LOS ARGENTINOS VEN MEJOR EL FUTURO DE SÍ MISMOS QUE EL DEL PAÍS
Con sus luces y sus sombras, los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2005 del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) dejaron un saldo positivo en el equipo que lo elaboró. De otra manera no hubieran podido titularlo “Argentina después de la crisis: un tiempo de oportunidades”. Una paradoja lo ilustra: mientras esta es una sociedad extremadamente desconfiada de sus instituciones y de sus pares, tiene la fuerte esperanza de estar en los umbrales de un cambio que ponga fin a todos sus males.
Si el foco se pone en la situación personal (“¿Cómo cree usted que estará dentro de un año?”, fue la pregunta), es mayor la confianza en la “suerte” propia (el 38% cree que va a estar mejor y un 12% peor) que en la del país (33% contra 25%, respectivamente). Los más optimistas son los jóvenes, entre los 18 y 27 años: el 48% cree que su vida mejorará en el plazo de un año.
La desconfianza mayor se concentra en las instituciones políticas. “Se las define por la negativa: no se conoce qué hacen, cómo ni con qué recursos”, dice el informe. A la cola de la credibilidad están el Poder Judicial (19% de confianza), el Congreso (15%), los partidos políticos y los sindicatos (ambos con 6%). También se confía poco en los demás. Sólo un 16% dice confiar “mucho”, contra un 37% “algo”, un 35% “poco” y un 12% “nada”.
Pero esta sociedad “cautelosa”, como la define el equipo de trabajo, es la que al mismo tiempo tiene la esperanza de estar asistiendo a un cambio “que ponga fin a los ciclos recurrentes de ilusión y desencanto”. En los gráficos del informe, la curva de las expectativas positivas sobre el futuro inmediato del país no deja de crecer desde mediados de 2002, y aunque alcanza su pico un año después (con la asunción de Néstor Kirchner) logra mantenerse cerca del 50%.
En suma —se dice en la investigación—, los entrevistados reconocen una mejoría de la situación general del país aunque no puedan discernir con claridad cómo atestiguarla. “La percepción de que salimos de la peor crisis de la historia provocó desconcierto”, explica Liliana De Riz, directora del informe. “Nuestra hipótesis —agrega— es que un momento de desconcierto es una oportunidad para cambiar creencias tenaces como el clásico ‘estamos mejor pero ya se va a pudrir todo’. Nunca como ahora parece estar abierto el campo de la subjetividad para nuevos modos de interpretar la realidad. Qué haremos con esta oportunidad, es el desafío”.
Esta rara convivencia entre las desconfianzas y las expectativas de los argentinos está contenida en “Creencias, aspiraciones e identidad”, la primera parte del informe del PNUD. En la segunda, “Los territorios del desafío”, se analiza la economía y la sociedad en el norte del país (ver La dura…). La investigación utilizó diversas fuentes, entre ellas, una encuesta nacional de 1.638 casos realizada en 2004 y 20 entrevistas en profundidad hechas en 2005 en la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires.
Un 73% de ellos identificó a la falta de trabajo como el principal problema del país: en los sectores populares el miedo mayor es a la exclusión y en la clase media, al descenso social y a la pobreza. La educación, que ocupa el tercer lugar (29%), actúa como un escudo protector para los jóvenes: cualquiera sea su lugar social, la consideran un capital indispensable para construir el futuro. Una muestra de que los duros golpes recibidos todavía no pudieron con un valor tan arraigado.
Sí pudieron con aquella idea de que la Argentina era “un país próspero y de una gran movilidad social”. En este sentido, la investigación muestra “un cambio de percepción agudo”: “Hoy nos reconocemos como un país pobre, una percepción que incorpora la imagen de esos muchos países que son la Argentina. Porque la desnutrición no es un fenómeno nuevo, lo nuevo es la toma de conciencia”, dice De Riz.
El apego a la ley, otro de los temas abordados, ofrece uno de los resultados más inquietantes. Mientras el 82% reconoce que la falta de respeto a las leyes es un problema serio del país, uno de cada cuatro jóvenes cree que transgredirlas no es grave. De Riz lo pone en contexto: “Lo que muestra esta ambivalencia es que quienes hacen las leyes, las interpretan y aplican no las cumplen, entonces ‘¿Por qué tendría que hacerlo yo?’. Pero no estamos hablando de violar los 10 mandamientos, sino de ejemplos como ‘A veces no se pueden pagar los impuestos y no te queda otra”, o de no votar, aunque es obligatorio, ‘Porque no pasa nada'”.
¿Y quiénes son, finalmente, los buenos de la película? Los docentes (40%) y los ganaderos y agricultores (38%), es decir, los que enseñan y producen, están en el imaginario al tope de quienes más contribuyen con el país.
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