LOS CURSOS PARA DEJAR DE FUMAR SUMAN CADA VEZ MÁS VOLUNTARIOS
Los empuja la proliferación de discursos sobre los daños que provoca el tabaquismo, la reducción de espacios donde desplegar el vicio o una decisión personal. Las razones son múltiples, pero cada vez más gente pide ayuda para dejar de fumar: los cursos para abandonar el consumo o la adicción al tabaco tienen una demanda creciente y ya no son un coto exclusivo de fumadores empedernidos, lentamente empiezan a acercarse también caras más jóvenes.
Al menos, esta es la experiencia de quienes coordinan los distintos programas que proponen despegarse del cigarrillo. “Parecería que la gente se muestra más consciente de los daños a la salud que provoca el tabaco”, sostiene la directora de Programación de Salud del municipio, Beatriz Martinelli.
Algunos datos permiten corroborar esta impresión. En el correo electrónico del Plan Municipal de Prevención del Tabaquismo ([email protected]) se reciben diariamente entre cuatro y cinco consultas sobre los talleres gratuitos que desarrolla el municipio, y los llamados telefónicos también son permanentes.
Los cupos para los primeros cursos que se desarrollaron este año en el Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias (Cemar) no sólo se agotaron inmediatamente, sino que una centena de personas debió quedar en lista de espera, ya que las 150 butacas de su auditorio estaban ocupadas. Y, para los próximos -que comenzarán en dos semanas (el 24 de abril) en la Fundación Coinag (Rondeau 3633)- se completaron la mitad de los cupos.
Las actividades que desarrolla la Iglesia Adventista del 7º Día también son muy concurridas. Al curso que terminó esta semana en el templo de Catamarca al 2.100 asistieron unas 80 personas, mientras que en otros años, la concurrencia apenas trepaba a 30 o 20 personas.
Y, a pesar de no ser gratuitos, el programa de la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer (Lalcec), o los grupos terapéuticos de la Fundación Vida sin Humo también están completos.
Ocho millones
De acuerdo a estadísticas del Programa Nacional de Control del Tabaco, el 33,5 por ciento de la población adulta fuma, lo que implica que en el país existen unos 8 millones de fumadores. A este universo, se suman diariamente unos 500 jóvenes que se inician en el vicio a una edad cada vez más temprana (el 30 por ciento ha probado un cigarrillo antes de los 11 años).
Ahora, ¿qué es lo que lleva a otros tantos a intentar abandonar el cigarrillo? Los especialistas apuntan principalmente a una fuerte determinación personal, pero condicionada también por otros factores: la creciente publicidad sobre los daños del tabaco, y la puesta en vigencia de leyes restrictivas que llevan a la gente a cuestionar sus hábitos.
“La prohibición de fumar no es la panacea pero sirve -sostiene Ercilia Pino Santos, directora de la Fundación Vida sin Humo- ya que pone un límite y hace pensar”. Sin embargo, aclara que la mayoría de las personas que intentan abandonar el cigarrillo lo hacen porque “se dan cuenta que el cuerpo acusa recibo del humo”, ya sea a través del cansancio frente a la actividad física o la presencia de distintas patologías como manchas en los pulmones, carrasperas o repetidos resfríos y bronquitis, entre otras.
Para Leonor Gradilone, de la Iglesia Adventista, “la gente tiene más conciencia de las consecuencias que provoca el tabaco pero esto no basta para sostener la decisión de dejar de fumar”. Lo mismo advierte Cecilia Enz, presidenta de Lalcec: “Campañas, leyes, todo influye, pero si alguien no está decidido a dejar de fumar, si se siente obligada, no lo va a dejar”.
Después, las tres mujeres aclaran lo sabido. Que no hay recetas mágicas para abandonar el vicio, que demanda trabajo, contención y esfuerzo, pero también aclaran que “si bien es difícil abandonar el cigarrillo, tampoco es imposible”. Y finalmente remarcan que “claramente vale la pena”.
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