacas que a menudo caen rendidas en una carneada. Como antes, vive.
Por eso se queja las compañías que ponen ingenieros jóvenes a enseñarle a sembrar. “Resulta que nos venden veneno para el algodón, el veneno es malo, y nos dicen que la culpa es nuestra que no sabemos echarlo. Mire si después de 50 años de cosechar el algodón no voy a saber poner veneno para matar la oruga”. Dante no necesitó ir a la Universidad, a la que sí pudo mandar a sus hijos, para descubrir la trampa. Las grandes compañías inventan la enfermedad y el remedio. Después fijan los precios.
Los cosecheros también se llevan una tajada magra este año. Es porque ha llovido poco y poco se pagará el algodón. Las desmotadoras no corren riesgo. El cosechero que pone el cuerpo, si logra sacar 100 kilos en el día (esto es un buen promedio), se llevará 12 pesos a la casa, tras trabajar 12 horas al rayo del sol, casi en cuclillas, con una bolsa de arpillera atada a la cintura. El campesino que pone el grano, venderá después al precio que le indiquen sin poder terciar. Tendrá que comprar todo para garantizar el rinde y éste será según se le antoje a las compañías, que suelen ver algodón malo por todos lados, con tal de pagarlo menos.
A la hora de repartir el dinero, también puede que pierdan todos, menos las empresas mayores. El cosechero cobra poco, quedó dicho. Pero el campesino pequeño le paga por peso bruto, sin despojar el algodón de maleza, y cuando lo vende, la compañía se lo paga según el peso que servirá para envasar. O sea, Dante y los suyos absorben la pérdida. A pesar de eso, ellos viven con lo que se necesita y cultivan el algodón tanto como el optimismo.
Se está por terminar otra cosecha. Los pequeños campesinos no van a poder salvar los gastos este año. Los cosecheros no comerán demasiado con los 23 pesos por tonelada recogida que cobran por jornal. Los del gobierno analizan subsidiar la cosecha pero por ahora sólo analizan. Los que fijan el precio tienen algodones en los oídos.
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