Los desterrados
En la Argentina de Menem, como si se tratara de una nueva conquista del desierto, todo lugar virgen pudo convertirse en un negocio. Todo puede ser un lugar para recaudar. Todo incluye la historia, la madre o las joyas de la abuela. Y el sitio donde están instaladas las Ruinas de Quilmes no es la excepción.
Tras apartarse de la ruta 5 kilómetros, por un camino de ripio, uno se topa con un complejo hotelero en el medio de la nada, una cadena que impide el paso y un cobrador en la puerta. La placa del año 92 delata que el sector fue privatizado por el entreguista musulmán. Digan que tras tres meses de recorrida por los confines de patria, esto ya no sorprende.
Lo que sí pasma, son las ruinas de Quilmes, restos de una ciudad concebida en el siglo IX en los faldeos de una sierra imponente y árida, en el Valle de Santa María, en los tiempos que los españoles creían que la tierra era cuadrada y los incas todavía no habían tendido su brazo conquistador.
La Cultura Santamariana es de origen incierto para los estudiosos. Fueron parte de los diaguitas, hablaban el “kakan”, cuenta un guía generoso. Pero la vista hace el resto. Al pie del cerro y elevándose junto con él, se extiende la ciudad que fue extinguida tras un siglo de lucha de un pueblo que no era belicoso, pero si tenaz defensor de lo que le pertenecía: los quilmes.
Como excentricidad, las paredes de piedra, anchas, eran las calles del pueblo donde vivieron hasta el siglo XVI, bajo el secreto de una labor organizada y un sistema de riego que hoy envidiarían las compañías privatizadas que proveen del suministro de agua en nuestras ciudades.
Los quilmes eran tozudos y, se sabe, eso a los evangelizadores españoles no les gusta. Ya habían resistido en 1480 las invasiones incas, algo menos tenaces. Pero en 1664, el gobernador tucumano Mercado y Villa decidió que sería bueno acabar con esos testarudos que no querían ser católicos y encima no molestaban a nadie.
El español sitió a los quilmes, les impidió el paso de agua y alimentos y negoció una rendición, que un curaca acabó por aceptar antes que los mataran a todos. Sin embargo, la suerte no los visitaría por mucho tiempo, porque la condición para que vuelvan a tener víveres era que se trasladasen a las barrancas del Plata, donde hoy está –en su homenaje- la ciudad de Quilmes.
Hacia allí fueron conducidos unos 2 mil aborígenes, encadenados entre sí, engrillados, tanto que se especula con que llegaron 400, entre los que lograron escapar y los que murieron en el camino. Hace unos años, algunos pobladores de la zona organizaron una marcha a caballo hasta la capital federal para recordar ese crimen.
Que por qué fueron trasladados a ese sitio y no a otro tiene una explicación para nuestro guía. “Pensaban utilizarlos como esclavos, porque Mercado y Villa también era gobernador de Buenos Aires y porque, desterrándolos definitivamente, pensaban que los destruirían.”.
De hecho que lo hicieron, a juzgar por los acontecimiento. Una parte de los quilmes fue a parar en las disparadas para los actuales emplazamientos de Calchaquí y Cayastá, en Santa Fe. Otros murieron en camino y los demás peleando. Las ruinas que los recuerdan constituyen hoy el yacimiento arqueológico más importante de la cultura precolombina. La dignidad de los quilmes, también parece que hoy es material para arqueólogos.
claudio_ [email protected]
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