LOS CHICOS EMPIEZAN A TOMAR A LOS 11 AÑOS
Un estudio nacional sobre adicciones encontró que en la Argentina la edad de comienzo en la bebida alcohólica ronda los 11 años.
Este único dato bastaría para hacer sonar todas las señales de alarma, pero hay más. Aproximadamente el 60% de los chicos de entre 12 y 15 años había tomado alguna bebida alcohólica y un tercio lo había hecho en el mes anterior a la encuesta, en encuentros nocturnos y en la calle.
Otra investigación, el Estudio Provincial sobre Sustancias Adictivas, hecho este año, encontró que, si bien las tasas más altas de abuso se sitúan en los grupos que tienen entre 18 y 25 años, el hecho más inquietante se registra entre los menores de 18: el 67% había tomado bebidas alcohólicas en el mes anterior a la encuesta, y dos de cada diez ingerían más de 100 cc de alcohol absoluto por vez, lo que equivale a decir más de dos litros de cerveza, un litro de vino o un cuarto de bebida destilada.
Estos sombríos trazos estadísticos integran, entre otros, el informe “Epidemiología de la Alcoholización Juvenil en la Argentina”, elaborado por el doctor Hugo Miguez, del Programa de Epidemiología Psiquiátrica del Conicet. Según su interpretación, conforman un nuevo escenario cultural en el que la bebida es el primer paso hacia una búsqueda del descontrol y una fórmula social de retirada.
Los signos de esta convulsión colectiva están por todas partes. Entre 1981 y 2001, el consumo de cerveza por habitante en el país pasó de 7,30 a 35 litros, y de 200 millones a mil millones de litros anuales. “El consumo regular y cotidiano de vino de mesa cede el paso a ingestiones excesivas en la noche o el fin de semana. El objetivo de la bebida es ahora decididamente farmacológico”, dice el científico, que hace treinta años que se dedica al estudio del entramado psicosocial que conduce al alcoholismo.
“Algunas personas me preguntan por qué tomé este tema, pero es lo que vi entrar por mi puerta en el hospital de Comodoro Rivadavia cuando comenzaba a desempeñarme como psicólogo, en los años setenta -agrega-. Eso me fue llevando a entender un problema que escasamente había visto en mi propia formación.”
Sin embargo, la bebida adquiere ahora connotaciones diferentes de las de esas épocas: “Hoy, la intoxicación y el descontrol transcurren de la mano del marketing -afirma-. Y lo más preocupante es que gran parte de los adultos acostumbran a verla como parte de un paisaje nocturno de fin de semana, sin que les cause una reacción de alarma”.
Las raíces del abuso
Según el especialista, el abuso hunde más profundamente sus raíces en las poblaciones expuestas a alta presión social. Y los adolescentes son un sector especialmente acosado. “Presionados por modelos comerciales de comportamiento y presentación, cuando están excluidos de todo recurso para lograrlos experimentan situaciones de mayor estrés social que inciden en su relación con el alcohol”, explica.
Los trabajos epidemiológicos lo confirman: mientras el uso moderado del alcohol se distribuye casi indistintamente en todo el espectro de la sociedad, el abuso aumenta cuanto más precaria es la situación del grupo: se registra en el 17,1% de los jóvenes de nivel económico bajo, pero sólo en el 9,2% de los de nivel alto, según un estudio nacional del Sedronar, de 1999.
Del diagnóstico a la acción
Para Miguez, “la relación del abuso del alcohol con fenómenos tales como la falta de participación en las decisiones sociales, entre otros aspectos, puede considerarse una manifestación de repliegue en grupos que comparten las expectativas de la sociedad en general, pero que no disponen de los medios necesarios para alcanzarlas. La imposibilidad de acceder a estos objetos publicitados como medida de sí mismo encuentra en el descontrol de la bebida la conducta de retiro necesario frente a una presión inmanejable desde la vida habitual de un joven común”.
También subraya: “La retirada es la aceptación resignada de que las cosas se han perdido y habrá que diseñar desde la química lo que no se ha decidido disputar en el mundo real. La estrategia de supervivencia se ha convertido, finalmente, en un salvavidas de plomo que arrastra consigo hacia el fondo la fuerza de una generación. El alcohol, usado como sustancia para el descontrol, actúa como una droga dura y un modelo para una manera de calmar conflictos. El tipo de sustancia cuenta sólo en el inicio, por su precio, por su legitimidad social y por la tolerancia con que el adulto mira los problemas que tiene. Una vez aprendidas las reglas del juego, que propone virtualizar la vida para dejarla tal cual está, el campo queda abierto para otros mercados y otras sustancias.”
La red de un centenar de centros llamada CEL50 ( http://www.geocities. com/cel50/index.html ), organizada por el Programa de Epidemiología Psiquiátrica, propone una forma de atacar el problema, haciendo diagnóstico precoz y ofreciendo instrumentos conceptuales para la acción.
Una reciente encuesta, por ejemplo, indagó sobre la tolerancia que existe en las familias hacia el abuso de alcohol. Se les preguntó a los jóvenes cuánto vino blanco comprarían en el caso de que quisieran hacer clericó para una fiesta.
“El 36% calculó una cantidad de bebida que está por encima de los 100 cc de alcohol absoluto, un litro por persona. En vodka, el 42% calculó media botella por persona. Con respecto a la cerveza, el 17% calculó cuatro botellas por persona; el 16%, tres botellas, y el 22%, dos botellas”, precisa.
Según el especialista, la sociedad sólo ve la punta del iceberg: está preocupada por los adictos severos, pero tolera y pasa por alto a toda una franja mucho mayor de jóvenes. “Nada hacemos poniendo todo el énfasis en la etapa terminal y dejando al descubierto la anterior. Es como ponerles candados a las ventanas y dejar la puerta abierta”, reflexiona. Y concluye: “Es necesario dotar a los jóvenes de pensamiento crítico, dar recursos a la sociedad para que se realice la detección precoz y existan instancias de atención oportuna y rápida. Se requiere un plan inteligente y no respuestas espasmódicas”.
Escenas de la calle
Son adolescentes con uniforme o de escuelas estatales, chicos y chicas que, a cualquier hora del día -no sólo de noche- compran bebidas alcohólicas para beberlas en la calle. LA NACION hizo la semana última un extenso recorrido en el que pudieron tomarse estas imágenes, casi todas frente a colegios o muy cerca de ellos. Sus “proveedores” son quiosqueros y almaceneros que no ponen reparos ni por la edad ni por el horario, siendo que ya existe una ley de la Legislatura que prohíbe vender bebidas alcohólicas entre las 23 y las 8.
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