LOS CARDENALES COMIENZAN A REVELAR SECRETOS DE LA ELECCIÓN
Es difícil pensar que no lo esperara. Pero, cuando en la tarde de anteayer, Joseph Ratzinger conoció el resultado de la votación que lo elegía como el 264° sucesor de Pedro, bajó la cabeza y permaneció en silencio, en una intensa oración silenciosa, ajeno al clamor del resto de los cardenales que, vestidos de púrpura, aplaudían y lo felicitaban.
Fue un silencio impresionante al que siguió luego el rito de aceptación. Luego, al informar el nombre con el que asumiría, el ya papa germano tuvo sus primeras palabras espontáneas. Y fueron para una de esas humoradas que resuenan: “Es que Benedicto XV tuvo un pontificado breve”, dicen que dijo.
Todo esto empieza a reconstruirse en la medida en que -con simples trajes negros y, la mayoría, sin faja púrpura- los cardenales que lo eligieron comienzan a salir, bolsito en mano, de la Casa de Santa Marta. Y, pese al juramento, empiezan a revelar algunos detalles de lo que ocurrió en la Capilla Sixtina.
Por caso, la silenciosa oración del Pontífice y su primera humorada fueron reveladas por el británico Cormac Murphy y el austríaco Joseph Schonbörn.
Ahora también se sabe que su elección se perfiló desde un primer momento. A tal punto que, incluso, podría haber sido en la tercera rueda de votos, en la que casi arañó el quórum necesario de 77 sufragios. De haber sido así, hubiese empatado el récord de la elección más rápida en los últimos cien años, que hasta ahora detenta Pío XII, en 1932, con 3 votaciones en dos días. Ratzinger llegó con cuatro.
También es cierto que eso le dio más apoyo. Porque al pasar a la cuarta rueda de votaciones el total de papeletas que obtuvo fue “bastante mayor” a las citadas 77, que representan los dos tercios de los cardenales electores.
“Obtuvo más votos de los dos tercios necesarios” sobre los 115 electores presentes, dijo su compatriota alemán el cardenal y arzobispo de Colonia Joaquim Meinsner.
Como señaló LA NACION en su edición de ayer, en ese crecimiento final fue “decisivo” el aporte del referente del llamado polo opositor, el cardenal italiano Carlo María Martini.
El ex arzobispo de Milán, que se retiró hace un par de años de la función por enfermedad, ingresó en la Capilla Sixtina como cabeza del llamado sector “reformista”. Y fue, al parecer, quien en esa instancia -entre la tercera y la cuarta rueda de sufragios- habría sugerido a sus seguidores la conveniencia de inclinarse por el alemán.
El gesto de Martini, un reconocido intelectual, habría sido parte de lo que aquí se denomina la “política de pasillo y caminata”, entre los dos escenarios físicos que tuvo el cónclave: la Capilla Sixtina y la Casa de Santa Marta.
¿Quiénes lo apoyaron desde el primer momento?
El listado de cardenales suministrado ayer por LA NACION se amplía con el patriarca de Venecia, Angelo Scola, y los grandes electores Camilo Ruini y Angelo Sodano. En ciertos círculos se cita a los purpurados colombianos Darío Castrillón Hoyos y Alfonso López Trujillo, de tendencia ortodoxa.
Según la misma idea, ese alineamiento habría terminado por cortar el vuelo de la candidatura supuestamente alternativa del arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, a quien se consideraba -en los prolegómenos del cónclave- el candidato italiano al que podría apoyar Ratzinger, en su doble condición de papable y de gran elector.
Una homilía decisiva
Precaria, todavía, la reconstrucción de lo sucedido insiste en lo definitorio del impacto que tuvo entre los cardenales electores su homilía “contra la dictadura del relativismo”, en la misa que precedió al encierro electoral.
Muchos prelados confirman esa tesis. Entre ellos, el cardenal no elector Luigi Poggi, que mantiene que, mientras hablaba el cardenal alemán, muchos de sus colegas coincidieron con sus miradas en que debía ser el elegido.
No fueron solamente las miradas. Muchos de los purpurados aplaudieron el final de esa ponencia, en un gesto poco común entre príncipes de la Iglesia y sobre la tumba de San Pedro.
Y cuando llegó la hora de anunciar la elección del nuevo papa también sobrevinieron las primeras trabas. Al parecer, la confusión sobre el humo que salió anteayer de la chimenea de la Capilla Sixtina tuvo como causa problemas para encender el fuego, según explicó el cardenal Adrianus Simonis, presidente de la Conferencia Episcopal de Holanda.
El primer intento de conseguir el humo blanco para anunciar la elección de un nuevo pontífice resultó, de hecho, un rotundo fracaso. “De repente, toda la capilla se llenó de humo”, relató el purpurado al semanario alemán Der Spiegel.
Volviendo al nombre pontificio, Schönborn reveló también que en el momento de comunicar su elección el papa alemán recordó que Benedicto XV fue “un papa de la paz en momentos de guerra”, en referencia a que su mandato, entre 1914 y 1922, abarcó la primera gran conflagración europea del siglo.
“El también hizo referencia a San Benito de Nursia, el padre del monasticismo, santo patrono de Europa y un hombre de gran fe”, añadió.
No formó parte del ritual, pero es como si lo hubiera sido. Junto con las conjeturas de reconstrucción, hubo ayer un coro de elogios cardenalicios a la “dulzura, amabilidad y buen humor” de Ratzinger, cuyo mote periodístico es, curiosamente, “panzerkardinal”, en referencia a la tozudez -digna de tanque de combate- con la que, dicen quienes lo conocen, suele abordar lo que se propone.
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