LOS CAMINOS DEL SAMURAI
El Camino del Samurai se encuentra en la Muerte. El Hagakure, el libro sobre la filosofía de los samurais, es amplio y ambicioso, al punto de cubrir todos los aspectos de la vida de los integrantes de la casta de guerreros japoneses, que tuvo su época de gloria durante más de un milenio en el Japón feudal. Sin embargo, no es conocida hasta hoy ninguna máxima que hable de remakes de clásicos, de adaptaciones bizarras al cine occidental, ni mucho menos del extraño consumo que, a principios del siglo XXI se haría de su filosofía, su imagen y sus historias.
En pocas semanas se dará a conocer en Venecia Zatoichi, la primera película de época (jidai geki) y de samurais que dirige Takeshi Kitano, quien se atreve a versionar un clásico personaje del género. Un mes después, Quentin Tarantino desenvainará su Kill Bill, que bebe de los filmes de samurais y de otros subgéneros del cine oriental, para contar la historia de una mujer (Uma Thurman) en busca de revancha. A fin de año, nada menos que Tom Cruise aparecerá en el Japón de 1870 y se unirá a los pocos sobrevivientes de la casta de guerreros que está siendo aniquilada en El último samurai, de Edward Zwick. Y para 2004, Darren Aronofsky (Pi) hará una adaptación del clásico sobre un samurai en desgracia que se transforma en un asesino a sueldo en Lone Wolf & Cub (Lobo solitario).
Aquí, mientras tanto, arranca hoy un ciclo en el San Martín que rescata siete clásicos inéditos del género, entre ellos la fundamental Harakiri, de Masaki Kobayashi, y cinco filmes del especialista del género Kenji Misumi, quien fuera director de varios episodios de la original saga de Zatoichi, protagonizada por Shintaro Katsu (ver Los siete samurais).
Es un buen punto de vista mirar el mundo como si fuera un sueño. Los filmes de samurais conformaban el 50% de la producción de cine del Japón de preguerra —y una importante cantidad en los años 50 y 60—, por lo que sería casi absurdo intentar recorrer toda la historia del género. Hay, sí, un tema común a todos y es su particular código de conducta. Seres solitarios, nobles y respetuosos, famosos por preferir el suicidio ritual (el mítico seppuku) antes que una muerte deshonrosa, han ejercido desde siempre una gran fascinación. Leales a sus amos hasta la muerte, incapaces de entregarse al amor romántico, frugales y disciplinados, los samurais eran diestros con las armas y duros de espíritu.
Sus aventuras fueron primero recogidas en el teatro kabuki e intepretadas por los tateyaku, o actores principales. El cine recogió el guante y no parece terminar de abandonarlo. Si bien en los años 70 y 80, la versión moderna del género cambió espadas por armas (los filmes de gangsters o yakuza son al cine de samurais lo que los policiales al western occidental), los samurais parecen venir ahora por el desquite final. ¿Será triunfo o seppuku?
Los asuntos serios deben ser tratados con ligereza y los asuntos ligeros, con seriedad. Hay dos vertientes en las que se pueden dividir las películas de samurais. Por un lado están aquellas que han triunfado en festivales y ganado el respeto de críticos y cinéfilos como las realizadas por Akira Kurosawa con Toshiro Mifune. Entre ellas, las inolvidables Los siete samurais, La fortaleza oculta, Yojimbo, Sanjuro y Trono de sangre, entre otras. O las diferentes versiones de Chushingura, que narra la saga de los 47 Ronin (como se llamaban los samurais sin amo), en especial las de Hiroshi Inagaki (con Mifune) y Kenji Mizoguchi. O la trilogía Samurai (1954-1956), del mismo Inagaki, sobre la figura clásica del samurai Miyamoto Musashi.
Por otro lado, el cine de samurais tiene su culto más específico y noctámbulo, de cineclubes bizarros, orientalófilos varios y de largos seriales populares. Se decía que la estrella más grande del cine japonés de la etapa muda (Matsunosuke Onoe) solía hacer alrededor de 80 cortos de samurais al año. Esa tradición siguió y hay seriales para todos los gustos: varias versiones de la saga de Musashi y Chushingura, claro, pero también muchas creadas alrededor de actores populares como Chiezo Kataoka, Raizo Ichikawa (la serie Nemuri, de las que se verán dos partes en la Lugones), Tomisaburo Wakayama (la serie Lone Wolf & Cub, dirigida por Misumi), Ryutaro Otomo o Shintaru Katsu, entre otros.
Ante una lluvia repentina, no tiene sentido correr a cubrirse: se mojará igual. ¿A qué se debe la reaparición del género? Difícil saberlo. Se podría pensar que, en paralelo con el furor por las películas de griegos o romanos, el épico relato de aventuras regresa gracias a los novedosos efectos especiales que han renovado el interés en las diversas formas del combate personal.
Aunque, en realidad, sería ideal pensar que la filosofía de los samurais, esa extraña mezcla entre confucianismo y shintoísmo que es el Bushido (o “código de los guerreros”) ha vuelto a ponerse de moda, del Ghost Dog, de Jim Jarmusch, a esta parte. O como bien decía su protagonista, ese samurai negro que interpretaba Forest Whitaker: “La vida de un hombre es una sucesión de momentos. Si uno entiende plenamente el momento presente, no hay nada más que hacer y nada más que perseguir”. Tal vez éste sea ese momento.
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