LOS CHICOS ESPERAN ESTA NOCHE A LOS REYES MAGOS
Por eso los Reyes Magos son lo que son, aunque no sepamos muy bien quiénes fueron. A lo largo de casi veinte siglos se ha mantenido la leyenda de los tres enviados que llegaron a Belén con mirra, oro e incienso para el Jesús recién nacido. Y ese cuento simple y sencillo sirvió siempre para honrar a la infancia de todos los tiempos, que no es poco.
La primera referencia a los Reyes Magos la hace San Mateo. Pero no dice que eran reyes. Ni dice cuántos eran. Escuchemos: “Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del Rey Herodes, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo.'”
Herodes era un tipo de porquería a quien la presencia de esos magos le debe haber caído pésimo. Pero ellos igual llegaron a Jesús con sus regalos. En la época en que nacieron esas magníficas crónicas periodísticas a las que llamamos Escrituras, se definía como “magos” a los astrólogos y astrónomos. Es posible que eso fueran los “reyes” de Oriente. Tal vez tampoco eran reyes, porque los reyes no acostumbraban dejar sus dominios para viajes tan largos. Y si no, pregúntenle al bruto de Herodes. Si eran astrónomos se justifica que comprendieran qué era la estrella que los guió. Y también es posible, como sostuvieron en su momento científicos y profesores, que uno de ellos fuera muy morocho, pero no de raza negra.
Da igual. La tradición dice que son tres, y que uno es negro. Y en ella creemos porque esa imagen es un símbolo de la unión de razas y de credos con un único fin: honrar la infancia.
A los millones de chicos que esperan a los Reyes: tranquilos, campeones, siempre pasan y dejan algo. Quizá ya no viajan en camellos, pero pasto y agua se agradecen. Por si los ven, Melchor es el de barba. Gaspar es el joven y Baltasar es el negro. Que Dios reparta suerte.
El autor de estas líneas ya hizo su pedido: que iluminen de pan y de saber a tantos chicos de esta tierra que no los tienen. En cambio no pidió nada para sí. Espera, paciente, que los ilustres enviados salden una deuda entrañable: un remociclo que olvidaron dejar en casa, hace ya más de medio siglo.
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