Los Antiguos
Los diarios de la Ciudad Autónoma llegan apenas dos veces a la semana y casi siempre traen noticias de los días anteriores. Hay solo tres caminos que conducen a Los Antiguos, este pueblo de 3.500 habitantes al borde de la Cordillera de Los Andes. Uno es llegar por Chile, el otro, la ruta 41, viene desde el sur y está en pésimas condiciones. El tercero es el asfalto que lo une con Perito Moreno, el sitio que es base para iniciar todas las travesías por la Ruta 40.
Los Antiguos, entonces, late a este ritmo que le propone la geografía. Hace poco tiempo llegó la televisión satelital y también instalaron algunos puestos con Internet. También hay una radio de frecuencia modulada. Entre todos estos servicios contribuyen para que ahora el pueblo esté más informado, más a tono con la nueva Patagonia que se vende en los folletos. Igualmente, la gente vive con la tranquilidad de siempre, casi como si mirar el paisaje fuera un mandato divino.
No es para menos. El Lago Buenos Aires es de una magnitud y una belleza difíciles de alcanzar. Después del Titicaca es el más grande de Sudamérica. Además su profundidad extrema es de 180 metros, lo cual le permite volcar la suficiente agua como para que de su interior nazca uno de los ríos más caudalosos de Chile. Recibiendo órdenes del viento, que en Patagonia siempre es muy popular, el Lago golpea la costa y trae truchas que son el deleite de los pescadores.
El agua, gélida, turquesa. La nieve, presente en los picos cercanos. El cielo, casi siempre azul. El clima, benévolo buena parte del año. Acaso estos condimentos han sido motivo más que suficientes para que los tehuelches, alguna vez únicos pobladores de la zona, eligieran a Los Antiguos para pasar sus últimos días. “I keu kenk” o “I keu Khonk” en el idioma ancestral, algo así como “lugar de los ancianos” o “mis antepasados”, era la denominación de la que deriva su nombre actual.
Y a propósito de la muerte, Los Antiguos sabe bien lo que es sentirse morir. En el año 1991, el volcán Hudson, ubicado en Chile, entró en erupción. Como consecuencia de ello, toda la ceniza volcánica fue traída hasta aquí por el viento y la población quedó enmarañada en una nube de lava incandescente y volátil que tuvo a maltraer, sobre todo, a los que hacen marchar la economía de la región: los ganaderos y los cosecheros.
La vida en Los Antiguos está signada por la cosecha de cereza (es uno de los primeros productores nacionales y aquí se hace la Fiesta Nacional cada enero) y por la producción de ganado lanar. Pero cuando Hudson vomita –y lo hace casi con puntualidad cada 20 años- mata las ovejas y pudre las cosechas. Entonces el pueblo debe refundarse a sí mismo y volver a empezar, en un lugar en el que la población joven casi siempre prefiere emigrar y los más viejos ven mermadas sus ganas. O sea, cada vez más difícil.
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