Los chicos crecen
El Bolsón es la última localidad de Río Negro sobre Los Andes y Lago Puelo es el primer pueblo de Chubut, unos pasos más al sur del Paralelo 42. Históricamente El Bolsón –hoy una ciudad de la que nos ocuparemos en unos días- acaparaba la atención por sus artesanos y sus hippies sesentistas, o como reducto acogedor de los refugiados de los setenta. Y Lago Puelo era apenas un conjunto de casas, casi un barrio alejado de Bolsón en otra provincia, al que se llegaba únicamente por ripio.
Sin embargo, la Patagonia, siempre incipiente, guarda posibilidades a todos los que campean sus inviernos y Puelo, que no es la excepción, ha acogido tantos nuevos pobladores en los últimos años que pronto será una ciudad y que, por el momento, ya tiene el rango suficiente como para dejar de figurar sólo como la vecina de Bolsón y desarrollarse con sus propias herramientas.
A propósito de estas, las hay de dos tipos. Las manos de los pioneros, que hace poco llegaban a instalarse a razón de una familia por día, y las dotes de la naturaleza. Encerrada por el río azul, el lago que da nombre a la población y el imponente paredón del Cerro Currumahuida, Lago Puelo cobija una variedad de fauna en extinción que sólo vive en su Parque Nacional y una sobredosis de verde puro en centenarios arrayanes o cipreses que la convierten en un tubo natural de oxígeno.
Dicen que cuando aquí no había más que tierras agrestes, un tal Cárdenas –machazo a juzgar por su conducta- se robó la hija de un cacique que vivía del otro lado de la Cordillera y llegó de este lado, pionero por la obligación del amor. Después fueron otros enamorados y valientes los que armaron Lago Puelo, tan novel que hasta no hace tanto, algunos herederos del Cárdenas que dejó herido en el alma al cacique y otros moradores de antaño, dirimieron la alambrada a cuchillo.
Hoy esos tiempos, aunque cercanos, no tienen nada que ver con este Lago Puelo, que no supera los seis mil habitantes y que respira tranquilidad regalando un festival de colores en el turquesa de los minerales de las aguas, el verde selvático de su parque, el negro oscuro del cerro Currumahida o los picos siempre nevados del Agujas Sur.
Con semejantes atributos, todos valederos, Puelo ya consiguió que dejen de hablar de él como que solamente es un lago o como la vecina menos pudiente de Bolsón. Ahora aspira a convertirse en una villa exclusiva para el turismo más exigente, ante el crecimiento evidenciado por sus vecinas y todo parece indicar que no está lejos de conseguirlo. Sería un acto de estricta justicia.
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