“LOS INDIOS FUERON LOS PRIMEROS POETAS”
“No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con la manos vacías”, comenzó diciendo Carlos Fuentes, ante la mirada incondicionalmente extasiada de la plana mayor del III Congreso Internacional de la Lengua Española.
“Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la fundación de la familia, la semilla de maíz, la formación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol para que la tierra no se detuviese nunca. Oiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo y la brevedad de la vida”.
Así, sin medias tintas, con tintas rojas, verdes, azules, amarillas, con esa prosa poética rebosante de coloridas metáforas y abarrotadas descripciones, en la sesión inaugural del III CILE, el escritor de 76 años, uno de los principales responsables de la renovación literaria mexicana, pronunció un extraordinario discurso que por momentos pareció aprovechar la oportunidad para darles a los españoles una cucharada de su propio “xocolatl”, un manjar que, por otra parte, los conquistadores probaron en América, preparado por manos aztecas.
Y es que, para él mucho más que para otros, como bien dijo más adelante, “la lengua es nuestra manera de modificar el mundo a fin de ser personas y nunca cosas, sujetos y no solo objetos del mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia”.
En una florida alocución en la que no faltaron alusiones a la Conquista y al valor intrínseco de las culturas aborígenes, el autor de La muerte de Artemio Cruz habló de la globalización y de la identidad lingüística echando ancla en un punto que parece venirlo preocupando desde hace algún tiempo, como es la cuestión del mestizaje del idioma.
“El contagio, asimilación y consiguiente vivificación de las lenguas del mundo, es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización. La globalización es multirracial, multicultural y multilingüe. Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las de Occidente, da crédito, no de una amenaza sino de una oportunidad, no de una maldición sino de una bendición. El español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria. La predominancia del castellano desde Alaska, Puerto Valdéz, hasta Patagonia, Puerto Santa Cruz, no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. El navajo en Arizona, el guaraní en Paraguay; el lenguaje amerindio de enigmas, figuras, alegorías, como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán, sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de 20 millones de seres humanos. Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuenche de Chile, si ambos no hablan la lingua franca de la América Indohispana que es el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría, en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo. Y todos nuestros mundos americanos, indígenas, criollos, mestizos, son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que solo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento”.
Con un tono que poco tuvo de complaciente, Fuentes llamó a ser “guardianes fieles de nuestras tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el reconocimiento de letras y espíritus compartidos” y a escucharlas: “melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista. ¿Qué las une? ¿qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz? Las une la lengua”.
Sin privarse de nada, incluso sopesando las mixturas resultantes de ancestrales letras entradas con sangre (“Casimba yeré, casimbangó. Yo salí de mi casa, Casimbangó. Yo vengo a buscá…”), incluso de hacer un lado el diccionario (“el cocoliche no es una macana ni un jabón, es una tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas de las letras, jamar mejor la escritura, jotrabar chorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela”), Fuentes rescató ante todo, dentro del huracán globalizatorio, la reinvindicación del origen del habla.
“Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural, ‘cósmica’, como diría José Vasconcelos. Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna. La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas”. Pero para Fuentes, no todo es celebración. Con voz severa, advirtió que “la continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable. Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos”.
Epilogando con uno de esos magistrales juegos de palabras (“… una sociedad está enferma o engañada cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas. Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des–dichada”), el mexicano terminó su intervención como la empezó, lanzando las palabras como dardos, no diciéndolas, zumbándolas: “Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos. Estas voces se escuchan en América, se oyen en España, se oyen en el mundo, y se oyen en castellano”.
De Ayala y Tizón
Antes del discurso de Carlos Fuentes, durante un mensaje grabado, el premio Cervantes y miembro de la Real Academia Española, Francisco Ayala, a sus casi cien años, dijo ser un hombre que ha vivido “embargado por la lengua”.
“Me siento, y me he sentido desde siempre, un escritor. Mi ocupación constante ha consistido en dar forma verbal por escrito a las ocurrencias de mi fantasía (…). Me interesa recalcar, que en tal condición mía, de persona cuya existencia se encuentra fundamentalmente consagrada al idioma, constituye tan solo la intensificación de algo que es común a todos los seres humanos. No hace falta ser poeta, ni gramático, ni filólogo, par que esta resulte ser algo propio de nuestra especie”, dijo Ayala quien a lo largo de su discurso insistió sobre el tema del poder primigenio del habla. “La lengua no ha servido solo para animarnos a indagar los misterios de universo sino también, lamentablemente, para intentar engañarnos los unos a los otros”.
En último término, el escritor argentino Héctor Tizón (Jujuy, 1929) brindó unas palabras en las que, como su colega latinoamericano, enfatizó la importancia de rescatar lo único frente al caos de la Historia. “La literatura defiende la individualidad, lo concreto de las cosas, los colores, los sentimientos, lo sensible contra lo falsamente universal, que agarrota y nivela a los hombres contra la abstracción que los esteriliza (…). La literatura defiende la expresión y el desecho contra las reglas y recuerda que la totalidad del mundo se ha resquebrajado y que ninguna restauración puede fingirla reconstrucción de una imagen armoniosa y unitaria de la realidad, porque sería falsa”. Adjudicando gran parte de los efectos no deseados de la globalización, a los medios de comunicación, el autor de La casa y el viento y La belleza del mundo, aseveró que “la nivelación producida especialmente por lo medios, que proponen e imponen a escala planetaria idénticos modelos, se contrapone a diversidades cada vez más salvajes. Esta es la historia de nuestros días signados por el progreso, pero creer ciega y confiadamente en el progreso como los positivistas del siglo XIX es, hoy en día, ridículo”. Y como contracara propone: “una de las maneras más formidables de resistencia al rasero de la globalización, que nos pretende objeto del discurso monocorde del mercado, es la lengua y, sobre todo la lengua literaria. El uso de la palabra oral o escrita parece anularse ante el avance de las técnicas de transmisión instantánea; lo que era diferido nos llega en tiempo real; antes éramos los destinatarios de la información, ahora nos convertimos en meros testigos de la historia de los hombres. Pero la imagen no es la cosa ni la noticia es el acontecimiento. Como se ha dicho ninguna mirada es original ni soberana y ninguna percepción está a salvo de ser manipulada Ya no se difunden ideas, conceptos ni ideales. Se generan creencias a través de las imágenes publicitarias. Y el uso de la lengua resulta subsidiario”.
Luego de recordar que creció entre dos lenguajes confrontados, el de sus paisanos y el de los libros de la biblioteca de su padre, y de su elección por el segundo, y de cómo el exilio le develó la inmensidad del mundo y sus complejos mecanismos, el ahora juez provincial, equiparó “los loables e imprescindibles esfuerzos, como este Congreso conviven con los espurios aportes de la historia reciente y no nos resulta posible sin avergonzarnos, ocultarnos detrás de palabras o metáforas maliciosas. Y debemos incorporar, acongojados, a la lengua aberraciones como Auschwitz, exterminio, desaparecidos o daños colaterales. Y tratar de convivir, con dignidad la indignidad de ciertos acontecimiento históricos abrumadores”.
Este contenido no está abierto a comentarios

